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Historias del cambio

Fuentes
contra el miedo

En Kavenga, R.D. Congo, la construcción de un sistema de canalización que comunica el arroyo con la aldea reduce el riesgo de que las mujeres sean objeto de ataques sexuales.

A veces, mil metros pueden ser la distancia entre el miedo y la vida. 

Para Matenda Manudeshi lo son. Como todas las mujeres de Kavenga, una pequeña aldea en Kivu sur, en el este de República Democrática del Congo, Matenda sale cada mañana temprano de su choza para ir a buscar agua a un arroyo cercano. Para llegar allí, debe subir una pequeña cuesta de tierra, meterse en un bosque frondoso y seguir un sendero rodeado de vegetación. Pronto la luz escasea. Las hojas de las plantas son tan enormes y los árboles tan altos que el sol parece una pelota de luz lejana, que apenas alumbra. De vez en cuando, una fila de miles de hormigas rojas cruza de lado a lado el camino y hay que sortearlas de un salto para evitar sus terribles mordeduras. Un pisotón descuidado es suficiente para enfurecerlas y que claven sus mandíbulas como aguijones en los pies y las piernas. Pero a Matenda, no son las hormigas lo que le provoca terror. “En el bosque hay rebeldes y te pueden violar. Les ocurrió a varias chicas del pueblo. Se toparon con hombres armados cuando iban a la fuente y las violaron”, explica. Para Matenda encontrarse en el bosque con hombres armados tiene ese único final de guión: ser violada.

En realidad, es el guión de todo un país. Aunque algunos informes aseguran que cada hora al menos 48 mujeres son violadas en RD Congo, se trata de estimaciones y nadie sabe exactamente cuántas agresiones sexuales ocurren en el país. La antigua representante especial para violencia sexual en conflictos de las Naciones Unidas, Margot Wallström, definió a Congo como “la capital mundial de la violación” a causa de la guerra y el desgobierno. La impunidad general de los culpables ha provocado que los abusos se multipliquen y se filtren en la sociedad: ya no son sólo militares o rebeldes quienes perpetran los ataques sexuales, ahora son también vecinos, amigos, padres o hermanos.

Para Matenda encontrarse en el bosque con hombres armados tiene ese único final: ser violada.

Después de una de sus visitas a la región, Wallström subrayó especialmente la indefensión de las mujeres. “Los hombres —señaló— se sienten amenazados por la guerra y se quedan en casa, pero las mujeres deben salir a buscar agua y alimento. A menudo son las primeras en ser atacadas”.

A tiro de piedra de Kavenga, cerca de Bunyakiri, otra aldea también ha sufrido agresiones en las últimas semanas. Kutukwa Kadete es una mujer valiente, pero ella se quita mérito. Cuenta que se limita a sacar valor de la necesidad para salir cada día a cultivar el campo. “Claro que sé que los rebeldes pueden violarme, pero no tengo otra opción”, dice.

Tanto a Matenda como a Kutukwa, unos cuantos cientos de cañerías les han cambiado la vida. Como muchas eran atacadas cuando iban a buscar agua o eran sorprendidas mientras esperaban a que se llenaran los cubos, la comunidad decidió construir un sistema de canalización que comunica el arroyo con la aldea. Acción Contra el Hambre puso el dinero necesario para comprar el cemento y construir una fuente robusta.

Para Emmanuel, que se presenta como líder comunitario de Kavenga, la construcción de la fuente es el mayor cambio que ha vivido la zona en muchos años. “Últimamente sufríamos para tener agua potable. Como era peligroso para las mujeres, muchas dejaron de ir a buscar agua y enviábamos a los niños; pero cuando empezaron a atacarles a ellos también, dejaron de ir. La vida era difícil”, recuerda.

Sufríamos para tener agua potable. Como era peligroso para las mujeres, muchas dejaron de ir.

Emmanuel nos acompaña a la fuente como si fuéramos a visitar una catedral. Es una construcción de cemento en forma de pentágono incrustada en la tierra. Del centro, sale un tubo del que emana un hilo de agua transparente. Han construido una canalización en forma de cuña y un suelo de cemento para evitar que la zona se encharque. Encima del tubo, se adivina la inscripción “ACF Poolo”. 

Mientras la observamos, aparecen dos niñas y un niño con un bidón amarillo cada uno en las manos. Los tres visten ropas sucias y una de las niñas va descalza. Colocan los bidones en la fuente y miran curiosos al extranjero mientras se llenan los recipientes. No hablan una palabra de francés, pero se ríen con ganas ante cualquier broma o mueca. Cuando los bidones están llenos, los cargan a la espalda y se marchan por el lugar por donde habían venido.

Sólo entonces me decido a preguntar a Emmanuel lo que llevaba rato pensando.

—  La fuente evita que agredan a las mujeres o las niñas en el bosque.

—  Sí, ha sido un gran cambio para nosotros, dice.

—  Pero ¿qué ocurrirá si esos hombres armados vienen a buscarlas a la aldea?, pregunto.

—  Entonces no podremos hacer nada, contesta.

Autor: Xavier Aldekoa. Africa Correspondent. La Vanguardia. Miembro de Muzungu, productora social e independiente. Autor de Océano África (Editorial Península).