Con los nervios no había podido dormir apenas esa noche. Se levantó temprano, desayunó acompañada de su gato y sus pastillas, se arregló y se sentó a esperar. Era el primer día, no quería llegar demasiado pronto. El teléfono sonó, era su hija, para preguntar que cómo estaba y deseándole mucha suerte. A menos diez, cogió las llaves, se despidió del gato y salió de casa. Cruzó la calle y se dirigió a la Asociación de su barrio. Era su primer día de clase, iba a aprender eso de los ordenadores, como elle decía, a los 80 años.