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El vuelo de las golondrinas

En el correo Ciudad de Granada, que cubría hace años la ruta de Mallorca a Valencia, siempre había un día al año, al atardecer, en el que el barco se llenaba de golondrinas.

Justo en mitad de la travesía, estos pájaros migradores que con sólo diez gramos de peso sobrevuelan medio mundo, se dejaban caer sobre las cumbres del barco y se agarraban al mástil, proa al viento. Eran estas golondrinas como la nieve que no se oye: ni un sólo canto gárrulo se escuchaba en el barco, cuenta Lorenzo Morata, práctico de Mahón.

Ya de noche, las golondrinas ocupaban todos los rincones: no sólo los mástiles donde se arracimaban cientos de colas ahorquilladas, más de mil, seguro, sino también la cubierta del puente, y esa otra cubierta magistral donde no entran nunca los pasajeros. Algunas golondrinas morían navegando.

Era tal su agotamiento que siempre se les ofrecía un plato de pan mojado en leche, pero no lo probaban y, sólo al acercarse al puerto, parecían recuperarse, y levantaban el vuelo hacia el horizonte donde se perdían entre mar, noche y aire.

Foto: Golondrina adulta con su pollo, primavera 2016 / Aceytuno

Este texto pertenece al Diccionario de la Naturaleza de Mónica Aceytuno, patrocinado por la Fundación Aquae. ¿Quieres participar? Lee aquí cómo aportar tu grano de arena.

Ver también:
Las golondrinas ingenieras
Mi afición por los pájaros
El vuelo poético