La temperatura es de treinta y seis grados.
Es cerca de de las cuatro de la madrugada.
Estamos en invierno.
Es el año dos mil setenta y tres.
Vivimos a ochocientos kilómetros de lo que en algún momento fue la costa del Océano Atlántico. Veo el mar desde mi ventana.
La ropa hace años que solo se usa para cubrir. Ya no para abrigar.
El calentamiento global era una sensación, decían, nada más que el delirio de algunos alborotadores.
La población de la Tierra es de apenas unos cientos de miles.
Pronto amanecerá. Debo aprovechar que todavía está fresco.