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Romper los pasillos de cristal para que las niñas se acerquen a las STEAM

16 de Enero de 2020
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Mientras que las mujeres sufrimos muchas veces en el ámbito profesional de los denominados techos de cristal (o incluso a veces de hormigón armado), nuestras niñas se enfrentan a pasillos de cristal que las encaminan a cursar determinados estudios bajo la falsa premisa de libertad de elección. Esto sucede con algunas titulaciones STEAM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería, Arte, Matemáticas), como pueden ser las ingenierías.

Según la Comisión Europea, en 2018 la presencia de las mujeres en las carreras STEAM empeoró: de cada 1.000 mujeres licenciadas, únicamente 24 lo fueron en el ámbito de las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación), de las cuales solo 6 trabajarán finalmente en el sector. Y en España la cosa no está mejor, donde destaca la evolución (mejor dicho, involución) en la carrera de informática: en el primer año del que se tienen datos (curso 1985-86) se matricularon un 31% de mujeres. En el 2016-17 la cosa ya había caído al 11,9%.

¿Y qué ha pasado por el camino? Que esos pasillos de cristal que no vemos a simple vista han actuado sin piedad. Para analizar las causas, seguimos con las metáforas. Hay otra que se usa frecuentemente para hablar de la falta de presencia femenina en ese ámbito: la tubería que gotea (leaky pipeline) con muchos agujeros por donde vamos desapareciendo a lo largo de nuestro recorrido vital, hasta que llegada la etapa profesional, nos hemos evaporado casi del todo. Recorramos algunos de los agujeros más grandes:

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Fuente: Women in STEM Decadal Plan

Agujero 1: la confianza. En una investigación publicada en 2017 en la revista Science, se preguntaba a niños y niñas si, cuando se les hablaba de una persona especialmente inteligente, creían que era de su género o del contrario. Cuando tenían cinco años, no se observaban diferencias: los niños escogían hombres y las niñas escogían mujeres en un 75% de las veces. Sin embargo, a partir de los seis, mientras que ellos seguían escogiendo hombres como «muy, muy listos» en un 65% de las veces, ellas solo seleccionaron su propio género en un 48% de las ocasiones.

Seguimos avanzando y llegamos a los 12 años. Según la OCDE, las alumnas tienden a sufrir un mayor sentimiento de ansiedad con las matemáticas, incluso las que tienen mejor rendimiento académico. Tanto es así, que una investigación demostró que si pones un examen de matemáticas idéntico a estudiantes de esa edad, uno bajo el encabezado “Geometría” y otro bajo el nombre “Dibujo”, ellas obtienen mejores calificaciones en el de “Dibujo”.

En la universidad la cosa no cambia. En 2003, se hizo un estudio para ver el impacto de la percepción de las mujeres sobre su propia capacidad. Dieron a estudiantes masculinos y femeninos un cuestionario sobre el razonamiento científico. Antes de la prueba, calificaron sus propias habilidades científicas. Las mujeres, en una escala de 1 a 10, se pusieron un promedio de 6.5 mientras que los hombres, un 7.6. Cuando se trató de evaluar cómo habían respondido las preguntas, las mujeres pensaban que habían acertado 5.8 de cada 10 preguntas; los hombres, 7.1. ¿Y cuál fue el resultado real? Su promedio fue casi el mismo: ellas obtuvieron 7,5 de cada 10 y ellos 7,9. Es decir, ellas subestiman su rendimiento porque piensan que su capacidad de razonamiento científico es menor.

Y cuando llegamos a la etapa profesional, el agujero persiste (no solo por el síndrome de la impostora). Un análisis que hizo la empresa tecnológica Hewlett-Packard mostró que las mujeres solicitaban una promoción interna solo cuando creían que cumplían con el 100% de las condiciones enumeradas para el puesto. Los hombres se postulaban con un 60%.

Agujero 2: los estereotipos asociados a carreras científico-tecnológicas. El experimento «dibuja a una persona científica» con niños y niñas, arrojaba que en los años 60 y 70, menos de un 1% dibujaba mujeres. En 2016 ya hablamos de un 34% (y más del 50% si miramos solo los dibujos de las niñas). Pero normalmente esos dibujos corresponden a la imagen estereotipada de científico loco y asocial, cosa que no quieren ser nuestras niñas. Y aquí tiene mucha influencia la imagen que se proyecta en series, películas, juguetes, etc. Basta con mirar los personajes de The Big Bang Theory, donde hay una doble transmisión de estereotipos: ellos son brillantes pero frikis y ellas o son guapas y tontitas o inteligentes y frikis. A esto se le junta lo mal que solemos explicar en qué consisten los estudios STEAM y a qué se podrán dedicar en un futuro en el ámbito laboral con esta formación.

Agujero 3: el entorno cercano. Christia Spears Brown, autora del libro Crianza más allá del rosa o el azul, analizó cómo familiares y profesorado tienden a atribuir las buenas notas en el colegio al esfuerzo de las niñas pero a la habilidad natural en el caso de los niños (“qué trabajadora eres” vs. “qué listo eres”). A esto se le suma el efecto Pigmalión o la profecía autocumplida. Este efecto se refiere a que las expectativas que tenemos sobre el rendimiento de una persona le incitan a actuar conforme a dichas expectativas. Es decir, las esperanzas que tengan docentes, familiares y la sociedad en general inciden en el desempeño de nuestras niñas. Por ejemplo, si una persona cercana piensa que voy a obtener muy buenas calificaciones, esto elevará mi autoestima y me incitará a trabajar para conseguir los resultados que se esperan de mí. Pero lo mismo sucede en sentido inverso: efecto Pigmalión negativo, también conocido como el efecto Golem, que hace que la autoestima disminuya. Si en casa decimos que a las niñas no se les van a dar bien las matemáticas, se produce un bloqueo en ellas. Además, en el entorno familiar, en muchas ocasiones se ve con preocupación que escojan determinadas carreras porque piensan que se van a encontrar un entorno hostil, estarán solas, bajo una lupa… y no queremos que sufran.

Agujero 4: la falta de referentes femeninos. Como la astronauta Sally Ride dijo en una ocasión: “no puedes ser lo que no puedes ver”. Un estudio realizado por Microsoft entre 11.500 niñas de toda Europa establece que las que tienen modelos femeninos -ya sea en el ámbito familiar, educativo o a través de los medios de comunicación, la literatura o el cine- muestran un índice de interés en materias STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería, Matemáticas) de un 41% frente al 26% de las que no conocen ejemplos de mujeres. Dentro de esta misma ecuación, la ficción tiene también un papel fundamental. Así lo demuestra el efecto Scully, análisis del Geena Davis Institute on Gender in Media, que muestra que el 63% de las mujeres que hoy se dedican a la ciencia y que tenían alrededor de 12 años cuando se estrenó Expediente X, aseguran que el personaje de Dana Scully les dijo que ellas también podían hacerlo.

Agujero 5: los sesgos. Años de “programación” cultural son difíciles de desprogramar, así que hay muchos sesgos inconscientes que se nos cuelan a todas las personas. De hecho, se van contagiando con la edad (así lo veo en las aulas). Este año he usado el acertijo de la eminencia médica en dos ocasiones: con niñas de 11 años, las cuales lo resolvieron en menos de cinco segundos, y con alumnado universitario de 20 años: aquí la mayoría fueron incapaces de dar con la respuesta e incluso una de las alumnas me dijo que ella había fallado y su madre es médica.

Como vemos, no se trata de un único factor o agujero (si fuera así, lo taparíamos y asunto arreglado). Es un problema multicausal y donde los agujeros se acumulan, no siendo en ocasiones la suma de varios, sino que se combinan generando nuevos muy difíciles de detectar. Pero como le escuché en una ocasión a Cintia Refojo, no hay que arreglar a las niñas (ellas no están estropeadas), sino arreglar el entorno que les rodea. Rompamos esos pasillos de cristal para que realmente decidan en libertad lo que quieren ser de mayores.

ACERCA DEL AUTOR

Lorena Fernández Álvarez
Divulgadora científica con perspectiva de género. Directora de identidad digital de la Universidad de Deusto, miembro del grupo experto de la Comisión Europea Gendered Innovations y mentora de programas STEAM, que buscan el fomento de la vocación científico-tecnológica entre las niñas. También es jurado del Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga.

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