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La niña y la jirafa

12/09/2016 - Blog - Eva van den Berg
Recuerdo una imagen de cuando yo era pequeña. Aparezco en el zoo de Barcelona apoyada en el muro del recinto de las jirafas.
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Recuerdo una imagen de cuando yo era pequeña. Aparezco en el zoo de Barcelona apoyada en el muro del recinto de las jirafas.


La foto captura el momento en el que observo a una de ellas mientras esta estira su elegante cuello hacia mí. Aún soy capaz de revivir aquella emoción contenida, generada por ese cruce de miradas fugaz con el mundo «salvaje» más cercano al que yo podía aspirar.

Eran tiempos, (40 años atrás, ahí es nada) en que el replanteamiento conceptual de los parques zoológicos aún estaba por gestar, el mundo estaba lleno de fronteras, no existía el low cost para viajar a cuatro duros y había en la Tierra, según el informe Living Planet Report 2014 de WWF el doble de biodiversidad de la que existe hoy día.

Este verano, ese vívido instante de felicidad ha vuelto a mi mente cual magdalena de Proust. El detonante ha sido la imagen de una niña hoy súper «popu», la estadounidense Aryanna Gourdi (no iba a poner su nombre por aquello de preservar su intimidad pero la chica se publicita de forma tan descarada  que la verdad es que poco queda por preservar).

 

La joven de Utah ha publicado en su página de Facebook una serie de fotos realizadas durante un safari en África, posando al lado de las «piezas» (curiosa denominación) abatidas en el supuestamente super-awesome frenesí depredador vivido junto a su padre Eli, que a su vez promociona las hazañas de su pequeña Diana en su propia página, la cual no tiene desperdicio; al tipo las armas le ponen a 100.

Pero en el álbum de Aryanna las fotos de los animales muertos a tiros en África son solo una pequeña parte de la increíble trayectoria de esta cazadora teenager que ahora ha captado la atención de los medios por el desparpajo y entusiasmo con el que ha posado junto a una jirafa muerta. Tras el alud de críticas recibidas, la desenvuelta Ary contestó en Facebook, y traduzco textualmente  «Ok, vamos a intentar que todo el mundo lo entienda: esta jirafa era un viejo macho incapaz de reproducirse y un peligro para las demás jirafas. África sufre una sequía desde hace 30 años y la comida y el agua escasean. Al eliminar esta jirafa se garantizará la supervivencia de la especie, asegurándose de que hay suficientes recursos para sostener el resto de la manada saludable. Este macho era un peligro para los demás y proporcionará alimento a varios orfanatos y pueblos de la zona». Ah. ¡Pues gracias, maja! Realmente no habíamos comprendido nada. Pero intenta captar que nos cueste tanto: por un lado, según UICN, solo quedan 80.000 jirafas en todo el planeta (en 1998 había 140.000) y, por otro, el regodeo y el disfrute asociado a la muerte de un animal a muchos nos parece algo obsceno, y observarlo en una niña, ni te cuento.

Además del argumento del «saneo de la población», muchos cazadores alegan que su actividad también es positiva porque genera ganancias a la población local. Es cierto que los apasionados de la caza pueden llegar a pagar sumas bárbaras por matar. El tipo que abatió al león Cecil pagó alrededor de 50.000 euros por ello y otros tantos pagó, tres meses después, un acaudalado alemán por cargarse a uno de los elefantes de mayor tamaño de Zimbabue. Pero ¿realmente ese dineral revierte en la población local? Informes como el de la organización Economist at Large, titulado The $200 million question http://www.ecolarge.com/work/the-200-million-question-how-much-does-trophy-hunting-really-contribute-o-african-communities/  –la cifra anual que se estima genera la caza de trofeos en África– lo ponen en duda. Ellos calculan que apenas reciben una mínima parte de esa suma, más o menos un 3%. Por su parte, la ONG Lion Aid lo cifra en un 2%, porcentaje secundado por la organización IFAW (International Fund for Animal Welfare). La mayor parte va a parar a los bolsillos de los gobernantes y de los tour operadores.

Aunque, lamentablemente, la prohibición total de la caza tampoco es la solución para preservar la vida salvaje, como cuenta en una charla TED en Copenhague el activista anti-caza danés Mikkel Legarth, a veces la solución es peor que la enfermedad.
 Tras penalizar la caza en Botsuana, la población de leones acabó por disminuir. Los granjeros dejaron de recibir contraprestaciones económicas por cada cabeza de ganado muerta por los felinos (por cierto, un ganado que suministra carne al mercado europeo) y decidieron solventar el problema a tiro descontrolado.  Parece que la premisa a seguir es preservar la población de una especie adecuando su tamaño a lo que el territorio pueda sustentar. Pero si el territorio es cada vez más exiguo a consecuencia de las insostenibles demandas humanas… ¿qué hacemos?

La solución no es sencilla ni fácilmente consensuable, pues pone en cuestión, una vez más, un modelo de sociedad que nos lleva al colapso. Para muchos es claro que la demografía humana es uno de los principales y espinosos problemas a afrontar.  Les invito a escuchar este audio de 2 minutos de duración en el que el periodista Bill Moyers pregunta a Isaac Asimov sobre la superpoblación.

Fue en 1988, es decir hace casi 30 años, sin duda algo más que un plis-plas. Pero es que, como decía Oscar Wilde, la evolución del hombre es lenta y la injusticia humana, inmensa.

 

 

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Sobre el autor

Periodista especializa en ciencia y medio ambiente, redactora de National Geographic, colaboradora de otros medios especializados y editora de libros científicos.

 

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