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Los tentáculos de China se extienden sin misericordia

26 de Junio de 2014
Un viaje por Laos demuestra las terribles consecuencias que tiene en el Medio Ambiente de otros países el rápido desarrollo chino.

¿Es el desarrollo económico algo positivo, o algo negativo? A priori, esta parece una pregunta estúpida. Pero en el norte de Laos, junto a la frontera con China, no lo es. Aunque quizá sea mejor plantear la cuestión de otra forma: ¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar por ese desarrollo? La triste respuesta, a juzgar por las heridas que muestra allí la antaño exuberante naturaleza, es que la factura resulta muy abultada. Y que a muchos no les importa abonarla.

No nos hemos adentrado ni siquiera cinco kilómetros en territorio del hermano pequeño de la antigua Indochina francesa y ya son evidentes las consecuencias de los alargados tentáculos de la expansión china, un proceso que está provocando una profunda transformación en todo el sudeste asiático. Hemos dejado atrás la estupa dorada que sirve de frontera entre ambos países comunistas, y lo que antes era una frondosa jungla es ahora un interminable campo de cenizas. Los campesinos han talado los árboles, se los han vendido a las empresas madereras chinas, y ahora queman la tierra para preparar la plantación de monocultivos que van matando la diversidad del ecosistema.

Muchos de ellos se muestran satisfechos porque, a cambio, ahora tienen teléfonos móviles inteligentes ‘Made in China’, antenas parabólicas con las que pueden disfrutar de los partidos del Mundial de Brasil, y casas de hormigón. Desde ese punto de vista, la llegada de China ha sido muy beneficiosa. No obstante, las 2.600 concesiones de tierras que el gobierno laosiano ha firmado con empresas de diferentes países, que explotan 1,1 millones de hectáreas -más que la superficie destinada al cultivo del arroz, la base de la dieta del país-, pueden terminar convirtiéndose, como advierten ya diferentes ONG medioambientales, en un lento y doloroso suicidio.

De momento, lo doloroso es recorrer un territorio que ha cambiado de forma radical desde la primera vez que lo visité, en 2001. Es cierto que las carreteras han mejorado. No en vano, de lo contrario sería imposible la circulación de todos los camiones que llegan de China cargados de productos y que vuelven repletos de materias primas. Y es cierto también que la población tiene ahora muchos más bienes materiales: tractores, televisores, motocicletas, y un largo etcétera de todo tipo de aparatos.

El problema está en que muchos han dejado sus tierras para ganar -relativamente poco- dinero rápido, y que, cuando la cuenta llegue a cero, sus posibilidades de volver a ganarse la vida serán mucho menores que antes. Por no mencionar las de sus hijos, que cuando crezcan se enfrentarán a lo que los ecologistas denominan como un desierto verde: gigantescas extensiones de plantaciones de árbol de caucho o de palma que sólo sirven para la industria. No para llenar el estómago. Mientras tanto, quienes sí que se han asegurado una existencia plácida para su prole son los dirigentes corruptos que se llenan los bolsillos con cada contrato.

ACERCA DEL AUTOR

Zigor Aldama
Corresponsal en Extremo Oriente con base en Shanghái. Publica numerosos artículos y reportajes en diferentes medios como El País, grupo Vocento y Ballena Blanca.
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