Intentaba abrir aquella tapadera, que estaba más dura de lo que esperaba.
- No querías que me quedara únicamente en el cómo o en el qué, sino que intentara alcanzar los por qués.
Por fin la urna cedió y, buscando el punto más idóneo de la corriente fluvial, donde sabía que el agua fluiría, dejó caer las cenizas.
- Nos vemos en el mar. Sabré buscarte, descuida.
–Me ahogo… Estas dos palabras, surgidas del intercomunicador de la escafandra espacial, bastaron para despertar la alarma del otro astronauta que se desenvolvía en las inmediaciones del quejoso prospectando lo extremófilo de aquel paisaje marciano. El emisor del mensaje comenzó sus manipulaciones para sacarse la escafandra. –Noooooooo, no puedes quitártela, sabes que no hay oxígeno aquí –aulló para ensordecimiento propio. Haciendo caso omiso, el ya boqueante se desprendió del casco opresor y expuso su cabeza a la atmósfera libre. –No has debido hacerlo, Coleman. Aunque esto sea el río Tinto; en Marte, donde se nos supone, ya estarías muerto,