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China tiene sed

17 de Diciembre de 2014
El agua es como la energía, que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Su cantidad en el planeta no varía, pero sí el estado en el que se encuentra y la forma en la que se distribuye. Y, a diferencia de la energía, sí que se contamina. Por eso, China tiene un grave problema.

Basta con echar un vistazo a las aguas del Yangtsé, la principal vía fluvial de China, para que no queden dudas sobre el porqué. Discurren turbias, marrones, y acompañadas de una multitud de objetos flotantes procedentes de hogares e industrias. No ayuda en absoluto el denso tráfico de todo tipo de embarcaciones, generalmente viejas barcazas roñosas que transportan materias primas del interior pobre al ‘boom’ de la costa este.

Hay que ir casi hasta el Tíbet para encontrar agua limpia, y el techo del mundo cada vez recibe menos precipitación. Por si fuera poco, la población china se está aficionando a beber agua embotellada de manantiales del Himalaya que se comercializa en los supermercados al lado de ‘Evian’, y que, gracias a los eslóganes en los que se alaban sus propiedades purificadoras, tiene un precio similar. Así, el agua se ha convertido en la principal exportación del ‘techo del mundo’, cuyos recursos comienzan a estar también sobreexplotados.

Pero China sufre de sed. Sus desiertos avanzan, y las reservas de agua potable decrecen. Tanto que el Gobierno ha lanzado un mensaje de alarma, reconociendo que el sistema actual no es sostenible. No en vano, la población de China supone el 20% del total mundial, pero el país sólo cuenta con el 7% de los recursos hidrológicos del planeta. Y serán insuficientes para abastecer al país si se continúan contaminando las aguas como hasta ahora.

Porque el gigante asiático cuenta con 2,8 billones de metros cúbicos de agua, de los que sólo 840.000 millones pueden ser utilizados. La demanda actual es de unos 560.000 millones anuales y, si continúa creciendo al ritmo actual, en una década China no tendrá qué beber. “Además, la mayor parte de las instalaciones purificadoras son viejas y no están preparadas para hacer frente a la polución actual, con lo que se corre el riesgo de un aumento de enfermedades”, admitió el viceministro de Sanidad, Chen Xiaohong.

Pero, de momento, China se niega a tomar las medidas necesarias para atajar el problema y se limita a poner parches temporales. Eso sí, parches muy costosos. El más importante es el del trasvase del Yangtsé, el mayor proyecto de la historia en este ámbito y cuya sección central fue inaugurada la semana pasada. Es un proyecto con el que ya soñó Mao Tsetung en la década de 1950, pero que no se acometió hasta 2002 por la abultada factura que supondría: nada menos que 64.000 millones de euros. Cuando todo el recorrido sur-norte esté finalizado, China desviará unos 44.800 millones de metros cúbicos de agua al año a una población que se estima en más de 350 millones.

Las dos primeras fases, que han supuesto la construcción de casi 5.000 kilómetros de canales, ya están operativas y comenzarán a bombear hasta 9.500 millones de metros cúbicos de agua a los cien millones de habitantes de las ciudades de Pekín, Tianjin y Shijiazhuang. Es una cantidad que el Gobierno considera suficiente para sostener el crecimiento económico, agrícola y demográfico que viven estas grandes urbes chinas donde, en ocasiones, los ciudadanos tienen a su disposición incluso menos agua dulce que en los países del Golfo Pérsico.

Los medios de comunicación chinos aseguran que el trasvase marca un hito, pero olvidan hacerse eco de las voces de alarma de quienes consideran que ‘robar’ tan ingente cantidad de agua puede tener un impacto excesivo en el caudal del Yangtsé y en su ecosistema. Y, sobre todo, de lo que apenas se discute es de la necesidad de un cambio radical en el sistema de desarrollo y de crecimiento económico de la segunda potencia mundial, que según el parámetro de paridad de poder adquisitivo ha superado ya a Estados Unidos. El anterior primer ministro, Wen Jiabao, aseguró en su última conferencia de prensa que el gran reto de China era “crecer menos, pero crecer mejor”. Y no le faltaba razón.

ACERCA DEL AUTOR

Zigor Aldama
Corresponsal en Extremo Oriente con base en Shanghái. Publica numerosos artículos y reportajes en diferentes medios como El País, grupo Vocento y Ballena Blanca.
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