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De gambas y manglares

6 de Febrero de 2015
Ese montón de gambas en el supermercado ha atraído mi atención. Me acerco sigilosamente. Las de Palamós, esas rojas y gordas, pueden llegar a 200 euros el kilo. Las gambas son caras, o sea que no me voy a hacer ilusiones, no vaya a ser que me vaya de vacío. Vaya. Sólo 6 Euros el kilo.

No puede ser. Deben de estar pochas o pasadas…vuelvo a la semana siguiente, no me he llegado a fiar de las gambas que vi hace unos días. Tan baratas…ahora están a 7.20 euros el kilo, y a la semana siguiente a 6.80. O sea que de verdad son baratas…pero ¿Cómo es posible? Si vienen de Brasil, o de Ecuador, o de Bangladesh…eso está muy lejos. Mi cabeza no es capaz de concebir cuál es el beneficio real de unas gambas tan baratas, pero, todavía peor, no es capaz de captar qué proceso han sufrido para llegar a tan buen precio.

El negocio de la gamba cultivada ha hecho que se pase de tener granjas que producían una tonelada al año a extensas piscinas que producen más de 90.000. La media anual de crecimiento desde los ’90 hasta principios del 2000 es de un 54% en todo el mundo, habiendo países que han llegado a hacer crecer el negocio en determinados años hasta un 90% anual como Ecuador. Como es lógico, una producción tan elevada ha de tener consecuencias para el ambiente. ¿Dónde metemos tantas piscinas para hacer camaroneo? El manglar y sus alrededores son un lugar ideal. Ahí las aguas del océano y los ríos confluyen en un intrincado y maravilloso puzle que combina tierra firme con meandros de agua dulce y salobre. Es uno de los ecosistemas más ricos del planeta, conquistado por unos arbustos que han logrado tolerar aguas mixtas donde la salinidad puede cambiar en cuestión de horas por las mareas. Y está desapareciendo. Es el caso de Myanmar, un país que apostó muy fuerte por la cultura del camarón y en el que el paisaje ha cambiado por completo en demasiados lugares. O en Ecuador, por dar otro ejemplo, donde se calcula que un 94% del sistema manglar está afectado o ha desaparecido por completo.

Se suponía que esta producción de gambas (y otros productos de acuicultura) iba a dar sustento a los países más desfavorecidos, generando proteína que podría alimentar a la población. Pero, aparte del hecho de que ha transformado el paisaje en muchos lugares, erosionando los manglares hasta límites indescriptibles, más del 90% de la producción va a Europa, Japón, Estados Unidos y Canadá. No hay retorno para las poblaciones locales, que ven cómo su modo de vida y el ecosistema que los alimenta se ha transformado de forma brusca y sin sentido.

La llamada “blue revolution” (que viene a ser un equivalente de la “green revolution” en tierra pero en el mar y los ríos o lagos con la acuicultura) prometió un desarrollo que haría menguar la presión sobre los caladeros de pesca de nuestros mares. La acuicultura (del camarón, del salmón, de la dorada, de los mejillones y de un sinfín de otras especies) ha pasado de 2.5 millones de toneladas en 1970 a más de 66 millones en 2012 según datos de la FAO de 2014. Es un crecimiento muy considerable, pero se ha hecho a costa de una serie de ecosistemas, como el manglar, que van desapareciendo. Y con su desaparición, se borra del mapa no solo un entorno, un paisaje, una complejidad, sino un modelo de vida, unas costumbres, un contacto con la naturaleza que viene a empobrecer más el planeta.

Cuando volvamos a comprar gambas y las veamos tan baratas, intentemos, como con otros productos, informarnos bien de cómo y de dónde surgen. Nos vamos a llevar una sorpresa. Porque en nuestra lontananza quizás nuestros pensamientos y la justicia que debería acompañar la adquisición de un producto así se halle dormida, indiferente, pero la de aquellos que van a ganarse la vida en el manglar esta despierta y en pie de guerra.

 

ACERCA DEL AUTOR

Sergio Rossi
Científico, publica libros para niños, ecothrillers, ensayos críticos y numerosos artículos científicos en revistas especializadas y de divulgación en diarios y revistas como El País, Público, Quercus, Muy Interesante y Jot Down.
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