Una sonrisa discreta, un guiño a la brisa de tu pasar,
un reflejo perdido de aquel, que fue el capitán.
Temblores, tartamudeo y rigidez ocultando la templanza de un alma, que aún intenta abrazar el abrigo de sus recuerdos y personalidad.
Pérdida de dopamina, dificultad para caminar, más un largo etcétera tras el que nos intentamos escudar, justificando el pensamiento de “nada es lo que era, y poco remedio hay”
¡Qué falta de empatía, de saber amar!
Maldita incapacidad la nuestra a la hora de apreciar la mirada traviesa de aquel niño al que, en su día, no importó cuidar.