Reportaje

Los desafíos de la mujer en el medio rural

También en zonas rurales se escucharon los ecos de la huelga feminista el pasado 8M. Una caravana de vehículos privados recorrió desde las 8.45 más de 20 municipios altoaragoneses; en Alburquerque (Badajoz), decenas de mujeres ocuparon la barandilla en la que suelen apoyarse los hombres; y la Federación Española de la Mujer Rural (Femur) organizó distintos actos para visibilizar y reconocer la labor de la mujer rural, que juega un rol esencial en como cuidadora, productora y protectora del territorio.

Una doble lucha

Porque una mujer en el entorno rural tiene que luchar el doble. No siempre tienen autonomía económica, no participan en las esferas de decisión y la brecha que sufren respecto a los hombres es más amplia que la de las urbes. Y eso que los datos apuntan a que las mujeres rurales, esto es, las mujeres que trabajan y viven en entornos rurales, representa una cuarta parte de la población mundial. En España suponen un 49.15% de la población que vive más allá de las luces de ciudad, en esas áreas que ya se empiezan a conocer como la Laponia española por su escasa densidad de población. En total, se estima que alrededor de 6 millones de mujeres viven allí. Su papel es fundamental para el mantenimiento de la sociedad en cada territorio a la vez que juegan un papel primordial en el desarrollo sostenible del medio rural.

María Sánchez, en Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019), lo expresa de este modo:

Las grandes ciudades son las que toman decisiones. Las que marcan las pautas, los ritmos. A veces parece que la vida y lo importante sólo sucede en estos núcleos. El resto está siempre en un segundo plano, sin importancia, como si necesitara poco. Como si sus habitantes no tuvieran nada que decir.

Y si el medio rural es el gran olvidado, ¿qué pasa con las mujeres que lo habitan? ¿A qué plano pasan? ¿Cómo se las tiene en cuenta si en el lugar en que viven no se las contempla ni se las tiene en cuenta?

La respuesta es que las mujeres del medio rural son doblemente discriminadas. Doblemente obviadas. Doblemente olvidadas. Primero por su género, pero también por el lugar en el que residen y trabajan.

 

Si se tiene en cuenta que se suele considerar el medio rural como un espacio primordialmente masculino en cuanto a la actividad laboral, las cifras anteriores pueden resultar llamativas. El mundo rural no está masculinizado, pero sí la percepción que tenemos de él. Esto se debe a que la mujer se encuentra, aunque cada vez menos, invisibilizada o, como poco, categorizada en unas funciones específicas que en ocasiones se pueden cumplir, pero, en otras, no.

Lo anterior tiene que ver con muchos factores, pero uno de ellos puede encontrarse a los lugares comunes que, desde las urbes, que es desde donde tradicionalmente se ha narrado la vida rural, se considera como un espacio compacto, de roles bien definidos, sin apenas fugas. Una mirada generalizadora hacia la vida rural que a veces cae en lo idealizador de lo que representa frente a la ciudad, olvidando sus problemáticas; o bien, por el contrario, centrándose más en estas que en sus cualidades positivas. En ambos casos, la mujer aparece, en términos generales y desde una postura tradicional, constreñida a un espacio doméstico en el que su labor profesional o laboral queda apenas contemplado. Al menos, hasta ahora.

Pero, aunque la mujer tenga un espacio, quizá, diferente, al que suele otorgarse, lo cierto es que se encuentra en una posición de desigualdad. De hecho, se habla del éxodo femenino como una de las grandes causas de la despoblación rural que se está produciendo en lo que llevamos de siglo XXI, y que se prevé aumente en el futuro. Las causas de esa marcha de algunas mujeres pueden encontrarse en factores tan diversos como la discriminación, las relaciones de poder asimétricas, la tradición, las cargas domésticas, no ser reconocidas por su trabajo y no poseer remuneración adecuada, a lo que se debe sumar la complejidad a la hora de conseguir poner en marchas proyectos personales y empresariales. En conjunto, una forma de negar la voz a la mujer que, en cierto modo, produce ese éxodo del campo. A pesar de que se estima que el 11,9% de las mujeres rurales poseen estudios superiores, frente al 8,4% de los hombres y que supone el 54% del empleo autónomo, sufren mucho más el desempleo y eso ocasiona la necesidad de buscar trabajo fuera de su entorno. Los datos europeos, por otro lado, apuntan a que solo el 12% de las tierras están en manos de mujeres.

Organizaciones de Mujeres Rurales

Desde las Organizaciones de Mujeres Rurales se está llevando a cabo una actividad de movilización y concienciación social para combatir estas relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres en el medio rural para que pueden incorporarse a cualquier ámbito social. En 2010 se elaboró el llamado “Diagnóstico de la igualdad de género en el medio rural”, en el cual se establecieron algunas problemáticas específicas y sirvió para establecer las bases de la política en materia de igualdad de género en el medio rural a partir de cuatro premisas:

  • El mercado laboral en el medio rural presenta una baja tasa de empleo, que se acentúa en las mujeres, una fuerte asalarización y una marcada terciarización. Haya una discriminación salarial de género: las mujeres están mucho más representadas en los rangos salariales entre los 400€ y los 1.000€ mientras que los hombres lo hacen entre los 1.001€ y los 1.400€.
  • El mercado laboral del medio rural está caracterizado también por la segregación, tanto vertical como horizontal. En cuanto a la vertical, las mujeres se concentran en las posiciones inferiores de la jerarquía laboral, y ocupan puestos de personal no cualificado y personal administrativo. En cuanto a la horizontal, aunque en ambos sexos el sector servicios ocupa a la mayor parte de la población (52,6%), en este sector se concentran en mayor medida las mujeres (78,5%) que los hombres (41%). Las mujeres tienden a ocuparse en empleos tradicionalmente femeninos y los hombres en empleo tradicionalmente masculinos.
  • En el medio rural existe una marcada feminización de la asalarización y una masculinización del empresariado rural.
  • Las desigualdades observadas entre mujeres y hombres en el mercado laboral se acentúan al incrementar el grado de ruralidad.

También se consideró que el tiempo que invierten mujeres y hombres en realizar las distintas actividades cotidianas se distribuye de distinta manera, dado que las mujeres ocupan más tiempo en actividades que tienen que ver con el trabajo doméstico y de cuidado, mientras que los hombres dedican más tiempo a las actividades fuera del entorno del hogar, quienes pueden invertir más tiempo en ocio que las mujeres. Del mismo modo, esta desigual división del tiempo ocasionar que las mujeres tengan mayores dificultades para incorporarse al mercado laboral.

Testimonios

Hemos recogido algunos testimonios de mujeres que están o han estado vinculadas al campo de manera personal o profesional y que nos han transmitido su visión del tema desde diferentes perspectivas y abordando temas diversos.

I

Eva Baltasar, poeta y escritora, fue pastora antes de dedicarse a la literatura, autora de la novela Permafrost (2018). Durante una época estuvo viviendo lejos del núcleo urbano durante tres años, en una zona rural de Cataluña muy despoblada, en una casa asilada, sin luz. Sobre su actividad profesional al llegar, Baltasar comenta:

hice de todo. Me fui a vivir allí con un título de Pedagogía en el bolsillo que no me servía para nada, y al ir a pedir trabajo en las granjas sólo conseguía que me vieran como una mujer. Daba igual que yo explicara que era resistente, que podía hacer cualquier cosa, que sabía manejar animales, que tenía ganas de aprender. Me ofrecieron trabajo de limpiadora, de puta y de camarera, me ofrecieron atender ancianos y cocinar. Hice un poco de todo para subsistir, sin dejar de escribir, aunque por aquel entonces no publicaba, hasta que empecé a trabajar con un pastor. Al principio sólo le limpiaba la casa, le lavaba la ropa, iba a hacerle la compra, etc., pero con el tiempo y a fuerza de demostrarle que podía empecé a ayudarle con las ovejas. En ese entorno no sirven los papeles, hay que ser hombre para tener una oportunidad, y si no eres hombre te ves obligada a demostrar que, a pesar de tu cuerpo de mujer, eres completamente capaz de hacer lo mismo. Ser mujer en un medio rural, para mí, fue verme obligada siempre a demostrar”.

Sin embargo, la experiencia, a nivel personal fue muy importante para era:

venía de vivir en Barcelona y el descubrimiento más evidente fue el del silencio, la soledad y el silencio, este espacio de descompresión donde casi sin querer acabas encontrando cosas. Y no me refiero sólo al tópico de encontrarse a sí misma, creo que esto puede hacerse en cualquier sitio si una tiene esa disposición y decide dedicarse el tiempo necesario para hacerlo, sino que esa soledad en un paraje natural te reta constantemente y, en mi caso, hizo que conectara con una parte instintiva de mí misma que no creía posible. Es algo que he trabajado en la novela Mamut: cómo ciertos entornos te aíslan de la vida y otros te llevan a su centro y te obligan a tomar decisiones que afectan directamente tanto tu vida como la vida de otros seres. En el campo yo tuve en las manos la vida de otros y acabé con ella, por ejemplo. Esto es algo que no habría podido hacer en Barcelona, imposible. La fuerza del entorno rural es tal que saca una fuerza inaudita de ti, relativiza el impacto de las leyes escritas, te obliga a crecer”.

En cuanto a su percepción de la mujer en el medio rural:

En la zona donde estuve el papel de la mujer era básicamente reproductor. Se casaban, iban a vivir a la casa familiar de su marido, tenían hijos, cuidaban de ellos y de los suegros, trabajaban en las granjas, y ya está. Reproducción de roles. Cierto es que había excepciones. Recuerdo el caso de una de estas mujeres que un día se hartó y buscó trabajo de administrativa en un pueblo cercano. Todo el mundo decía que no le salía a cuenta, ganaba un sueldo modesto, tenía que dejar los críos a comer en el cole, dejaba de estar en casa… A ella eso la hacía ganar. Los engranajes familiares pueden ser tan absorbentes que acaben vaciándote por dentro. Si esto ocurre la única forma de salir adelante es actuar, la otra opción es consumirse, abandonar la vida, pasar a ser el brazo mecánico que ejecuta sin pensar las tareas no deseadas. Aun así, no creo que ése sea un rasgo particular del medio rural, creo que hay muchas mujeres que viven una vida no deseada también en la ciudad, sólo porque acceden a la edad adulta con tal empujón machista que no se dan cuenta de dónde han ido a meter los pies hasta que están tan embarradas que les resulta casi imposible desatascarse, al menos sin contar con la ayuda de alguien más. Por otro lado, sé de muchas asociaciones y cooperativas de mujeres en el medio rural que luchan para defender el derecho de toda mujer de vivir la vida deseada en el entorno que han elegido, con libertad y con dignidad, con lo cual no puedo decir que lo que observé durante el tiempo que estuve viviendo ahí sea generalizable”.

II

Remedios Zafra, escritora, profesora de Arte, estudios de Género y Cultura Digital, Premio Anagrama de Ensayo, publicó en 2007 el libro de relato, Lo mejor (no) es que te vayas, ganador del I Premio Internacional literario Mujer del Medio Rural y Pesquero 2006. Sobre la situación de la mujer rural en la actualidad, Zafra considera que

“uno de los principales conflictos sigue siendo “quedarse en el pueblo”. El mundo rural es más conservador en muchos sentidos, los lazos familiares e identitarios arropan a veces, pero ante todo presionan más a las mujeres. Pienso que los conflictos que apuntaba en “lo mejor (no) es que te vayas” siguen estando activos y nacen de la forma de asumir la libertad de implicarse en el mundo rural, es decir, del quedarte, del irte, o del “irte para después volver”. En este sentido es muy distinto para las mujeres que viven o vivieron en un contexto urbano y deciden libremente emprender un proyecto rural allí donde no tienen (o no apenas) raíces, a hacerlo cuando ese lugar sigue habitado por esa familia extensa que es “tu pueblo”. Las limitaciones simbólicas son muchas en este segundo caso y es más difícil para las mujeres ejercer su libertad. La realidad contemporánea tiene muchas aristas en función de quien relate la situación desde dentro o desde fuera (quiero decir desde ese “estar y no estar al mismo tiempo” de muchas mujeres rurales que vamos y venimos). La igualdad está avanzando en muchos sentidos, pero las resistencias del mundo rural son mayores”.

Sobre cómo afectó la crisis económica de 2008 a la mujer en el medio rural, Zafra considera que:

“cuanto más recorta el estado en sus responsabilidades sociales más perjudicadas salen las mujeres y esto también ha pasado en el mundo rural. Las pérdidas de empleo acompañadas de pérdidas de derechos sociales desencadenan un mayor esfuerzo de las mujeres para asumir los trabajos más precarios y vulnerables. Pienso que esto también ha pasado en los pueblos. Si bien, en este sentido, creo que la situación es compleja, pues en los últimos años llama la atención como paralelamente al envejecimiento y la despoblación han surgido empresas de mujeres cuidadoras que empiezan a profesionalizar lo que antes asumían gratis. Pueblos de ancianos y mujeres cuidadoras, es un asunto que sociológicamente está definiendo la actualidad del mundo rural”.

III

María Álvarez de Eulate, periodista especializada en viajes y directora del programa “Cinco Continentes” de Radio Nacional, considera que la situación de la mujer rural presenta cambios relevantes con respecto al pasado:

hace unos meses fui a visitar a un primo de mi padre y a su mujer, ambos nonagenarios: 98 y 97 años. Han vivido siempre en una aldea de Soria que hoy tiene electricidad y agua corriente. Durante toda su juventud él segaba los campos de otras personas a mano, con el dalle y ella iba a cosechar; ambos tenían un carro y dos mulas. Durante el otoño la mujer recogía piñas en el monte hasta llenarlo y después iban a venderlas a un pueblo más grande, cabeza de partido judicial, a 30 km. Las piñas se utilizaban entonces para encender la lumbre y les pagaban por ellas. Tardaban en hacer el trayecto día medio y lo mismo en volver. Hacían noche en los caminos y dormían en el carro, tenían que hacer guardia, primero uno y luego otro, para que las mulas no se movieran. Después él se encargaba de guardar a los animales y los limpiaba, ya en casa ella cuidaba de las gallinas y se encargaba de matar alguna para comer y cocinaba. El campo pienso, siempre ha sido una cuestión de unión fuerzas por pura supervivencia”.

Acerca de la presencia de la mujer en el medio rural, la periodista nos matiza a partir de su experiencia que:

creo que cada vez que hablamos del medio rural lo primero en lo que pensamos es en personas que se dedican a la agricultura y/o la ganadería, pero el mundo rural es tan amplio como heterogéneo. Yo por ejemplo vivo en un pueblo turístico donde los ingresos vienen de su patrimonio y del entorno natural, así que la mayoría de los trabajos están relacionados con la hostelería, el comercio y las empresas de turismo. No veo grandes diferencias en ese aspecto entre hombres y mujeres. Otra cuestión es vivir de la agricultura y más sacrificado aún, del ganado. Cuando se tienen animales no hay días libres y hay que trabajar de sol a sol. Conozco a varios matrimonios de distintas edades que sí se dedican a la agricultura y la ganadería y por lo que veo siguen siendo los hombres los que realizan las labores de arar, pastorear y transportar el ganado, a veces ayudados por sus compañeras, pero en general ambos se reparten las tareas e incluso las compaginan con otras profesiones: albañilería, hostelería, limpieza de casas… La situación en aldeas y pueblos aislados es desde luego mucho más dura”.