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La ingeniería de la naturaleza

21 de Marzo de 2018
La ilustradora Julia Rothman creció en City Island, en el Bronx de Nueva York. Allí, como todos los niños del barrio, veía los icónicos rascacielos de la ciudad reflejados en el agua. Su calle terminaba en una playa en la que, a pocos pasos de las metrópolis más conocida del mundo, podía, sin embargo, recoger y clasificar conchas, examinar la parte inferior de los cangrejos herradura y tragar agua del mar.

Ahora, convertida en una auténtica urbanita, vive en Brooklyn, muy cerca de la entrada de Prospect Park. Sus paseos diarios por el parque le han reconectado con la curiosidad que tenía de niña. Dice que esas caminatas le “mantienen cuerda” porque le permiten oler la hierba después de viajar en un vagón de metro “apretada como en una lata de sardinas”. De todo lo que ve en el parque, en una ruta cotidiana de no más de cinco kilómetros, toma anotaciones y bocetos. Y de ahí nace su nuevo libro de ilustraciones, que ahora edita en castellano Errata Naturae, al que ha llamado Cuaderno de naturaleza.

Ilustración de Julia Rothman / Errata Naturae

Los secretos y curiosidades del mundo natural que encuentra en el parque le sirven a Rothman para preguntarse por la anatomía de un pájaro, por la forma de vida de las salamandras, por la indescifrable belleza de las cortezas, o por el extraño y ordenado ciclo del agua. También ha aprendido a distinguir qué plantas son comestibles. Pero, sobre todo, y eso es lo que descubre el que observa con atención, ha comprendido que la naturaleza funciona como un sistema complejo de alta ingeniería.

Julia Rothman, que ha publicado su trabajo en medios como The New York Times o The Boston Globe, es capaz de interpretar todo un ecosistema acuático a partir del lago que tiene enfrente de casa. No hace falta ir a un bosque remoto, parece decirnos la ilustradora, para sentir el misterioso orden que la naturaleza quiere aplicar a la vida.

En ese sentido, uno de los capítulos más interesantes del libro es el que titula Mantenerse a flote, y en el que disecciona (siempre a través de un dibujo limpio y preciso) las diferentes masas de agua que podemos encontrar en el planeta. Ahí vemos, por ejemplo, la diferencia entre una bahía (un entrante ancho del mar, parcialmente rodeado de tierra), un seno (un gran entrante del océano) o una poza de marea (charcos de agua salada en la orilla rocosa que se separan del océano durante la marea baja).

Rothman, por lo tanto, no se queda en el parque. Lo que encuentra allí le permite hacer un recorrido mucho más profundo hacia las formas en las que la naturaleza aprovecha sus potencialidades para cuidar del agua. También nos muestra la morfología de una marisma (zona húmeda con plantas herbáceas pero sin árboles), de un estanque (masa de agua depositada demasiado pequeña como para que se produzcan olas significativas o variaciones de temperatura en función de la profundidad) o del lago que cada día visita (una cuenca de agua depositada más grande que un estanque).

La naturaleza, así, se nos presenta como una suerte de gran arquitecto. Y solo analizando un estanque comprendemos que su ecosistema puede clasificarse en productores (las plantas que reciben la energía del sol), consumidores (animales que se alimentan de la flora o de animales más pequeños) y descomponedores (bacterias y hongos que se alimentan de la materia orgánica).

¿Qué hay en nuestra vida ordinaria que imita, con más o menos acierto, esa ilusión de sostenibilidad? ¿Cuándo hablamos de técnica y desarrollo no estamos, de alguna manera, simulando lo que ya hemos visto previamente? ¿Qué podemos aprovechar como metodología y qué como metáfora?

La autora también analiza las partes de una medusa, que, aunque nosotros la veamos como un todo amenazador, puede dividirse en hasta siete elementos identificables (desde la umbrela, el cuerpo en forma de paraguas, hasta la gónada, los órganos reproductores que generan el esperma o los óvulos).

El libro se convierte, a veces, en un de catálogo en el que disfrutamos de una extensa tipología de conchas marinas, cangrejos o clases de algas (explicándonos, también, su compleja recolección).

Ilustración de Julia Rothman / Errata Naturae

En el ecosistema de la zona de mareas, nos dice Rothman, los pequeños cambios de elevación revelan unas enormes diferencias en la distribución de especies. Muy distinta es la zona de salpicadura (la de la superficie) de la supramareal (en la que se esconden los mejillones, por ejemplo) o la inframareal (en la que ya podríamos encontrar estrellas de mar).

La idea de la naturaleza como una guerra constante y cruel por la supervivencia se amplía. También es una red de estructuras dedicadas al apoyo mutuo, y al cuidado de los recursos más limitados. En el caso del agua, los manglares, los árboles y los humedales son un claro ejemplo. Y Julia Rothman nos recuerda que, independientemente de dónde vivas, puedes dejarte sorprender por el enigma de la singularidad. El que nos hace sentir vivos entre vagón y vagón de la ciudad que intenta domesticar nuestra mirada.

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ACERCA DEL AUTOR

Albert Lladó
Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Licenciado en Filosofía, posgrado en Periodismo de Proximidad y máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento. Ha publicado en Granta, Revista Ñ, Benzina, Quimera, Qué Leer o El Ciervo. Es director académico de la Escuela de Periodismo Cultural y docente del posgrado internacional Escrituras, en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. http://albertllado.com/periodismo/
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