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La luz de las luciérnagas

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La hembra de luciérnaga, Lampyris noctiluca, que ya sólo con su nombre ilumina, trepó anteanoche a lo más alto de las yerbas, escapando del silencio.

Según Manuel Cantalejo, hizo tanto calor en la sierra cordobesa de Hornachuelos que mientras las hembras de luciérnaga trepaban a los tallos de las yerbas arrastrando sus alas rudimentarias, la temperatura no bajó ni un poquito de los diecinueve grados; es decir: no hubo en la noche más que calor entre las luces de las estrellas y las luces de las luciérnagas. Los machos de esta especie brillan mucho menos que las hembras, pero tienen más unidades visuales en los ojos y no se pierden ni un brillo, y además son voladores. A veces, cruzan delante del parabrisas y dejan en el aire un destello verde y frío, esa su luz de luciérnaga que se vuelve cérea con la luz del día, como si el sol la apagara. Resulta curioso que incluso los huevos que pone la hembra después de la cópula desprendan luz a través de la cáscara, como si antes de nacer las luciérnagas guardaran ya algún mensaje dentro, de esos que solo entienden ellas. Tienen algo de poetas, sobre la noche del mundo, encaramadas a su torre de palabras, horizonte, maizal, estrellas. De puntillas sobre la última sílaba, llaman.


Esta entrada pertenece al diccionario de la naturaleza de Mónica Aceytuno, patrocinado por Fundación Aquae. Si quieres participar, lee aquí cómo hacerlo.


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