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Elogio al agua

8 de Abril de 2016
Mis primeros recuerdos de infancia están literalmente sumergidos en agua dulce. Nací un 9 de noviembre de 1957 en Manresa. El sitio fue casual, era la capital de comarca más cercana que tenía hospital, y en aquellas fechas los de la cuenca alta del Llobregat ya no nacíamos en las casas del borde del río.

Mis padres y mis abuelos eran de Sant Salvador de la Vadella, Cercs, a unos pocos kilómetros aguas abajo del nacimiento del Llobregat, en Castellar de N’Hug. Hoy es un pueblo cuyo espíritu flota en el embalse de la Baells. Sus casas fueron demolidas y únicamente permanece en pie, solitaria y rodeada de agua, la iglesia románica del año 830, en la que me bautizaron.

En tiempos de sequía, cuando las aguas del embalse disminuyen hasta convertirse prácticamente en una charca, se aprecia el espíritu y la estructura del pueblo gracias al puente que sigue en pie y que cruzaba el río rumbo a la iglesia, corazón del lugar. Los de la cuenca alta del Llobregat, que estuvimos obligados a emigrar a mediados de los 60 a la región Metropolitana de Barcelona, hemos interiorizado lo que representa el curso torrencial de un río mediterráneo desde su nacimiento hasta su desembocadura. El hecho de haber nacido y convivido con los fenómenos extremos de la sequía y las inundaciones, hace que hayamos experimentado la teoría de los espacios fractales de Mandelbrot como parte de nuestra historia vital más personal.

Muy distinta es la experiencia de mi mujer, que nació en Canarias en un periodo de extrema sequía y cuyo primer recuerdo, a los tres años, fue ver como caían gotas frente a la puerta acristalada de acceso a la terraza y como se quedaban pegadas al cristal y comenzaban a resbalar a medida que la lluvia se hacia más intensa. Recuerda una sorpresa inmensa, como la que sólo pueden experimentar los niños y salir corriendo a avisar a su madre de que caía “agüita” del cielo. Hasta entonces había vivido rodeada del agua azul cobalto del inmenso y profundo Océano Atlántico.

Mis circunstancias personales, con un padre al que acompañaba a obras relacionadas con el agua,  hicieron que desde niño la observase con mente de ingeniero. Mi padre dirigió los desvíos de cursos de agua para proteger carreteras, la construcción de los embalses de Susqueda, y Sau y la construcción de colectores concentradores de pluviales. Nunca me había detenido a pensarlo, pero desde mi nacimiento hasta hoy, mi contacto con el agua ha sido intenso, continúo y permanente.

He podido comprobar en la inmensa geografía que tiene como patrimonio común el idioma español, que, de todas las experiencias de contacto o ausencia de agua, no hay sentimiento más intenso que el de proveer de agua potable a ciudadanos que carecen de ella y de habilitar el saneamiento en lugares insalubres, dando acceso a la salud y permitiendo la disponibilidad del espacio público de los ciudadanos, como en el zanjón de la aguada que tan bien describió Pedro Lemebel. Estas experiencias vitales son las que luego me han permitido sobrecogerme con Turner, Gericault, disfrutar de la serenidad de Canaletto en la Serenissima y gozar de las insuperables fuentes romanas de Bernini. Así como la emoción que me produce la extensa poesía sobre el agua, destacando ese “elogio del agua” de Gabriela Mistral. El agua es holística.

Cualquier forma del agua: sólida como los glaciares, gaseosa como las nubes, en estado líquido o el extraño fenómeno físico que es la nieve, siempre tiene una belleza singular y única. La encontramos en todos nuestros recuerdos, en el icosaedro que según Platón define la forma del agua, en el profundo océano canario, en el interminable horizonte de la isla de Pascua, en el balanceo tranquilo, culto y apacible del Mediterráneo y en el cuadro de la molécula del agua de María Rojo del comedor de mi casa. Pero si tuviera que elegir, y la vida siempre está llena de elecciones, sin duda escogería el curso fluvial de los ríos: los ríos en las ciudades, en París, Londres y Roma; los ríos en su desembocadura, Ebro, Llobregat, Ter, Guadalquivir, Ródano, Maipo, Tajo, Douro; y tantos otros. Pero sin duda, la plenitud de los ríos en su curso medio es como nosotros en la plenitud de la vida. Nosotros, que al fin y al cabo somos agua.

Este texto forma parte de la sección Meandros, en Granta en Español, nº4 “AGUA”. Abril de 2016

Imagen de cabecera: Xaf: https://www.flickr.com/photos/xaf/

ACERCA DEL AUTOR

Ángel Simón
Presidente de la Fundación Aquae. Ingeniero de Caminos Canales y Puertos por la Universitat Politécnica de Catalunya. Executive Vicepresident Water Europe, SUEZ. Presidente Ejecutivo de AGBAR. Síguelo en Facebook y Twitter.
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