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Los pájaros del agua: belleza reflejada

27/03/2017 - Blog - José Luis Gallego
Casi todo lo bello en el río vuela. Esa belleza es por ejemplo el vientre color fuego del martín pescador reflejado en el espejo esmeralda del cauce, su dorso azul metálico expandiéndose hacia el cielo. La belleza es también el flamenco posado en la marisma como un interrogante rosa, el alcatraz aguijoneando la mar con un relámpago de color crema o la golondrina vestida de frac cortando la lámina de agua con su afilado pico.   
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Las guías de campo nos ayudan a diferenciar a las diferentes especies de aves que habitan el planeta, por eso son los libros más preciados en la biblioteca del aficionado a la ornitología. Pero quienes además de amar a los pájaros sentimos fascinación por la poesía (después de todo ¿qué es un pájaro sino un fugaz verso en el aire?) tenemos otro libro de cabecera. Una obra de arte de obligada consulta para interpretar las emociones que nos despiertan.


Se trata de “Arte de Pájaros” de Pablo Neruda, acaso su poemario más limpio, más sincero, pues revela el profundo amor a las aves y a la naturaleza del poeta de la Araucanía. Considerado por él mismo como “mi libro más amado”, fue publicado en 1966 y recoge los apuntes y las notas de campo de ese gran aficionado a la ornitología que fue Neruda, que se autodenominaba pajarero y que tanto tiempo dedicó al estudio y la observación de las aves silvestres:


“Era su cuerpo hecho de plumas,


eran de pétalos sus alas,


era una rosa que volaba


Dirigiéndose a la dulzura.”


Solo un poeta/pajarero puede describir con tan suma delicadeza la elegante llegada del flamenco a la laguna. Siempre que asisto a ese instante mágico, ya sea en el Delta del Ebro, en Doñana o en las Salinas de San Pedro, recurro a sus versos para que me ayuden a entenderlo.


La mayoría de los pájaros más bellos viven en el medio acuático o lo visitan con frecuencia. Ya sean ríos, arroyos o fuentes, embalses o balsas de riego, lagos o lagunas, marismas o tablas: allí donde hay agua acude la belleza.


La delicada belleza de la lavandera cascadeña remontando el torrente con sus amarillos y grises. El impresionante babero blanco, blanco de nieve blanca, destacando en ese redondeado plumón de chocolate que es el mirlo acuático.


La estilizada figura de la garza real clavada en la orilla del rio: inmóvil, helada como una estatua en invierno. El delicadísimo pollito de la focha común, con la cabeza encendida por los colores de su plumón, que son los colores mismos de las llamas. Ese azul imposible del calamón, un azul que no lo hay en ningún otro lugar del cielo o de la tierra.


La distinción del pato colorado nadando como un dandi sin mover una sola pluma, la sofisticada elegancia del somormujo lavanco, el espectacular diseño de la avoceta, con su pico recurvado: una belleza reflejada, que gozamos por partida doble cuando se da la mágica alianza entre la luz y el agua.


Y luego están los cantos: no hay otra banda sonora como la de un aguazal al rayar el alba o morir el día. Enumerar a sus solistas daría para otro apunte: el de las músicas del agua, que queda aquí pendiente.

 

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Sobre el autor

Divulgador ambiental, naturalista y escritor. Colaborador habitual de TVE, TV3, La Vanguardia y Onda Cero. http://www.ecogallego.com/

 

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