Cada mañana volvía a encontrarlos como nuevos. Aquello no tenía sentido. Las leyes de la biología eran incapaces de explicar lo que estaba sucediendo con el experimento que un afamado biólogo desarrollaba desde hacía dos años. Ningún compuesto era capaz de alargar tanto la vida del mosquito de la fruta, cuyo ciclo de vida no sobrepasa las dos semanas. ¿Había conseguido, entonces, la fórmula de la vida eterna?
La respuesta era mucho más simple: el biólogo no había contado con el descontento de uno de sus empleados, que como venganza, había estado sustituyendo los mosquitos muertos por otros vivos.