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Un libro a diario para el #DíaDelLibro: ‘Una temporada en Tinker Creek’, de Annie Dillard

15/04/2019 - Blog
Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, publicado en 1974, ganó el Premio Pulitzer de Ensayo y está incluido ente los 100 Mejores Ensayos del siglo XX según la prestigiosa Modern Library. Un clásico contemporáneo y uno de los más influyentes de la llamada “nature writing”.
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Anne Dillard superó una neumonía que estuvo a punto de costarle la vida cuando contaba con veintiséis años. Entonces se trasladó a un valle situado en la cordillera de los Apalaches y comenzó a escribir. De esa estancia surge Una temporada en Tinker Creek (Errata Naturae, 2017), para el cual Dillard tomó el relevo de autores como Henry David Thoreau, John Muir o Aldo Leopold a la hora de expresar desde su poética personal su relación con la naturaleza durante aquella temporada.

Dillard fue una de las primeras mujeres que decidió desafiar a través de la escritura y de forma rigurosa el estereotipo masculino del hombre de la frontera y de su relación con la naturaleza salvaje. Para ello, relató sus exploraciones en la naturaleza en el estado de Virginia, descubriendo una capacidad para la observación que la resultaba tan insólita como reveladora. En sus páginas, entremezcla aquello que ve con lo que piensa y lo que siente, creando un relato que tiene tanto de recuento personal como de narración de lo que la rodea. Con reflexiones lúcidas y extraordinarias sobre la naturaleza, la belleza y el horror que puede surgir de la mezcla de ambas, Dillard se enfrenta a lo azaroso de lo vivido y al poder del cambio constante al que el presente está sometido.



En Una temporada en Tinker Creek el lector podrá leer como Dillard acecha ratas almizcleras, pero a su vez intuir las leyes de la mecánica ondulatoria por la que vibran todas las cosas; cómo observa el paso migratorio de mariposas monarcas o cómo sueña con la última manada de caribús árticos o juega al escondite inglés con las aves acuáticas o desentrañar la historia de una misteriosa piel de serpiente. Su vida cotidiana se entreteje en las páginas del libro mediante una asombrosa cantidad de datos, de cifras y cuestiones científicas a las que Dillard es capaz de dotar de cierta poesía. La autora perseguía, como Thoreau, una cierta mística a través de la observación científica, esto es, poetizar lo real, extraer de la naturaleza aquello que anida bajo su apariencia, precisamente, observando y analizando esta. De ahí la combinación de pasajes poéticos con meticulosas digresiones, de metáforas con información rigurosa e, incluso, técnica. Un magnífico libro que une en sus páginas la mística y la ciencia, el sentido y el sinsentido, la belleza y el horror. También la muerte, la decadencia, la belleza y el horror de la vida, y cómo entenderlas y cómo vivir con ellas.

Vivo junto a un arroyo, el Tinker, en un valle entre las montañas Blue Ridge de Virginia. En inglés, los refugios de los ermitaños también reciben el nombre de «agarre de ancla»; algunos de ellos eran simples cobertizos adosados a los laterales de una iglesia como un percebe a una roca. Pienso en esta casa adosada al lateral del arroyo Tinker como uno de aquellos refugios. Me mantiene anclada a su fondo rocoso y me proporciona estabilidad en la corriente frente al raudal de luz que se vierte desde arriba, como haría un ancla marina. Es un buen sitio para vivir; en él hay mucho que pensar. Los arroyos —el Tinker y el Carvin— son un misterio activo que se renueva minuto a minuto. El suyo es el misterio de la creación continua y de todo lo que supone la providencia: la incertidumbre de la visión, el horror de lo inamovible, la disolución del presente, la intrincación de la belleza, la presión de la fecundidad, la esquividad de lo libre y la naturaleza defectuosa de la perfección. Los montes —el Tinker y el Brushy, y las lomas de McAfee y Dead Man— son un misterio pasivo, el más antiguo de todos. El suyo es el simple misterio de la creación a partir de la nada, de la materia misma, de cualquier cosa, de lo que viene dado.

Las montañas son gigantes, reconfortantes, absorbentes. Puedes lanzar tu espíritu a una montaña y la montaña lo guardará bien doblado y no lo devolverá, como sí harían algunos arroyos. Los arroyos son el mundo con todos sus estímulos y belleza; allí es donde vivo. Pero las montañas son el hogar”.

 

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