Todos, sin excepción, se burlaron cuando les dije que el mar me amaba. Había ido a la playa a recoger conchas, opérculos y caracolas. Mientras contemplaba ensimismado el horizonte un enorme corazón de espuma, perfectamente definido, se plasmó sobre la superficie de la fina línea por unos instantes. El recuerdo de esa imagen proyectó la actual trayectoria de mi vida. Ahora, veinte años después, soy oceanógrafo. Mi especialidad es la biología marina. Científicamente considero que cuando era niño pude ver a lo lejos la exhalación de una ballena barbada por sus espiráculos. Íntimamente sigo creyendo que el mar me ama.