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Nuestra relación con el mundo

4 de Abril de 2016
Cuando tenía yo algo más de veinte años, cayó en mis manos el libro «La Tierra en juego. Ecología y consciencia» (1992), del entonces vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore.

Muchas fueron las cosas que, al leerlo, me llamaron la atención. Sin embargo, hubo una en especial que nada tenía que ver con la ecología. Contaba un experimento realizado a mediados del siglo xx por el psicoanalista Erik Erikson en el que el investigador, tras repartir piezas de un juego de construcción entre un grupo de niñas y niños de entre 10 y 12 años, pudo comprobar lo siguiente: mientras que las niñas daban prioridad al espacio interno y central, erigiendo espacios cerrados y compartimentados protegidos por vallas, los niños construían hacia fuera, alejándose del centro para enfatizar el espacio exterior, a menudo levantado altas torres que solían derrumbar para, de forma inmediata, levantar otras de nuevo. Sin ánimo de analizar esas distintas formas de «construcción del mundo» desde el punto de vista del género, sí sirve como reflexión sobre cómo los humanos se relacionan con su entorno inmediato.

Si una cosa parecemos tener clara es que somos la guinda de la creación: nos hemos proclamado una y otra vez, desde los albores de la especie humana, capaces de realizar las mayores gestas del universo conocido –artísticas, tecnológicas, científicas–, de ser los especímenes más listos y, por ende, de ser superiores a todo bicho existente. Pero ¿cómo se mide esa superioridad? ¿Somos «los mejores» porque tenemos mayor capacidad intelectual, por tener consciencia de nosotros mismo, por saber inventar, aprender y utilizar estructuras lingüísticas complejas? Según el diccionario, «mejor» es un adjetivo comparativo de «bueno» y significa ser «superior a otra cosa en bondad y que la excede en una cualidad natural o moral» y también «Ser preferible o más conveniente».

No hay ninguna pretensión en estas líneas de despreciar nuestros logros como seres humanos. Pero llegados a este convulso siglo xxi parece que nuestra inmensa capacidad tecnológica ha adelantado y con preeminencia a nuestro talento más humanista, ese que sí encaja con la definición citada del diccionario. Por el camino nos hemos olvidado de consolidar lo que definitivamente nos hace mejores o superiores –como más guste– que, por ejemplo, las bacterias, las hormigas, las abejas, los pájaros, los delfines o los bonobos: nuestras infinitas aptitudes y conocimientos para construir, conscientemente, un mundo mejor para todos, un mundo en que humanos y no humanos podamos desarrollar una vida digna en este planeta,  el único con vida conocido a día de hoy.

Sin embargo, en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a ese estimulante desafío para el cual tenemos todos los medios y conocimientos a nuestro alcance, (un reto que, de ser realmente tan «humanos» como decimos ser, debería ser el mayor reto a nivel planetario), dedicamos ingentes cantidades de recursos y a muchas de las mejores mentes pensantes a pensar que haremos «el día después», qué haremos cuando ya lo hayamos destrozado casi todo. Todavía funcionamos con el chip colonizador, estamos posesos por un espíritu depredador. ¿Qué nos cargamos el modelo climático natural? ¡No pasa nada! Para eso está, entre otras ideas made in human, la geoingeniería. Podríamos lanzar al mar una flota de barcos que disparen al cielo agua marina para crear nubes que reflejen la luz solar, enfríen el planeta y ayuden a contener el cambio climático.. O introducir aerosoles estratosféricos que rocíen la atmósfera para reducir la radiación solar, incluso agregar al océano nutrientes que generen un crecimiento intensivo del fitoplancton (ese mismo fotoplancton que estamos poniendo en declive) para que sea capaz de absorber más C02. Tampoco hay que dramatizar si ciertas zonas de la Tierra, de seguir con el aumento de temperatura estimado, se tornan invivibles, porque en otras partes se estará mucho mejor, sin tanto hielo y tanto frio…¡incluso se abrirán nuevas rutas comerciales y acudirán más turistas! ¿Qué los mares están sobreexplotados y peligrosamente contaminados con químicos y miles de toneladas de plástico? Bueno, nos queda aún toda una zona en el océano por explorar, la franja abisal, parece que allí podremos extraer comida para alimentar a un regimiento, dicen algunos mientras muchos científicos tiemblan.

Todo indica que estamos entrenados a buscar siempre la mejor «postsolución», a curar antes que prevenir. A remediar, antes que gestionar. Como especie somos aun una pandilla de teenagers en plena fiesta rave. Incluso frente al peligro real de que a medio o corto plazo provoquemos una hecatombe, ni así optamos por un plan de manejo sosegado y sostenible, un  plan para cuidar de esta fantástica casa planetaria que nos ha tocado en suerte.

¡Qué va! Si por una de estas realmente la civilización se halla a las puertas de la extinción, siempre habrá nuevos planetas para colonizar, que para eso se esta invirtiendo tanto en la exploración de Marte (incluso hay una iniciativa privada, Mars One, que tiene previsto financiar su gesta con la venta de derechos de transmisión de un reality show). Si todo va «bien», hacia el 2030 habrá ya la primera troupe de humanos expatriados de la Tierra. Y es que si algo tenemos los de nuestra especie es siempre nos las hemos arreglado para salir adelante, ¿no? Bueno, al menos unos cuantos. Pero en fin, hay tanta gente en el mundo… Qué le vamos a hacer…Nunca llueve al gusto de todos.

«Las plantas añorarían seguramente la música de Beethoven y muchas especies nos agradecerían haber dejado los puentes, otra de las maravillas creadas por el ser humano. Ahora bien, ¿la Tierra en su conjunto nos echaría en falta? Habría que poner en una balanza la destrucción y la creación causada por el hombre […] Prefiero dejar esa cuestión en el aire.»

Alan Weisman, autor de El mundo sin nosotros

Foto cabecera: Chris Jordan – Midway.

ACERCA DEL AUTOR

Eva van den Berg
Redactora y editora de secciones para la edición española del National Geographic. Guionista y documentalista.
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