La sequía, un desafío para el planeta

La sequía es una anomalía climática que provoca que la disponibilidad de agua se sitúe por debajo de lo habitual. Esta avanza de forma lenta y progresiva. Y su gravedad se hace patente cuando ya se está inmersa en ella y se comienzan a sufrir sus devastadores efectos. Y, por si fuera poco, ahora, el cambio climático está abocando al planeta hacia un escenario en el que estos episodios serán más recurrentes e intensos.

Los periodos de sequía se han sucedido a lo largo de millones de años en nuestro planeta. Si bien esto es cierto, también se ha de reconocer que el clima está cambiando como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero y el calentamiento global. Desde el año 2000, el número y la duración de las sequías se ha incrementado en un 29%.

Estas alternaciones en los modelos climáticos suponen que el riesgo de que se produzcan eventos climáticos extremos – como la sequía – es todavía mayor. Datos que se vuelven a poner de relieve en el último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC).

Patrones estacionales inestables, subida de las temperaturas y disminución de las precipitaciones son factores que, combinados, están provocando un riesgo cada vez mayor de déficit de agua. Porque cada pequeño aumento de la temperatura global repercute en los ecosistemas, en la disponibilidad de agua y alimentos, y con ello, por supuesto, también en la salud de una forma catastrófica.

Estamos en camino de alcanzar las peores de las previsiones. Lejos va a quedar el Acuerdo de París que pactaba un aumento de la temperatura de 1,5 °C como máximo. Nos encaminamos a superar los 2 °C, lo que supondrá un escenario en el que, cada año, tendremos, de media, unos cuatro meses de sequía. Y la reiteración de estos episodios implicarán un agotamiento significativo de los volúmenes almacenados en los embalses y de los niveles de agua subterránea, con el impacto socioeconómico y ambiental que esto conlleva.

¿Qué es la sequía? 

Antes de abordar las causas y consecuencias de la sequía, es importante conocer qué es este fenómeno. El Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITERD) define sequía como una anomalía transitoria, más o menos prolongada, caracterizada por un periodo de tiempo con valores de las precipitaciones inferiores a los normales en el área. Como consecuencia, durante ese periodo de tiempo, no es posible abastecer las necesidades de los animales, plantas o personas que habitan en esa zona.

La península ibérica es una de las regiones europeas más vulnerables a la sequía. Según el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, el estrés hídrico y la aridez se extienden ya por más de 365.000 kilómetros cuadrados en España. Además, las previsiones ya apuntan que para el año 2050 las sequías puedan afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial y 216 millones de personas se vean obligadas a emigrar.

Causas y consecuencias 

Un territorio puede verse afectado por la sequía debido a múltiples causas. La principal es, sin duda, la falta de precipitaciones. En esto, el ser humano, a través de sus acciones, también ha de sentirse responsable de que estos acontecimientos meteorológicos sean cada vez más frecuentes e intensos.

Las consecuencias de la sequía varían en función de su ubicación, duración e intensidad, pero todas ellas repercuten negativamente en la salud no solo de las personas sino también de los ecosistemas.

Tipos de sequía

Existen cuatro tipos de sequía: la meteorológica, la hidrológica, la agrícola y la socioeconómica. La primera suele ser el origen de las otras tres y cada una se diferencia por el espacio que se ve afectado en nuestra sociedad. Por ejemplo, pueden tener un impacto directo en el abastecimiento humano, en los cultivos o en la economía.

Sequía, aridez y escasez

Para tener todo el mapa visual en torno a la sequía debemos también diferenciar entre esta, la escasez de agua y la aridez.

Por ejemplo, la sequía se da cuando se extiende un episodio de ausencia de lluvias en un determinado tiempo. Esta puede, a su vez, provocar escasez de agua cuando los recursos hídricos disponibles no son suficientes para satisfacer las demandas de consumo.

Y, por otro lado, la falta de agua puede provocar aridez, que se produce cuando la proporción de evaporación y condensación de la humedad ambiental excede a la precipitación pluvial. Esta depende principalmente de las circunstancias climáticas permanentes de una zona concreta.