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La lección de Kioto

19 de Febrero de 2015
El planeta no tiene quien lo avale. Porque al fin y al cabo, eso es lo que pretendía ser el Protocolo de Kioto: un aval, el compromiso firme de la comunidad internacional para hacer frente al desafío del cambio climático mediante la firma de un contrato con las generaciones futuras.

En 1997, con la firma del famoso documento estábamos asumiendo una responsabilidad con las siguientes generaciones de humanos. Mirad chicos –les veníamos a decir- es cierto que hemos hecho las cosas mal, es verdad que nunca debimos basar nuestro modelo de desarrollo en la quema masiva de combustibles fósiles, ahora sabemos que se trató de un error, pero nos comprometemos a enmendarlo.

Y para ello decidimos sumar los esfuerzos de los países más desarrollados proponiéndoles la firma de un contrato de reducción de emisiones de gases con efecto invernadero. Para establecer una meta en ese objetivo de reducción era necesario partir de una cifra base: el nivel de emisiones globales en 1990. Esa era la cifra a recortar, esa era la hipoteca. El aval consistía en que los países que encabezaban la lista de principales emisores asumiesen una cantidad mínima a restar: el 55% de lo que se emitió en 1990. La cosa consistía en ir pasando por taquilla y aportar compromisos país a país: venga va yo me comprometo a un 10%, a mí apúntame un 7%, yo solo puedo un 2%. El mecanismo parecía fácil ¿verdad? Pues resultó no serlo.

Y no lo fue porque el país que encabezaba de manera destacada la lista de emisiones de CO2 (principal gas con efecto invernadero) dijo que no pasaría por taquilla: que no avalaba. Los Estados Unidos del presidente George W. Bush emitían un 25% del total mundial, y se retiraron de las conversaciones a la primera de cambio. Fue un mazazo. Pero aún quedaba el 75% restante para llegar al 55% necesario.

El 16 de febrero de 2005 Rusia, hace exactamente 10 años, la Rusia del primer mandato del presidente Putin, que ocupaba el segundo lugar en el listado con un 17,4 % de las emisiones mundiales de CO2, anunció al mundo que firmaba Kioto. Milagro (pensamos muchos). Éxito sin precedentes: no tenemos a los americanos pero por lo menos han firmado los rusos. Lo recuerdo con total exactitud porque en aquellas mismas fechas estaba escribiendo un libro sobre el cambio climático cuya entrega pedí retrasar para ver en que quedaba la anunciada firma. Y sí: firmó, y así lo escribí, alabando la responsabilidad del gobierno de Vladimir Putin. Lo que no me dio a tiempo a escribir fue cómo sucedió todo y cómo acabó la historia de Kioto tras esa primera firma.

Porque Rusia no firmó el protocolo climático por un arrebato de responsabilidad ambiental. Ni mucho menos. Lo cierto es que Rusia avaló Kioto a cambio de ser admitida en la Organización Mundial de Comercio, la OMC: una vieja aspiración jamás atendida por la comunidad internacional. Y además a la primera ocasión que tuvo, en la Cumbre de Qatar de 2012, cuando se propuso extender la validez de ese aval hasta 2020, retiró su firma sumándose a la deserción de Japón y Canadá.

Esa es la historia del desdichado y malogrado Protocolo de Kyoto, y esa es la lección que debemos aprender de cara a próximos acuerdos. La de que los compromisos con el futuro del planeta no se negocian ni se pactan a cambio de nada. Que no podemos esperar más, que ha llegado el momento de la verdad y que debemos dejarnos de acuerdos voluntarios y pasar a las obligaciones.

De ahora en adelante el objetivo internacional para mitigar el calentamiento global no puede basarse en adhesiones interesadas sino que se deberá ir acompañado de un calendario de reducción de emisiones serio, ambicioso e irrevocable que deberá ser cumplido por cada parte por ley y con la amenaza de sanciones.

Algo que debería empezar a ocurrir a partir de la próxima Cumbre de París de diciembre de este año, a la que asistiremos con un Presidente Obama dispuesto a liderar una nueva época de la humanidad en la lucha contra el cambio climático, y una Unión Europea que va a presentar los deberes hechos (la UE de los quince ha cumplido ampliamente con el compromiso de Kioto de reducir un 8% sus emisiones) y que por lo tanto tendrá la suficiente autoridad moral para llamar al orden a los desertores de Kioto y ofrecerse como ejemplo a seguir ante el nuevo gigante de las emisiones de CO2, quien decidirá hacia donde caminamos de aquí en adelante: China.

ACERCA DEL AUTOR

José Luis Gallego
Divulgador ambiental, naturalista y escritor. Colaborador habitual de TVE, TV3, La Vanguardia y Onda Cero. http://www.ecogallego.com/
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