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El sustento de la paremia
Nessun dorma
El sonido incesante del reloj indicaba que quedaba tiempo, poco; pero quizá lo suficiente para dar con el enigma que resolviera aquella catástrofe natural. Los restos que aún albergaban vida se almacenaban en una pequeña nevera portátil. El hedor que cubría el espacio hacía cada vez más difícil respirar. Era inevitable que ella no descubriera lo ocurrido. En un pequeño bloc de notas magnético, unido a lo que hasta ahora había sido el frigorífico, se sucedían recelosas fórmulas tachadas. El sonido del timbre anunció su llegada. Sus palabras fueron contundentes: “A ese zumo de naranja ya no le quedan vitaminas”.
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El sustento de la paremia
Nessun dorma
El sonido incesante del reloj indicaba que quedaba tiempo, poco; pero quizá lo suficiente para dar con el enigma que resolviera aquella catástrofe natural. Los restos que aún albergaban vida se almacenaban en una pequeña nevera portátil. El hedor que cubría el espacio hacía cada vez más difícil respirar. Era inevitable que ella no descubriera lo ocurrido. En un pequeño bloc de notas magnético, unido a lo que hasta ahora había sido el frigorífico, se sucedían recelosas fórmulas tachadas. El sonido del timbre anunció su llegada. Sus palabras fueron contundentes: “A ese zumo de naranja ya no le quedan vitaminas”.
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El sustento de la paremia
El sonido incesante del reloj indicaba que quedaba tiempo, poco; pero quizá lo suficiente para dar con el enigma que resolviera aquella catástrofe natural. Los restos que aún albergaban vida se almacenaban en una pequeña nevera portátil. El hedor que cubría el espacio hacía cada vez más difícil respirar. Era inevitable que ella no descubriera lo ocurrido. En un pequeño bloc de notas magnético, unido a lo que hasta ahora había sido el frigorífico, se sucedían recelosas fórmulas tachadas. El sonido del timbre anunció su llegada. Sus palabras fueron contundentes: “A ese zumo de naranja ya no le quedan vitaminas”.
Nessun dorma
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Lo que puedas hacer hoy
maria.vecinaria@hotmail.com
En una mano la disolución que la convertía por fin en la Fleming de su tiempo, la que lo curaría. En la cabeza un aviso de su padre: “No dejes para mañana…”.
En la otra, llevaba su esquela.
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Lo que puedas hacer hoy
maria.vecinaria@hotmail.com
En una mano la disolución que la convertía por fin en la Fleming de su tiempo, la que lo curaría. En la cabeza un aviso de su padre: “No dejes para mañana…”.
En la otra, llevaba su esquela.
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Lo que puedas hacer hoy
En una mano la disolución que la convertía por fin en la Fleming de su tiempo, la que lo curaría. En la cabeza un aviso de su padre: “No dejes para mañana…”.
En la otra, llevaba su esquela.
maria.vecinaria@hotmail.com
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Conversaciones en 2112
idairart
–Habrá que intentarlo mañana, en otro sitio. No hemos conseguido traer nada, no hay agua, el pozo está seco y vacío.
–Como los cerebros de quienes no creían en el cambio climático.
–No empieces a contarnos batallitas de tu juventud, abuela, dentro de poco sale el sol y tenemos que bajar al sótano a protegernos.
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Conversaciones en 2112
idairart
–Habrá que intentarlo mañana, en otro sitio. No hemos conseguido traer nada, no hay agua, el pozo está seco y vacío.
–Como los cerebros de quienes no creían en el cambio climático.
–No empieces a contarnos batallitas de tu juventud, abuela, dentro de poco sale el sol y tenemos que bajar al sótano a protegernos.
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Conversaciones en 2112
–Habrá que intentarlo mañana, en otro sitio. No hemos conseguido traer nada, no hay agua, el pozo está seco y vacío.
–Como los cerebros de quienes no creían en el cambio climático.
–No empieces a contarnos batallitas de tu juventud, abuela, dentro de poco sale el sol y tenemos que bajar al sótano a protegernos.
idairart
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Fases lunares
ramclasac
No fue la censura de movimientos lo que me paralizó, ni la creciente claridad lunar en aquella noche fatídica e indeleble. Fue la desesperanza en el ingenio que atesora tu nombre: Ciencia. En un alarde de renovación, menguaste toda estela de desesperación. Me distes entretenimiento en momentos de reposo. Me proveíste de voz bajo el tacto de unas teclas amoldadas en la más incuestionable fidelidad. Me procuraste de ánimo para desplazarme hacia nuevos propósitos. Sin querer darme cuenta, me revertiste hacia un nuevo ciclo.
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Fases lunares
ramclasac
No fue la censura de movimientos lo que me paralizó, ni la creciente claridad lunar en aquella noche fatídica e indeleble. Fue la desesperanza en el ingenio que atesora tu nombre: Ciencia. En un alarde de renovación, menguaste toda estela de desesperación. Me distes entretenimiento en momentos de reposo. Me proveíste de voz bajo el tacto de unas teclas amoldadas en la más incuestionable fidelidad. Me procuraste de ánimo para desplazarme hacia nuevos propósitos. Sin querer darme cuenta, me revertiste hacia un nuevo ciclo.
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Fases lunares
No fue la censura de movimientos lo que me paralizó, ni la creciente claridad lunar en aquella noche fatídica e indeleble. Fue la desesperanza en el ingenio que atesora tu nombre: Ciencia. En un alarde de renovación, menguaste toda estela de desesperación. Me distes entretenimiento en momentos de reposo. Me proveíste de voz bajo el tacto de unas teclas amoldadas en la más incuestionable fidelidad. Me procuraste de ánimo para desplazarme hacia nuevos propósitos. Sin querer darme cuenta, me revertiste hacia un nuevo ciclo.
ramclasac
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¡Eureka!
mvanarasi
Es sabido que a finales del año 1904, Albert Einstein se hallaba enfrascado en su famosa teoría de la relatividad sin alcanzar éxito alguno. Las fuerzas gravitatorias tiraban de cuanto lo rodeaba, el pobre Albert se enfrascaba en sus miles de números y no se enteraba de nada.
Estaba a punto de darse por vencido y emborracharse con cerveza cuando los cinco hijos de su criada entraron en su laboratorio. El estropicio fue tan enorme que Albert juró, blasfemó y ordenó que salieran echando leches y dejaran el laboratorio vacío.
Un minuto más tarde, gritó: ¡Eureka!
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¡Eureka!
mvanarasi
Es sabido que a finales del año 1904, Albert Einstein se hallaba enfrascado en su famosa teoría de la relatividad sin alcanzar éxito alguno. Las fuerzas gravitatorias tiraban de cuanto lo rodeaba, el pobre Albert se enfrascaba en sus miles de números y no se enteraba de nada.
Estaba a punto de darse por vencido y emborracharse con cerveza cuando los cinco hijos de su criada entraron en su laboratorio. El estropicio fue tan enorme que Albert juró, blasfemó y ordenó que salieran echando leches y dejaran el laboratorio vacío.
Un minuto más tarde, gritó: ¡Eureka!
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¡Eureka!
Es sabido que a finales del año 1904, Albert Einstein se hallaba enfrascado en su famosa teoría de la relatividad sin alcanzar éxito alguno. Las fuerzas gravitatorias tiraban de cuanto lo rodeaba, el pobre Albert se enfrascaba en sus miles de números y no se enteraba de nada.
Estaba a punto de darse por vencido y emborracharse con cerveza cuando los cinco hijos de su criada entraron en su laboratorio. El estropicio fue tan enorme que Albert juró, blasfemó y ordenó que salieran echando leches y dejaran el laboratorio vacío.
Un minuto más tarde, gritó: ¡Eureka!
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La flor.
claudiasauces
Mariela tiene ya ochenta años recién cumplidos y va en silla de ruedas. Agradece cada día a los avances científicos el poder ir al parque con su nieta. Disfruta viéndola crecer y jugar con otros niños. La observa sonriente mientras corre a llevarle una pequeña margarita que ha encontrado en el suelo.
-¡Elena! ¡Esa flor no es de verdad! -ríe su amiga observando la flor de plástico.
-¡A mi me gusta! -sonríe dando un golpecito en las pequeñas prótesis de sus piernas que le permiten correr y jugar- ¡La flor es de verdad, tan solo es diferente!
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La flor.
claudiasauces
Mariela tiene ya ochenta años recién cumplidos y va en silla de ruedas. Agradece cada día a los avances científicos el poder ir al parque con su nieta. Disfruta viéndola crecer y jugar con otros niños. La observa sonriente mientras corre a llevarle una pequeña margarita que ha encontrado en el suelo.
-¡Elena! ¡Esa flor no es de verdad! -ríe su amiga observando la flor de plástico.
-¡A mi me gusta! -sonríe dando un golpecito en las pequeñas prótesis de sus piernas que le permiten correr y jugar- ¡La flor es de verdad, tan solo es diferente!
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La flor.
Mariela tiene ya ochenta años recién cumplidos y va en silla de ruedas. Agradece cada día a los avances científicos el poder ir al parque con su nieta. Disfruta viéndola crecer y jugar con otros niños. La observa sonriente mientras corre a llevarle una pequeña margarita que ha encontrado en el suelo.
-¡Elena! ¡Esa flor no es de verdad! -ríe su amiga observando la flor de plástico.
-¡A mi me gusta! -sonríe dando un golpecito en las pequeñas prótesis de sus piernas que le permiten correr y jugar- ¡La flor es de verdad, tan solo es diferente!
claudiasauces
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Pantallas.
claudiasauces
Estrella se ha creado una cuenta de Skype a sus ochenta y seis años. Siempre ha visto innecesarias las pantallas y la tecnología pero ahora parece haber cambiado de opinión. Aislada en su casa, a Estrella le había llegado la noticia de que su bisnieto Juan acababa de nacer. Cada tarde enciende aquel aparato que su nieta olvidó en su piso y le narra un cuento al pequeño Juan, que ya parece reconocer su voz. Estrella sonríe al ordenador, admitiendo para sus adentros que mostrando la diminuta cara sonrojada de su nieto, las pantallas no le parecen tan malas.
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Pantallas.
claudiasauces
Estrella se ha creado una cuenta de Skype a sus ochenta y seis años. Siempre ha visto innecesarias las pantallas y la tecnología pero ahora parece haber cambiado de opinión. Aislada en su casa, a Estrella le había llegado la noticia de que su bisnieto Juan acababa de nacer. Cada tarde enciende aquel aparato que su nieta olvidó en su piso y le narra un cuento al pequeño Juan, que ya parece reconocer su voz. Estrella sonríe al ordenador, admitiendo para sus adentros que mostrando la diminuta cara sonrojada de su nieto, las pantallas no le parecen tan malas.
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Pantallas.
Estrella se ha creado una cuenta de Skype a sus ochenta y seis años. Siempre ha visto innecesarias las pantallas y la tecnología pero ahora parece haber cambiado de opinión. Aislada en su casa, a Estrella le había llegado la noticia de que su bisnieto Juan acababa de nacer. Cada tarde enciende aquel aparato que su nieta olvidó en su piso y le narra un cuento al pequeño Juan, que ya parece reconocer su voz. Estrella sonríe al ordenador, admitiendo para sus adentros que mostrando la diminuta cara sonrojada de su nieto, las pantallas no le parecen tan malas.
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El sueño de Valeria.
claudiasauces
“Volar” fue la respuesta de la pequeña Valeria que tantas risas y burlas provocó a sus compañeros cuando su profesor le preguntó aquél día por su mayor sueño. “Recuerda avisarme y volaremos juntos” le sonrió entonces él silenciando las mofas a sus espaldas. Su apoyo fue fundamental para que Valeria no perdiera la esperanza tras agitar los brazos día tras día comprobando que no conseguía elevarse, quizás por eso, años más tarde, decidió regalarle a su antiguo profesor aquel billete en su primer vuelo como piloto de avión.
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El sueño de Valeria.
claudiasauces
“Volar” fue la respuesta de la pequeña Valeria que tantas risas y burlas provocó a sus compañeros cuando su profesor le preguntó aquél día por su mayor sueño. “Recuerda avisarme y volaremos juntos” le sonrió entonces él silenciando las mofas a sus espaldas. Su apoyo fue fundamental para que Valeria no perdiera la esperanza tras agitar los brazos día tras día comprobando que no conseguía elevarse, quizás por eso, años más tarde, decidió regalarle a su antiguo profesor aquel billete en su primer vuelo como piloto de avión.
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El sueño de Valeria.
“Volar” fue la respuesta de la pequeña Valeria que tantas risas y burlas provocó a sus compañeros cuando su profesor le preguntó aquél día por su mayor sueño. “Recuerda avisarme y volaremos juntos” le sonrió entonces él silenciando las mofas a sus espaldas. Su apoyo fue fundamental para que Valeria no perdiera la esperanza tras agitar los brazos día tras día comprobando que no conseguía elevarse, quizás por eso, años más tarde, decidió regalarle a su antiguo profesor aquel billete en su primer vuelo como piloto de avión.
claudiasauces
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Travesura en la selva
Maria Villegas
Un aldeano caminaba por una vereda. Un ruido lo hizo detenerse, volteando con sigilo, vio una hermosa cebra blanca. El hombre relajándose, reacomodo su carga, miro de nuevo a donde estaba el animal para verla por última vez antes de retomar su camino. Su sorpresa no tuvo limite. Aun en el mismo sitio, ahora era completamente negra. Una sensación de miedo lo hizo huir rápidamente.
La cebra hizo una mueca parecida a una sonrisa y pensó: “Es divertido ver la cara de los hombres cuando cambio mi aspecto”.
Había aprendido a jugar con la luz.
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Travesura en la selva
Maria Villegas
Un aldeano caminaba por una vereda. Un ruido lo hizo detenerse, volteando con sigilo, vio una hermosa cebra blanca. El hombre relajándose, reacomodo su carga, miro de nuevo a donde estaba el animal para verla por última vez antes de retomar su camino. Su sorpresa no tuvo limite. Aun en el mismo sitio, ahora era completamente negra. Una sensación de miedo lo hizo huir rápidamente.
La cebra hizo una mueca parecida a una sonrisa y pensó: “Es divertido ver la cara de los hombres cuando cambio mi aspecto”.
Había aprendido a jugar con la luz.
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Travesura en la selva
Un aldeano caminaba por una vereda. Un ruido lo hizo detenerse, volteando con sigilo, vio una hermosa cebra blanca. El hombre relajándose, reacomodo su carga, miro de nuevo a donde estaba el animal para verla por última vez antes de retomar su camino. Su sorpresa no tuvo limite. Aun en el mismo sitio, ahora era completamente negra. Una sensación de miedo lo hizo huir rápidamente.
La cebra hizo una mueca parecida a una sonrisa y pensó: “Es divertido ver la cara de los hombres cuando cambio mi aspecto”.
Había aprendido a jugar con la luz.
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