Frederick, de linaje casi extinto, observó la galaxia inhóspita y descendió. Transformaba los componentes de la atmósfera en oxígeno mediante un aerosol -atomizador iónico, según los científicos terrestres- cuyo contenido pronto acabaría.
Miró los ríos: al fin y al cabo, no eran más que acopios de agua, principio de vida que casi desconocía; pero desprovistos del odioso plástico, componían caldos primitivos de seres microscópicos.
Quedaba, pues, muy poco antes de desaparecer.
Sus pulmones se convirtieron en chícharos. Los microorganismos, no siendo más que un pusilánime conjunto de células, rieron.
Era el quinto humano transgénico que enviaba la tierra aquella semana.