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El agua del río Congo

3 de Febrero de 2016

No he visto un agua que lleve más tierra que la del río Congo.

No es sólo ya que transporte la tierra disuelta, dando un color al agua rojizo y opaco al mismo tiempo, sino que además arrastra auténticas islas, con sus palmeras y todo, flotando igual que barcos al pairo hacia los rápidos que terminan en las cataratas Livingstone, que ves desde Kinshasa por el vapor de agua que flota en el aire, hacia donde caerá al atardecer de pronto el sol, con toda su luz, sobre el agua.

La primera vez que vi el río Congo fue yendo a caminar por su orilla cuando, sin previo aviso, se abrió con toda su magnitud tras el verdor de un árbol de mango solitario. 

Mirarlo, te hacía llorar, al no abarcar los ojos tanta agua.

Tenía esa tarde el Congo ese color del estaño que sólo he visto en septiembre sobre el agua de las rías gallegas, un poco gris y un poco azulado, hasta que cayó de pronto el sol y entonces, al dar la vuelta al camino, todo el río se volvió rosado como el borde de las hojas de un libro viejo; negras como letras al trasluz las plataneras y las hierbas de la orilla, con sus pájaros tropicales tranquilamente posados, mientras el día se había ya marchado.

Los remolinos son tan grandes en el río Congo que da un poco de miedo cruzarlo en barco desde donde, sin embargo, observas las cabañas de pescadores en las islas que aún no han sido arrancadas por la corriente, con sus tejados de lata entre un verdor muy intenso, y un poco más allá, unas piraguas oscuras que son más bien tablas, al no tener casi ni obra viva ni obra muerta, como si a los pescadores los sostuviera el mismísimo horizonte del río, y sobre las que faenan, por cada piragua, dos hombres; uno, con una pértiga, y el otro con unas redes blancas delante, en la zona más tranquila del río, o eso parece, por la calma con la que, de pie, navegan.

La riqueza de esta agua es inmensa, no sólo por la cantidad de peces distintos, con casi 700 especies continentales, sino porque al menos el 80 por ciento de ellos son endémicos, es decir, que no existen en ningún otro lugar del mundo, algunos capaces de aguantar la estación seca enterrados en el limo, esperando que vuelva el agua, o en condiciones casi de anoxia entre los papiros que, con un verde muy intenso pero a la vez ligero, alegre y transparente; al lado de la fuerza, gravedad y opacidad del río; bordean su cauce. 

La sensación que tenemos es que la vida ha nacido, como entre las sábanas de una cuna, en la densidad de esta agua, de este gran río; que toda la Naturaleza se expandió igual que una galaxia a partir de este lugar con la gracia de las curvas del curso del Congo al resto del mundo que, mirado desde aquí, te parece un segundo plato del origen.

En general, casi todo el agua que he visto en el Congo, ya sea del gran río, como de sus afluentes (el Congo es el río que se bebe los ríos) tienen este tono rojizo, como de ladrillo disuelto, que incluso los bloques que hacen los congoleses con la arena del río son rosados e imagino que con ellos las casas que construirán serán frescas y rumorosas como el interior de las caracolas que también se dan en sus orillas y que se usaron como moneda, pequeñas caracolas que recuerdan a los cauríes con los que se compraban y vendían los esclavos, y que hoy adornan las esteras de rafia que venden los artesanos.

Toda la vida corre con el agua del río Congo, del que se diría que pone en movimiento a la gente como a las islas verdes que arrastra. 

Pasas por la orilla de cualquiera de sus afluentes y siempre hay mujeres, con los niños a su espalda, lavando, o buscando oro, o eso me parece al verlas mirando fijamente como garzas el agua de una palangana. En ocasiones, muy pocas, hay en las vegas una cierta agricultura de subsistencia de tomates y otras verduras que protegen del sol con un sombrajo de bambúes y de palmas, y donde observas que sólo se inclinan sobre la tierra, sólo y siempre ellas, las mujeres congolesas.

El colorido de sus “pagnes” les hacen brillar de lejos como las flores del paisaje, en contraste con el intenso verdor de la orilla y con el color de un agua que no es potable, en casi ningún tramo, por lo que suele ser habitual ver a chicos que llevan por los caminos, y sobre todo en los mercados, una suerte de edificios sobre la cabeza, que en principio creí que sería hielo pero que luego me di cuenta que eran botellas informes, como globos llenos de agua, por la cantidad de envases que quedaban por el suelo, tirados como un sueño del que ya se ha despertado.

Hay regatos sepultados por estos plásticos que contuvieron agua potable.

El sueño de llevar el saneamiento a un lugar donde el agua es todo, y es nada. 

Es el río Congo, en términos de área de cuenca, el segundo río del mundo, tras el Amazonas, con numerosos rápidos y cataratas pero también en algunos tramos con la amplitud y la tranquilidad de un lago, que bebe además, alternativamente, de las lluvias de uno y de otro lado del ecuador, de tal manera que su caudal se mantiene bastante constante; además de ser el segundo río más largo de África, y seguramente el más hermoso, por la manera en la que llega al océano dibujando una pluma de tierra sobre el agua de decenas de kilómetros de largo tras abrirse paso por el delta y los manglares.

He leído que hay tramos donde el Congo es el río más profundo del mundo.

El más misterioso de todos los ríos.

Un río por el que sigues llorando, como si tampoco en el recuerdo te cupiera tanta agua, cuando has dejado de verlo.

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ACERCA DEL AUTOR

Mónica Fernández-Aceytuno
Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” y columnista de ABC. Es fundadora y editora del portal de la Naturaleza Aceytuno.com.
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