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Superplantas para revertir el calentamiento global

11 de Diciembre de 2019
Superplantas para revertir el calentamiento global, Joanne Chory, cambio climático
El reto del cambio climático hace imprescindibles iniciativas como la de la botánica y experta en genética Joanne Chory, Premio Princesa de Asturias 2019, quien, a través de la manipulación genética de las raíces de las plantas, busca conseguir que más CO2 permanezca bajo el suelo y reducirlo de la atmósfera. Lo cuenta Eva van den Berg.

«El cambio climático es el mayor desafío de nuestro tiempo y ahora nos encontramos en un momento decisivo para hacer algo al respecto. Todavía estamos a tiempo de hacerle frente, pero esto requerirá un esfuerzo sin precedentes por parte de todos los sectores de la sociedad», ha afirmado la ONU recientemente en su web, subrayando la imperiosa necesidad de que en esta cumbre del clima que se celebra estos días en Madrid, la COP25, se concrete el profundo compromiso de las naciones para que las condiciones para la vida en el planeta no se deterioren aún más.

Aunque el escenario es sombrío y demasiados líderes no solo no están a la altura de las circunstancias sino que incluso niegan la existencia del problema —como es el caso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha abandonado el Acuerdo de París; del de Brasil, Jair Bolsonaro; o de Vladimir Putin, quien desde Rusia minimiza la gravedad de los hechos— cabe recordar que son muchos los hombres y mujeres que trabajan con ahínco en todo el mundo para encontrar vías para mitigar los catastróficos efectos que el calentamiento global está causando en el planeta.

Algunas iniciativas son realmente prometedoras, como la que lidera la botánica y experta en genética Joanne Chory, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2019, junto a la también botánica Sandra Myrna Díaz.

Esta mujer clarividente de 64 años estuvo no hace mucho en el auditorio del edificio de La Pedrera de Barcelona, en el marco del foro Ciencia Afterwork (organizado por la Fundación Catalunya-La Pedrera) contando su interesante proyecto, el cual se remonta a un cuarto de siglo atrás. ¿Qué se podría hacer para conseguir que una mayor cantidad de CO2 permanezca bajo el suelo y disminuir su excedente en la atmósfera?, se preguntó entonces.

En la actualidad, según señaló esta investigadora del Instituto Salk de Estudios Biológicos, en La Jolla, California, la naturaleza captura hasta 746 gigatoneladas de CO2 cada año (GtCO2, siendo una Gt = 1×109 toneladas), y reemite 727. Pero como las actividades humanas aportan otras 37 GtCO2 anuales extra, tenemos un exceso de 18 de GtCO2, detonante principal de la actual emergencia climática.

Estadounidense de padres libaneses, la botánica considera que nos hallamos ante una amenaza existencial para la supervivencia humana. «Quiero involucrarme en la búsqueda de una solución, pues tengo nietos y me preocupa en qué mundo vivirán», explicó. Ella, que sobrelleva desde 2004 un párkinson que le causa visibles movimientos involuntarios, es especialmente consciente del paso del tiempo y lo aprovecha al máximo.

«Por una parte creo que es una forma de ralentizar el progreso de la enfermedad y por otra… no hay tiempo que perder si queremos mantener el calentamiento global bajo control. Las consecuencias de tantísimas emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero son tan graves que se estima que en diez años llegaremos al punto de no retorno, en el que muchos de los problemas que ha detonado el calentamiento global no tendrán solución», recalcó.

Para Chory, el CO2 es un compuesto químico realmente interesante, digno de admiración científica, «fuente de alimento para las plantas que, mediante la fotosíntesis, lo transforman en los azúcares que les dan la energía que necesitan para vivir», explicó. A resultas de ese proceso, las plantas emiten oxígeno a la atmósfera. Y cuando los azúcares son convertidos en energía, liberan parte del CO2 absorbido, sustancia que también exhalan al morir.

Chory cree que, manipulando genéticamente las raíces de las plantas, lo que está haciendo tanto con métodos tradicionales de horticultura como con técnicas pioneras de edición genética como CRISPR, estas podrían mantener bajo el suelo hasta un 20% más de CO2. Para ello se necesitan plantas con raíces más numerosas y profundas, y que contengan mayor cantidad de un compuesto clave en este esperanzador proyecto: la suberina, un biopolímero que es el principal constituyente del corcho y que tarda mucho en descomponerse.

«La principal cualidad de la suberina es que favorece que las raíces retengan más CO2 y durante más tiempo —dijo— Además, estas plantas modificadas, dotadas de raíces más profundas y fuertes, ayudarían a frenar la erosión, otra consecuencia del aumento de las temperaturas, y mejoraría las condiciones del suelo y su capacidad de producción».

El proyecto que lidera Joanne Chory se llama Ideal Plants y ya está en fase de experimentación. Chory y su equipo han usado como especie modelo la planta herbácea Arabdosis thaliana, que es en el mundo vegetal lo que la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) en el de los animales: un modelo muy bien conocido a nivel genético de gran utilidad en los laboratorios. Con Arabdosis sp. los resultados están siendo muy prometedores y Chory cree que esa modificación genética podría hacerse con cualquier planta de cultivo.

A día de hoy, el Instituto Salk está realizando ya pruebas de campo con nueve cultivos agrícolas con especies de trigo, soja, maíz y algodón. Cuando estos prototipos estén listos, lo que se estima tardará unos cinco años, podrían empezar a plantarse en todo el planeta. La iniciativa «puede aplicarse a escala global, es iterativa, distributiva, no necesita nuevas infraestructuras y puede ser monitorizada a escala planetaria», afirmó.

Y es barata, pues reducir una tonelada de CO2 costaría solo unos 10$. Con estas plantas dotadas de grandes raíces se podrían reducir de aquí a diez años nada menos que hasta ocho GtCO2, casi la mitad de lo que deberíamos eliminar.

Gran parte del proyecto que Chory dirige desde el Instituto Salk está siendo financiado con fondos privados, como los donados por el mecenas Howard Newman, miembro de la junta de Salk y veterano inversor en los sectores del petróleo y el gas, que impulsó el proyecto en junio pasado con una donación de 2 millones de dólares. O la subvención de TED, que les dio 35 millones de dólares para apoyar el plan.

Además, Chory ha recibido un premio de 3 millones de dólares (el Breakthrough en Ciencias de la Vida) por descubrir cómo las plantas optimizan su crecimiento, desarrollo y estructura celular para transformar la luz solar en energía química. Un dinero que se está invirtiendo en esta grandísima idea que podría revertir en gran medida el calentamiento global, una misión que debemos llevar a cabo no solo por nosotros, sino en especial por nuestros descendientes.

Y es que, como decía Jonas Salk, virólogo que desarrolló la vacuna contra la polio y fundador de este pionero instituto de investigación donde Chory trabaja desde hace tantísimos años, «nuestra mayor responsabilidad es ser buenos antepasados». En eso deberían concentrarse todos los participantes de la COP25 y por supuesto cada uno de nosotros.

ACERCA DEL AUTOR

Eva van den Berg
Redactora y editora de secciones para la edición española del National Geographic. Guionista y documentalista.

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