¿Sabías que el calamar es el rey nocturno del mar? Lo explica Mónica F. Aceytuno, autora del Diccionario Aceytuno de Naturaleza que patrocina Fundación Aquae.

Robots, prótesis, muñecas de células vivas, peces mutantes y calaveras que te observan. Este es el inquietante panorama que recibe el espectador en las salas de +Humanos, la exposición que se presenta en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) hasta el próximo abril.

La muestra, que llega a la capital catalana coproducida por la Science Gallery del Trinity College de Dublín y el CCCB, pretende abrir un debate alrededor del futuro de nuestra especie y la sobre manipulación de los procesos biológicos a través de la tecnología. Bioingeniería, inteligencia artificial y robótica son algunos de los temas fundamentales que la artista y comisaria Cathrine Kramer, junto con un amplio equipo de asesores, despliega a través de unas sobrecogedoras propuestas que abordan preguntas de difícil respuesta: ¿Qué significa ser humano hoy? ¿Evolución o extinción? ¿Creará la bioingeniería una hueva raza de humanos? Y finalmente, ¿dónde queremos llegar?

Aunque el recorrido resulta fascinante, nos parece que la comisaria se ha excedido al reunir un conjunto de proyectos demasiado heterogéneo. Hubiera podido ser una interesante exposición de arte electrónico sobre el futuro del hombre o un conjunto de propuestas para un museo de las ciencias, pero se ha optado por una selección híbrida que sugiere la voluntad de sorprender el espectador. Una práctica habitual para Cathrine Kramer que bien sabe cómo cautivar el público. Lo demuestra The Center for Genomic Gastronomy, una iniciativa promovida por Kramer y Zach Denfield que combina exposiciones comestibles y experiencias gastronómicas a base de sushi fluorescente y degustación de smog. El proyecto fue galardonado con el Premio Especial del Público en la penúltima edición de los premios VIDA, el prestigioso concurso internacional de proyectos artísticos realizados con tecnologías y conceptos de vida artificial que hasta 2014 concedía la Fundación Telefónica de Madrid.

Sin embargo no consideramos del todo correcto ni provechoso entremezclar arte electrónico con genéricos artefactos tecnológicos, porque así se termina por adulterar las que son investigaciones artísticas bien definidas y confundir el público. Unas propuestas tan heterogénea como las que se pueden ver en +Humanos llevan el espectador no experimentado a preguntarse si lo que está observando es algo real o tan sólo una provocación artística, terminando así por recaer en lo que irónicamente Jacinto Antón definió en Sonar 2013 tecnología abracadabrante

La exposición arranca con una sección que, a través de las prótesis históricas procedentes del Science Museum de Londres o las piernas de guepardo en fibras de carbono que utilizó la atleta Aimee Mullins en los Juegos Olímpicos de Atlanta, nos acerca desde un punto de vista científico a las posibilidades amplificadas que proporcionan las nuevas tecnologías al ser humano. 

 

Piernas de guepardo en fibras de carbono de Aimee Mullins

Así que junto al Casco desacelerador de Lorenz Potthast, que permite al espectador percibir el mundo a cámara lenta, encontramos Superpoderes animales, un conjunto de prototipos de Chris Woebken y Kenichi Okada inspirados en las percepciones de los animales que -supuestamente, porque no se pueden experimentar en vivo- permiten ampliar nuestras capacidades para captar el entorno. 

 

Casco desacelerador de Lorenz Potthast 

Desafortunadamente algunas de las propuestas más interesantes desde el punto de vista artístico pasan casi desapercibidas y sacadas de contexto, como una serie de fotografías de Nina Sellars, que parecen salir de un texto de anatomía quirúrgica, mientras que en realidad documentan la performance Extra Ear de Stelarc, un pionero de la investigación sobre las capacidades aumentadas del cuerpo humano que en 2006 se implantó quirúrgicamente una oreja en el antebrazo. Nada se explica en la muestra de esta prótesis biológica, creada en laboratorio a partir de las propias células estaminales del artista y convertida en un dispositivo biológico y electrónico que permite al performer australiano conectar su cuerpo a Internet y recibir mensajes vía Bluetooth. 

 

Extra Ear de Stelarc

No nos gusta mucho la realidad aumentada y las innumerables aplicaciones que a través del recorrido pretenden ampliar de manera virtual la experiencia del espectador y su relación con el entorno. Consideramos que los poderes sensoriales de que disponemos de serie son sobrecogedores y a menudo infrautilizados, así que valoramos positivamente investigaciones como Ciborgismo de Neil Harbisson y Moon Ribas, que pretenden ampliar las posibilidades del cuerpo a través de la tecnología allá donde sea necesario. Ciborgismo es una reproducción en bronce de la cabeza de Harbisson dotada de un sensor que transforma los colores en frecuencias sonoras. Conocido por haber sido reconocido legalmente como el primer cyborg del mundo, Neil Harbisson padece desde el nacimiento de acromatopsia y ve la realidad en blanco y negro. Desde 2004 lleva instalado en su cabeza de forma permanente un ojo cibernético que le permite percibir los colores como frecuencias sonoras para compensar su afección hereditaria e irreversible. A lo largo de toda la exposición el dispositivo seguirá funcionando recibiendo de forma remota los datos procedentes de la cabeza de bronce ubicada en el CCCB.

Neil Harbisson y la cabeza de bronce. ... arbisson y Moon Ribas. Foto S. Caldana

La exposición prosigue entre muñecos y brazos robóticos hasta llegar al muro de Louis-Philipper Demers, una pared de calaveras robóticas, cuyos ojos persiguen el visitante allá donde vaya, amplificando la sensación de “recorrido inquietante”, que remite a la célebre definición Uncanny Valley (Valle inquietante), acuñada por el profesor Masahiro Mori para clasificar el malestar que las personas experimentan delante de réplicas antropomórficas demasiado parecidas al ser humano. Una sensación de incomodidad que se acentúa con los dispositivos de realidad virtual concebidos para amplificar el encuentro con los otros o los juguetes sexuales interactivos para las relaciones a distancia que magnifican el desconcierto del espectador con propuestas que van definiendo un futuro cada vez más distópico.

Quizás +Humanos tendría que haber profundizado más en la relación del hombre con el medioambiente como se propone sutilmente en el tercer apartado del recorrido, a través de proyectos como El increíble hombre menguante de Arne Hendriks, un artista de proporciones inusuales, que quiere invertir el proceso de crecimiento del ser humano. “Si se pudiera reducir el ser humano a una altura de 50 centímetros se recortarían drásticamente las necesidades energéticas”, explica Hendriks con una buena dosis de ironía. Trata de los límites éticos también The Center for PostNatural History, un centro creado por un colectivo de artistas que quiere llamar la atención sobre los organismos intencionalmente modificados por el hombre con un objetivo concreto. A través de unos antiguos auriculares de teléfono, conectados a unas tecas de cristal que encierran animales disecados y amplifican la sensación de enfrentarse a una realidad incómoda, el espectador escucha historias sobre el empleo de ratones, ranas y demás especímenes como el célebre canario rojo, el primer ejemplar de una especie obtenida mediante ingeniería genética. 

El síndrome del valle inquietante regresa en la última parte de la exposición donde el espectador se encuentra con las modificaciones corporales que Agatha Haines ha implantado en el cuerpo de cinco bebés robóticos y a las alternativas para El más allá de James Auger y Jimmy Loizeau que sugieren aprovechar el potencial químico del cuerpo convirtiéndolo en energía y almacenándolo en una pila seca. Intuimos que se trata otra vez de una provocación, por lo que aconsejamos aproximarse a +Humanos con el debido sentido crítico para situarse correctamente en la delgada línea que separa realidad y ficción y entender unas obras que a menudo se aprovechan del poder llamativo de la imagen. En esto son proféticas las palabras del escritor Rafael Chirbes, recientemente fallecido, que aseguraba: “…lo más sórdido se digiere en exposiciones que se presentan en las galerías más exclusivas. En las sociedades sin dioses, lo estético se vuelve indiscutible, pero, a la vez, voluble; un sucedáneo de rebeldía que agota sus fuerzas en la representación” (Por cuenta propia. Editorial Anagrama). 

 

Transfiguraciones de Agatha Haines

Roberta es periodista especializada en arte contemporáneo y nuevos medios y Stefano en cultura digital. Son autores de El Arte en la Edad del Silicio, un espacio permanente dedicado al new media art en El País.

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