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Sin agua

10 de Marzo de 2015
En Lagunaseca, pueblo del que era originario mi madre, hace unas décadas cada verano teníamos restricciones de agua.

Entre julio y agosto, el aumento de habitantes (pasábamos de unos 200 a más de 500 en pleno periodo estival) y la falta de lluvia hacían que se restringiese el acceso al líquido más preciado del planeta a unas pocas horas de la tarde noche. Se llenaban cubos, bañeras, palanganas, botellas… era una fiebre de premura por acopiar agua a la mayor brevedad de tiempo posible. Había un cierto aire de desasosiego, nada grave, porque, en realidad, había un río, el Tajo, que fluía abundante en su parte más alta en la Serranía de Cuenca, pero el efecto psicológico de quedarse sin uno de los elementos de vida más imprescindibles nos ponía un poco nerviosos y alterables. Décadas después, siguen habiendo disputas y encuentros a pesar de haber dos depósitos y no haberse dado situaciones reales de desabastecimiento, porque la gente quiere agua para regar sus huertecitos, ducharse, beber, lavar sus coches…

Treinta años después y a miles de kilómetros, una concentración urbana ligeramente más poblada se encuentra con un problema similar. La Ciudad de Sao Paolo, en Brasil, con más de 20 millones de habitantes, tiene problemas de escasez de agua. La sequía persistente, agravada por el fenómeno de El Niño, hace que el líquido no fluya en las casas como solía hacer. Se pasa de una disponibilidad de más de 20.000 litros por edificio en un barrio residencial al día a menos de 10.000 litros y a veces a escasos 3.000 litros. El agua se corta porque los pozos se secan, la cantidad es muy inferior a la que se necesita y no parece haber un plan demasiado realista o premeditado por parte de las autoridades competentes. Sencillamente, el problema se les ha ido de las manos. Y la gente se resiente.

Foto: NYT. Mauricio Lima. Link.

Por supuesto que no es la única, hay problemas de agua en otras megápolis como México D.F. o Delhi, como Lagos o Karachi, por poner algunos ejemplos. Todos y cada uno de estos mega-núcleos urbanos tienen su particular problema y soluciones, no voy a meterme en eso.

Sobre lo que me interesa reflexionar es un problema mucho más complejo: el de la solidaridad. O mejor, el de la ausencia de solidaridad. Al faltar agua, al necesitar comprar garrafas de 20 litros de agua potable para lavarse, hacer la colada o incluso regar el jardín, la gente de Sao Paolo empezó a ponerse nerviosa. Verse desabastecidos indujo a comportamientos muy egoístas, contrarios a lo que en principio cabría esperar a la hora de hacer racionamientos o de proponer medidas de control. La gente ponía en evidencia una falta de colaboración quizás debida a un aumento del egoísmo o más bien a un ligero estado de pánico al ver que uno de los elementos más importantes para la subsistencia escaseaba.

Y no es el único caso, en muchos otros lugares, incluido mi pequeño pueblo conquense, la solidaridad brilla por su ausencia cuando se trata de algo tan básico, y todos se acusan mutuamente de utilizar más agua, de hacer correr el grifo de forma innecesaria o de consumir más al tener más familiares o un pequeño jardín que regar.

El cambio climático va a agudizar en breve muchas de estas situaciones. Lugares prósperos para la agricultura como California ya están sufriendo severas sequías que transforman el paisaje, el rendimiento de cultivos y el abastecimiento de las grandes ciudades. En este estado los problemas cada vez son más agudos y los enfrentamientos entre la parte agrícola y urbana se acentúan. No son de fácil solución, sobre todo cuando los polos son tan opuestos y los que conforman el conflicto están tan alejados de sus respectivas realidades.

No olvidemos que los conflictos del agua (o de la ausencia de ésta, más bien) han moldeado civilizaciones como la Egipcia o la Maya. Siempre ha habido sequías, siempre ha habido carestías debidas a la falta de agua, algunas han llegado a colapsar pueblos enteros o han cambiado el rumbo de su historia. Tendemos a olvidarnos de ellos. Porque hay tres cosas sin las que no podemos vivir: aire, comida y agua. El resto es accesorio.

Y los cambios respecto al líquido más preciado del planeta se están dando de una forma muy acelerada en un planeta que no comprende que la nube de confort se desvanece para enseñarnos realidades complejas y de difícil solución, a las que nos resistimos a enfrentarnos de forma valiente y, sobre todo, conjunta y solidaria.

ACERCA DEL AUTOR

Sergio Rossi
Científico, publica libros para niños, ecothrillers, ensayos críticos y numerosos artículos científicos en revistas especializadas y de divulgación en diarios y revistas como El País, Público, Quercus, Muy Interesante y Jot Down.
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