Microrrelatos 2016
Piel de ciencia
Han sido, tus intimidades, territorio de observaciones y evaluaciones. El cartógrafo Emil Sebastian trazó el contorno de tu continentalidad: profunda agrimensura de linstantes de tu piel contra la mañana, o esa zona donde se repliegan las osadías. Leopold Humboldt, óptico y ceramista, calibró tu presencia en el momento en que sales del amor, revuelta y extenuada; para que Marie Germain midiera extrínsecamente las curvaturas que despegabas del acontecimiento: para conocer el número de células ajenas que un cuerpo puede consentir transitoriamente en tales trances. Podría aventurar que conozco tu cuerpo. Mas apenas entreveo el trazo esquivo de una función compleja.
Pluvia perpetua
Lleva lloviendo desde siempre en Villafervorosa. Sin cesar. Ni un instante. Ni para tomar envión. Tal estado de líquido parece diluir la geometría misma de la existencia: a tal punto que la gente suele decir que nada es lo que parece ser – justificación leve y siempre inútil para faltas igualmente triviales– Aunque lo cierto es que los cristales y las córneas siempre están chorreados y, se mire como se mire, la realidad está muy escurrida, huidiza. Alguien dijo que, de tanto llover, no llueve. Pero sí, llueve. Siempre. Pueblo y cielo vinculados perpetuamente por abalorios de Lavoisier.
I+D
—¡A ver si tienes más cuidado, que acabas de moverme la muestra del microscopio al pasar!
—Bah, no te pongas así, lo que pasa es que estás cabreado porque no encuentras lo que buscas…
—Un poco de ayuda extra no me vendría mal para conseguir la beca de investigación, ¿sabes? Además, si nos conceden el proyecto tú también te beneficiarás.
—Haber empezado por ahí, hombre, eso está hecho, pero me debes una cena, que lo sepas. Y nada de cefalópodos recién diseccionados, que te conozco, si quieres que me esfuerce estírate un poquito.
—Cara me va a salir tu colaboración…
La cuadratura del círculo
Había llegado a imaginar mil y una veces el metabolismo del Universo.
Era una idea abstracta, que intentaba materializar todos los días al despertarse pero que se disipaba cada vez que salía del sueño.
Era una sensación que sentía dentro de sí, a una escala de células, moléculas y átomos en engranaje.
Era una sensación aplicable a todo lo que sucedía a su alrededor… al mar -que huía con la marea cuando preparaba el café por la mañana-, los colores… la luz.
Y quería plasmarlo, hacer todo lo que el resto llamaba ciencia… y en su cabeza era arte.
Infinito
Adelaida Star era una cocinera de números. No estudió derecho como mandaba la tradición familiar porque ella prefería las leyes de la física. Era un espíritu libre que abrazaba la ciencia como si fuese un árbol centenario y por eso su restaurante se llamaba Infinito, como el universo. Era un sitio peculiar donde reservar mesa era un experimento en tres niveles. El menú empírico, para los escépticos. El bufé libre, para los curiosos. Y la carta, solo para los héroes. Era un oasis de vida, el único restaurante del mundo sin comida porque la ciencia no se come con cubiertos.
Bits enamorados
Cuando lo conocéis , levemente, e indagáis su memoria , la suavidad os atrapa en sus reflejos.
Si pudierais buscar en el fondo del mercado actual veríais que necesita el escudo de la ironía por necesidad vital, porque se niega a integrarse en la ignorancia y en la nada. Pues ya tiene bastante con su disco duro y con el Internet existencial en el cual navega de ahí su forma extraña y ambigua.
Portátil, herramienta inexpugnable ante la cual se han estrellado algunos de sus bits enamorados, otros clavan sus uñas en la faz de la vida.
Gotas de Agua
Cada mañana de un brinco me reúno con todas mis hermanas. Somos muchas y salimos todas juntas corriendo sin cesar.
Una carrera vertiginosa que no tiene fin, a través de ríos y lagos, mares y océanos…
Sólo escuchando el rumorear de todas al pasar, seguimos nuestro curso.
Un curso sin tregua, siempre en alerta. A veces acompañadas por muchísimas más que como ángeles bajan del cielo y se unen rebosantes.
Y murmurando y corriendo; y saltando y jugando… algunas se esconden por estrechos vericuetos y entonces nunca más nos volvemos a encontrar.
La suma del infinito
-¡Infinito!… ¿Verdad que si sumas todos tus números da infinito? (preguntó un número al azar).
-No digas tonterías… (respondió el -1/12). ¿Tienes la respuesta delante de tus ojos y no eres capaz de verla? Increíble…
¿Ciclo eterno?
Me filtré entre unas rocas y salí a la superficie. Esta vez me tocó un viaje tranquilo en un pequeño riachuelo. Mientras fluía, me pregunté nuevamente si las moléculas de agua seríamos inmortales. Pronto llegué al salado mar. Me gustaba visitar playas y acompañar a los delfines.
Ahora iba notando el calorcito y, sin darme cuenta, pasé a estado gaseoso. Eso sí que era divertido. Ascendí hasta alcanzar una nube blanca y mullida. Me acomodé allí a la espera de volver a licuarme y comenzar otra aventura ¿dónde caería esta vez? Vi un bosque allí abajo y salté. Llovía mucho.
Variación psicoanalítica de las mil y una noches
¿Cuál es la estrategia con la que cada noche evadimos la muerte?… ¡Soñamos!… Un Yo cuenta historias infinitas a un Superyó que irrumpe en la alcoba mientras el Ello vengador se relaja y se entrega impúdico al deliquio del misterio.
En la mañana
Me despierta el trino de los pájaros. Todo tinieblas, gradualmente puedo enfocar las cosas, el mundo cobra vida. Beso a mi esposo, a mis dos hijas, me llega el olor de café molido recién hecho. Debo bañarme, el agua caliente me despeja, me regala el primer momento feliz. Donde vivo los gérmenes no existen ; la ventaja de vivir en un planeta virtual.
¿Hacia dónde vamos?
Eliza estaba sentada en el suelo helado, con su cabeza mirando fijamente el suelo, la habitación en la que estaba era fría e inquietante, y aunque la modifico a su gusto no se sentía cómoda. Le faltaba algo, algo que le habían quitado desde el día que nació. A pesar de que la ciencia hizo de los humanos una especie más desarrollada intelectualmente, algo estaba mal dentro de ella, no se sentía humana, para ella su familia no era su familia. Ella era solo un experimento fallido de laboratorio y los otros eran maquinas andantes que no sentían.
Caos
A la mañana siguiente el tifón había desolado la mitad del planeta, aquellos que sobrevivieron intentaron rehacer sus vidas y reconstruir de nuevo todo lo que había sido arrasado. Para ello, decidieron cambiar la forma de vida ya que pensaron que lo sucedido había sido culpa del cambio climático y, por tanto, de la mano del ser humano. Con el paso del tiempo la historia quedó en un simple recuerdo…
…lo que nunca supieron es que en la otra mitad del mundo había un niño provocando el aleteo de una mariposa.
Protagonista con dolor de muelas.
No se nos cae un pelo sin que la ciencia intervenga. Vivimos protagonizando una película de ciencia ficción donde las decisiones y las acciones en todos los campos de nuestra vida están conducidas por la tecnología. Anestesiados por nuestros roles y conductas repetidas aprendemos que todo debe ser más rápido, más corto, más finito, más chico y punto. Como este microrrelato, que lo escribo con mi celular que me abre al mundo, mientras espero mi turno en el dentista.
Corazón defectuoso
Corazón defectuoso
El Doctor había logrado fabricar un corazón artificial. Pronto las enfermedades coronarias se pudieron solucionar trasplantando el corazón humano por máquinas sincronizadas y aceitadas.
Los primeros llamados de atención fueron algunas reacciones equívocas e inesperadas. Entonces, los científicos, crearon un corazón nuevo cuya única falla fue un sentimiento de desolación que tiñó a la humanidad de melancolía…
Han pasado ya muchos años, yo he decidido no hacerme la operación. Otros se han sumado. Los líderes del mundo nos miran con recelo, nos persiguen, porque ya se sabe: para ellos siempre será más fácil dominar corazones tristes que rebeldes.
Rutina
“¿Qué es la ciencia?”, te preguntas, mientras carga el sistema operativo de tu ordenador.
“¿Qué es la ciencia?”, tecleas, cuando comienza a sonar el teléfono en el salón.
“¿Qué es la ciencia?”, resuena una voz robótica en tu cuarto, a la vez que enciendes las luces del pasillo.
“¿Qué es la ciencia?”, subtitulan en la televisión, antes de que tu hermano se quite los auriculares, y señale el teléfono.
Descuelgas. “¿Qué es la ciencia?”, susurra una voz.
Vuelves a tu cuarto, y observas la pantalla de tu ordenador, sorprendido.
Miras al teléfono, y respondes: “La ciencia… la ciencia, eres tú.”
El cristalero
Mi cristalero, Vicente, me anunció, compungido, que el fin del mundo estaba muy cerca; que lo supo por el pastor, Don Remigio. Y acto seguido dejó a un lado la herramienta y se marchó. El día siguiente, al reanudar su tarea, me confesó, algo nervioso: «ya vio usted el día infernal que hizo ayer; un verdadero diluvio. Sin duda, se suspendió todo por el mal tiempo.
Complicidad
Dos abuelos pasean en un benigno invierno que anticipa el cambio climático.
—Sabes qué dice mi nieto —comenta Andrés—, que se pueden convertir imágenes de dos dimensiones en tres para que el cerebro las vea, con un programa de… «sofvare» o algo así.
—El mío —contesta Fermín— dice que las células cancerígenas, con un invento reciente, no matan (… ¿o no mutan?) y se puede acabar con ellas.
Intercambian un gesto de fingido escepticismo. Andrés añade con displicencia:
—Cosas de niños… imaginación…
—Pero… ¿Si fuera cierto? —apunta enigmático Fermín.
— ¡Dichosos nietos! —exclama Andrés— Cuantas invenciones más tendremos que escucharles.
Planeta agua
En un apelo a la utopía aspiran a encontrar una respuesta a qué soy. Contradictoria y misteriosa.
Siento que no encuentro mi sitio y, simultáneamente me adapto de manera inexplicable en donde estoy.
Y cuando creen que me han atrapado, compactado y enfrascado, me sublimo entre vuelos y me vuelvo inconmovible.
Evolución (2016)
Todo comenzó, así que cerró los ojos. A cada minuto su nueva forma se elaboraba, un tenue color amarillo comenzaba a apoderarse de su cuerpo, subía por sus pies hasta cubrirlo completamente, lo seccionaron y tajaron en cientos de partes, un leve calor se posó sobre él, y así miles de puntos negros se distribuyeron en cada lienzo ámbar. El plástico me asfixia, ya no necesito respirar, haré más que eso. También estaba la opción de digitalizarme, pero era costosa, además es mejor leer en físico. Aunque otros prefirieron transfigurar en algoritmos.
Conciencia planetaria
Han pasado semanas y el agua sigue agotándose, seres inconscientes, caprichosos y ahora desdichados, que contribuimos al desgarro de la capa de ozono, la contaminación del aire y el derroche… no encontramos la manera, el mundo volcado en costosas investigaciones, sin tiempo, a contrarreloj, pues la tecnología tampoco puede pararlo, nosotros, seres insaciables, corrompidos y ahora malditos pudimos pararlo, pero no quisimos, ahora es tarde, el tiempo corre… Han pasado semanas y el agua sigue agotándose… Un planeta superpoblado, sin recursos y azorado que se rinde, se ha cansado y nos deja, pues ya no queda agua.
Lugares con mágicos secretos
Lugares especiales que alguien desconocido ha elegido para ser morada de las maravillas del Arte, que en el pasado han permanecido ocultas, olvidadas, maltratadas en algún inhóspito lugar. Lugares con mágicos guardianes, que con mágicas llaves custodian lo que saben que no puede ser revelado hasta que estemos preparados. La sabiduría de nuestro pasado y la esperanza de nuestro futuro se encuentran en estos mágicos lugares, llamados Museos del Arte y Bibliotecas del Pensamiento, a la espera del glorioso día en el que, ese alguien, pueda descifrar y transmitir su verdadero secreto a una humanidad preparada para avanzar.
La gota de agua perdida
La gota de agua que va al río, desemboca en la mar oceánica, una isla de verdes palmeras, un coco cae sin previo aviso, soy un náufrago entre la arena, a lo lejos diviso un barco de guerra con humo negro en su chimenea, ni aviso, no quiero que me rescate una máquina de matar, me tumbo junto al cangrejo ermitaño, mi isla bonita emerge soberana en la inmensidad del océano, de mar al río, de perdida gota.
Ciencia básica
Universidad de Roma, frio, lluvia y paraguas por doquier. En el laboratorio, cuatro entomólogos se inclinan sobre una caja de cristal y sacan uno a uno diminutos ejemplares de Laparocerus, hieráticos y plácidos sobre etiquetas de hace más de cien años. Tongas de separatas, armarios sellados con las colecciones, olor atenuado a creosota, microscopios y lupas encendidas. Un ventanal con luz de día y una cálida, intensa y cómplice discusión científica. Hasta que apareció Enzo Collonelli en pantalón corto, sandalias con calcetines y su cara de felicidad extrema. Levitando. En su mano, una nueva especie. La Ciencia estaba de fiesta.
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