Microrrelatos 2015

Rompiendo la rutina

No entendía el porqué, pero todos los días lo visitaba un hombre, parecía un científico, se sentaba ante él y le hacía unas preguntas durante una hora, después de eso se iba y las luces se apagaban. Era lo único que podía ver cada día. No podía mover la cabeza ni su cuerpo, solo podía mirar al frente y lo único que le quedaba eran sus sueños. Escuchó un ruido. Vio unas chispas. Algo estaba pasando. De pronto y sin saber cómo abrió los ojos y su cabeza se cayó al suelo. Su cuerpo era de metal. Entonces lo entendió.

La tala

El niño miraba la escena, era la primera vez que acompañaba a su padre a la tala de árboles, tres años de sequía hacían difícil el oficio. Le habían contado lo difícil del trabajo en estos tiempos, lo más impresionante era sentir la tierra remecerse y gemir al momento que esa alta mole se desprendía separándose de sus raíces. La pena se apoderó del niño, sus ojos llorosos se encontraron con los tristes del padre y recordó sus palabras cuando justificaba el oficio diciendo “Árbol, hogar, madera, papel”.
Padre e hijo rogaron al cielo volviera por fin la lluvia.

Revolución

La revolución no llegó en el momento en que se inventó la sustancia que impedía mentir; la revolución estalló cuando se hizo obligatoria su ingestión para poder sobrevivir.

Así, se erradicaron de un plumazo la corrupción, la infidelidad y la religión. Pero también el humor; o, al menos, éste se reformuló, de modo que no tardó en aparecer la sustancia que impedía a la anterior cumplir con su función.

La primera se bebía con agua y el organismo la absorbía sin gran complicación.
La segunda se mezclaba en la sangre, inyectándose en vena y provocando una tremenda adicción.

Las jaulitas

Miró, desolado, las jaulitas. Otros dos se le habían muerto esa noche. Se le acababa el tiempo, solo le habían dado unas semanas más, si no conseguía ningún avance le quitarían la beca. Otra vez estaría en la casilla de salida. Desanimado, decidió ir a comprar algo de comer, se quitó la bata y apagó la luz. Con el laboratorio a oscuras, vio un resplandor en las jaulitas. Se precipitó en la oscuridad hacia ellas y contempló, ¡Por fin! el fruto de tantos años de trabajo. Mordisquitos sonrió, orgulloso. Había conseguido crear un humano fluorescente.

La campana

La máquina estaba lista. Rescatando un viejo plano alemán construyeron lo imposible en el lugar más secreto del mundo. Había mucho miedo en el ambiente. Los nazis la llamaban Die Glöcke. Dos pilotos voluntarios se introdujeron en esa extraña campana e iniciaron la ignición. El proceso de cálculo del túnel Einsten-Rosen había empezado, solo serían unos segundos. Las coordenadas de llegada eran del mismo hangar. La señal de aterrizaje se encendió, los pilotos no habían notado desplazamiento. Salieron de la nave. Se habían movido sin moverse. Todo era igual y distinto. Estaban en el mismo sitio en un universo paralelo.

Un día de excursión

Acampamos en la orilla de una charca de aguas tranquilas. Mis primos mayores se zambullen, se lo pasan pipa. Los miro, me tiro de cara.
El agua me trata con tanto cariño como mi abuela, me pellizca, me abraza, me zarandea, me babea, me lleva al fondo, me eleva.
Mis primos a lo suyo, los veo tibios. Dos tragos de hidrógeno y uno de oxígeno, para respirar un poquito. El agua me sacude a la tierra. Estoy fuera. Pero mis primos también, he dejado la charca seca.
Miro al cielo. El arco iris es mi diadema.

Inmersión

El impacto sónico me alcanzó en pleno pecho. Caí de espaldas en la nieve hundiéndome un palmo. Vi los droides acercándose y disparando sus lásers y pensé en mi suerte. Una cascada de datos en la pantalla de mi escafandra manifestaba la ineficiente gestión de la mezcla gaseosa del traje. No era momento para desperdiciar oxígeno en una lucha desigual. Alexa me levantó y corrimos de la mano hacia el desfiladero.

«Corten», resonó desde los cielos. Abrí los ojos, me desprendí del casco y me levanté. Nos quedamos cerca de terminar la quinta película del día del agotador rodaje virtual.

La oscuridad de lo incierto

El negro del espacio dejó mi mente en blanco, pese a los implantes del cerebro que me proporcionaban mayores conocimientos. Por un momento, volví a sentirme primigenio al observar aquella inmensidad en contraste con lo pequeño.

Cuando nos aproximamos al agujero negro, mis pantalones se pintaron del mismo color moreno, sintiéndome más cerca de aquellos que habían quedado atrás en el espacio y en el tiempo.

Me sentí como mi abuelo cuando se asomó después de la guerra a su amado pueblo; o quizá al revés, cuando lo abandonó antes de la contienda y la congoja recorrió todo su cuerpo.

tARNscripción

Siempre creyó no encajar. Siempre se sintió una oveja negra. Nunca lograba formar parte de nada, cuando siempre quiso construir un todo. Así fue la vida de Uracilo en el país del ADN. No es país para esta base nitrogenada

En la oscuridad

Era un privilegio estar allí arriba, en ese eterno silencio que solo otorga el espacio. Ante él un espectacular vacío oscuro, tras él una nave de última tecnología con motores Warp. Había llegado a los límites del universo conocido, en una misión que para él solo era de ida. Todos los que había conocido ya habrían muerto de viejos, estaba solo. En medio de la nada no se podía sentir mejor. Su cuerpo se movía atraído por una suave gravedad que aumentaba paulatinamente. Iba a ser el primero, nadie se había atrevido, no le quedaba más que aquel agujero negro.

Al menos tenía café

Qué duro era su trabajo. No desmerecía el de los demás, pero seguro que el suyo era el peor de todos. No descansaba ni un segundo. Se tenía que pasar todo el día dando órdenes de aquí para allá, y como se le olvidase dar alguna, le costaba un buen susto. Las noches eran tranquilas, ya que enviaba menos órdenes al corazón y los pulmones, y el trabajo para los operarios disminuía, rotaban turnos y podían dormir. Pero él era el jefe del tallo cerebral, y si se dormía… podía perder su trabajo de por vida. Al menos tenía café.

Fractal

La fuente de la plaza se ha secado. El agua ya no chapotea, el balón de los niños rebota en la piedra.
A la una, la plaza está desierta. Me quedo en la sombra, bebiendo de una botella. Un reyezuelo se posa en el caño. Hace poco goteaba… La busca el pajarillo, la gota de la vida… Aletea. Se va, no la encuentra.
¡Brota una gotita!
Patrones que se extienden: células, átomos… Fractales, estrellas vibrantes… ¿la poesía matemática? Se replican hasta el infinito, no se pueden dibujar a pulso, dice Gaston Julia.
La vida es poesía.
Recojo una muestra.

La unión más intensa

No fue hasta aquella misma mañana que Agua se había planteado qué era eso del amor. Su padre Hidrógeno no le había hablado nunca de la relación con su madre, Oxígena. Sin embargo, aquel día era distinto, Agua se graduaba, y la emoción y el orgullo por su hija los desbordaba. Fue entonces cuando le confesaron que había sido fruto de la atracción más intensa y sincera entre dos átomos que habían estado destinados a unirse para siempre.

Viaje al infinito

Tomó la decisión de probar en su cuerpo los efectos de la antigravedad. Conocer los secretos que ocultaba el universo en la materia y antimateria no lo dejaban dormir. Se propuso y construyó un motor de antigravedad que moviéndose a una velocidad aproximada a la mitad de la velocidad de la luz creara un cono que le permitiera impulsarle en viajes intergalácticos. Teorías decían sus colegas, locuras según sus amigos. No sabemos si funcionó el experimento. Una explosión nos despertó una madrugada y solo atinamos a ver una diminuta partícula que se alejaba a gran velocidad hacia el espacio.

Meditación

Una pared entabla conversación con el suelo:
—Brrrr!, que frío tengo, ya no me calienta ni el Sol.
—Es que te tienes que dejar excitar.
—¿Cómo?
—Tienes que permitir que el Sol te excite para que tu piel vibre en armonía y entrar en calor.
—¿Y cómo hago eso?
—Concentrándote: respira profundamente, relaja los ladrillos, destensa el cemento, libera la mente, transciende el Átomo, deja que la electricidad se traduzca en vibración, permite que el milagro de transustanciación de la física te penetre.
—Entonces, ¿tirito?
—No, eso es otra cosa.

Competencia

Anhelo esas almas universitarias para intentar explicar y comprender la complejidad que comporta relacionar unos saberes semióticos con algún uso mientras los enfermeros me inyectan sedantes para caballos.
La soledad y el mareo no son la condena en la que me hallo. El no saber, sí. La jaqueca entorpece mi lucidez sin dar pistas de concepto alguno; por ello, me aíslan aquí, donde el tiempo, si es que existe, se detiene. Mi mente se empapa de imágenes. De niño temía a los ciempiés, ahora, únicamente ellos tienen a bien hacerme la visita.
Quiero pensar que esta conversación es real.

Orden Invisible

Adoro los misterios que rodean la matemática cotidiana: la incomprensión voraz de los recios primos que tan solo se doblegan ante su propia sombra y ante sí mismos; la increíble facultad del cero para hacerse invisible al esconderse en los extremos de ambos lados del espejo; la perfecta imitación culinaria del infinito al que dedicamos cada mirada regalada al horizonte; el caos ordenado de los cuentos cantados por los genios que respiran entre pentagramas; los círculos que engloban el todo y la nada y que demuestran la importancia de abrir bien los brazos para estrechar el conjunto.

Agua e inteligencia

—¿Se puede saber qué es ese ruido que me está alterando los circuitos?
—Es el robot de los terrícolas, madre.
—¿Otra vez aquí?
—Han encontrado el agua.
—¿Será posible? ¡Equisdoooooos! ¡¿Cómo tengo que decirte que no te dejes el grifo abierto?! ¡Ahora no nos los quitaremos de encima!
No entendía que fueran hasta Marte a buscar lo que derrochaban en su planeta.
—Lo que quieren es saber si aquí hay vida inteligente, madre.
—Eso sí parece que les falta. Anda, mándales a tu hermano, a ver si se desengañan y nos dejan tranquilos.

Cántaro

La falda de pliegues abundantes, corta, con múltiples estampados evocadores de la piel de un leopardo y un cinturón ancho con hebilla, forrado en piel de tonalidad violeta, hacían más llamativa la imagen que descendía marcando la pisada por aquella estrecha escalerilla.
Cuando ya estuvo en tierra, sacó un cántaro transparente de su bolso e hizo brotar un riachuelo que calmó la sed de los terrícolas que esperaban ansiosos la llegada de aquella hermosa mujer venida desde Marte, que como un Ciclope miraba desde su ojo grande a quienes habían contaminado las reservas y ahora se lamentaban del fatal descuido.

Alma científica

Su única dedicación había sido investigar. Así habían transcurrido 50 de sus 75 años. Su casa, el laboratorio, sin diferencias entre la noche y el día. Su vida fue un cúmulo de prueba-error continuo. Ahora tocaba dejar paso a las nuevas generaciones.

A pesar de todo, ella no sentía nostalgia ni tenía sensación de fracaso. Desde el mismo día en que decidió ser bióloga química supo que el éxito era recorrer el camino y que el resultado, de haberlo, sería patrimonio de todos los que lo persiguieron. En cada análisis el agua le devolvía el reflejo de ese alma altruista.

Microcosmos

Observar por el telescopio lo hacía sentir pequeño, una nimiedad de la materia ante la complejidad del todo.
Cuando lo reemplazó por un microscopio, para aplacar esa agobiante sensación, creyó que observando un universo más simple, volvería a sentirse parte de un sistema complejo.
Se equivocaba.

Cloe

Ya casi no podía respirar, vi cómo se desvanecía su alegría. En sus últimas horas hice todo lo posible para ayudarla con su dolor. Desesperé, pero al final me di cuenta que la enfermedad era más fuerte que ella. Poco a poco fue entrando en un estado shock hasta que vi cómo, en su última convulsión, alguna extraña fuerza se llevaba su alma y dejaba su cuerpo inerte en mis brazos. Lloré desconsoladamente, abrazándola, y maldiciendo a los mil vientos. Ese día perdí a mi mejor y más fiel amiga, mi amiga de cuatro patas.

Hijos de las ciencias

Las ciencias naturales se reunieron, cada una con dolores de parto: Física, en un espacio-tiempo curvo, dio a luz gemelos relativos, Newton y Einstein; Geología, en lugar de Geociencias, rompió estratos y Hutton salió; Astronomía moviéndose alrededor del Sol pujó a Copérnico y Galilei, de los más ilustres y valientes; Biología en un salto evolutivo lanzó a Darwin por las islas Galápagos; Química aún con el cuerpo oxidado concibió a Lavoisier, el hijo que lloró cincuenta años después. La muerte no detiene las matrices, por infinito se numeran los que lactan de sus pechos.

zona exterior

—Atención capitán, estamos entrando en la órbita de Rigil Kent. Propulsión al máximo. Que el humanoide científico se prepare para salir al exterior y tomar todo.
—Entendido, bajando dos grados el morro y máxima potencia. En breves deberíamos ver la base Pathfinder 3 en alpha centauri Bb. A su derecha comandante puede ver Rigil Kentaurus y la nebulosa de Hen 2-111. Cerrando compartimentos de combustible.
—Houston tenemos un problema.
—Venga chicos a comer.
—¡¡¡¡Mamaaaaaa…!!!!! Estábamos a punto de aterrizar.