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La herencia envenenada del oro

4 de Marzo de 2015
Johannesburgo. Sudáfrica. El agua ácida que se filtra de los residuos de las minas en los alrededores de Johannesburgo es una bomba de relojería para los sudafricanos pobres.

Tiny Dhlamini se sienta en un bidón de agua vacío frente a su casa de Doornkop, a las afueras de Johannesburgo, y observa la distancia entre ser rico y divertirse o ser pobre y sufrirlo. A trescientos metros de su chabola, se levanta una montaña de residuos tóxicos de una mina abandonada desde donde llegan gritos de felicidad. Tres chicos en motocicletas de montaña juegan a subir, bajar y derrapar por las laderas de polvo inestable. Los motores truenan y las ruedas levantan una nube de polvo descomunal.

Hoy el viento sopla a favor de Tiny, así que las partículas de arena se alejan de su casa y de sus cultivos, pero no siempre es así. “Cuando ese polvo nos cae encima —dice— mata las plantas y nos hace toser. Muchos vecinos tienen problemas en el pecho y los ojos”. Tiny dice que es peor cuando llueve. Si caen unas gotas, el barro de la montaña se filtra directamente hasta un río que culebrea cerca. “El fango del vertedero llega hasta nuestros jardines y los lugares donde juegan nuestros niños; destruye los huertos y afecta a los niños que luego juegan en esos sitios. Y no hay nada que podemos hacer porque vivimos justo al lado de esa montaña, y nadie hace nada para evitarlo”.

En el patio de Tiny, unas gallinas remueven la tierra con sus patas y picotean aquí y allá. Una verja metálica rodea su casa de chapa y la separa del resto de chabolas, todas con tejado de uralita. Junto a una pared de metal, unos jóvenes se comen un bocadillo de pan de molde lleno de mortadela y patatas fritas. La riqueza de la mina no tocó el barrio y ahora es tarde. “Cuando la mina no da beneficios las abandonan —protesta Tiny— la mina de donde salió la montaña de residuos hace años que no está en funcionamiento. La abandonan y eso es peligroso para los niños porque hay pozos, hay residuos, hay ríos que no se pueden ver debajo del polvo”.

No hay ninguna mega urbe en el mundo con una relación tan particular con el agua como Johannesburgo. O quizás sería más exacto escribir con la ausencia de agua.

Con quince años de edad, Erasmus Jacobs probablemente no pensaba en ello cuando encontró el primer diamante a la orilla del río Orange en el año 1867. Aquella piedra brillante en los dedos de un chaval sonriente empezó la historia de la minería en Sudáfrica y revolucionó la historia de la capital financiera de África. El descubrimiento poco después del filón de Witwatersrand, uno de los arrecifes de oro más ricos del mundo, acabó por desatar la fiebre. Y, por el potencial, era lógico: en un área de apenas cien kilómetros de largo y 400 kilómetros cuadrados se ha extraído el 40% de todo el oro extraído en la historia.

Foto: Xavier Aldekoa

El descubrimiento atrajo a millones de personas hacia aquellas tierras; no importó que la zona no daba precisamente la bienvenida. “Johannesburgo es la única ciudad del mundo que no está cerca de un gran río, un lago o la costa, está en un terreno continental sin agua. Así que tenemos una situación hoy en la que unos 10 millones de personas, quizás más, viven lejos de fuentes de agua, directamente como resultado de un siglo de operaciones mineras”, explica Anthony Turton profesor del departamento de gestión ambiental de la Free State University.

Pero la escasez del líquido vital solo es una anécdota frente a una amenaza mayor, herencia precisamente de los millones de residuos que se extrajeron del subsuelo para encontrar oro, otros minerales y piedras preciosas. Experto en gestión de aguas, Turton pone nombre y apellido a la amenaza: “El agua ácida; esa es la cuestión que las autoridades deben abordar cuanto antes para evitar problemas mayores”.

Para conseguir el material precioso, las compañías mineras excavaron sin freno —en Sudáfrica está la mina más recóndita del mundo, de hasta kilómetros de profundidad— extrajeron toneladas de roca triturada al exterior y aplicaron productos químicos para separar el oro. En esos residuos está la trampa.

La sudafricana Mariette Liefferink, directora de la Federación por un Medio Ambiente Sostenible, es una de las principales voces en la denuncia del peligro del agua ácida. “Esas grandes montañas de roca contienen sulfuros metálicos que al estar expuestos al aire y el agua de la lluvia sufren una reacción química que convierte el agua en ácida”, explica.

Liefferink viste un collar de perlas gordas y lleva a medio Picasso pintado en la cara pero no duda en pinchar con sus tacones de aguja en el barro roto si es para enseñar la devastación. Se baja del coche, se acerca a un acantilado y señala hacia un lago de color marrón. “¿Escucháis algún pájaro? ¿Algún animal? Esta zona está contaminada, está muerta”, dice. Un cartel oxidado con una calavera le da la razón.

“El agua que se filtra de las montañas de residuos —explica Liefferink— con una acidez superior a la del vinagre, transporta metales como arsénico, zinc o mercurio, además de partículas radioactivas de uranio, a ríos, lagos o cultivos. Además, cuando sopla el aire, el polvo tóxico se desplaza y cae sobre las comunidades que viven junto a las montañas de residuos. El ganado bebe del agua y come de la hierba contaminada”.

Israel Mosala, activista de Earthlife Africa, nos guía durante dos días por barrios y pueblos afectados por los residuos del gran negocio minero. Nos presenta a niños casi ciegos por el polvo radioactivo, mujeres con problemas en la piel y ancianos que se mueren de tos. “Las toxinas que emanan esos residuos y se filtran en el agua o viajan en el polvo provocan enfermedades cardiovasculares, asma y bronquitis y, si se trata de partículas radioactivas, hasta cáncer o daños en el riñón, intestino y sistema nervioso”, denuncia.

Puede ser sólo el principio. El equipo de investigación del diario sudafricano Mail & Guardian denunció el riesgo de que el agua ácida afecte las viejas tuberías que transportan agua potable a la ciudad u otras que proveen de líquido a las minas de platino de la región. Según el periódico, quince de los principales acueductos tienen más de 50 años —su vida útil ronda los 30— y hay incluso uno que fue colocado en el año 1912.

El mapa, en el que superponía los acueductos con las montañas de residuos de las minas, era tan elocuente como el titular:

“La bomba de relojería del agua tóxica de Witwatersrand”

Mapa:

ACERCA DEL AUTOR

Xavier Aldekoa
Africa Correspondent. La Vanguardia. Miembro de Muzungu, productora social e independiente. Autor de Océano África (Editorial Península). xavieraldekoa.net @xavieraldekoa.
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