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La dificultad de emprender en el sector cultural español

Incluso antes de que empezara a repetirse ese mantra-consejo de atajar la crisis económica, y sus cifras de desempleo, buscando la oportunidad de emprender, ¿era ya el sueño de todo artista tener un espacio propio, para autogestionarlo y donde programar a gusto? ¿Es viable económicamente emprender en España en el sector cultural, uno de los más abatidos por la crisis, que no obstante supone el 2,5% del PIB, según el Anuario de Estadísticas Culturales del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte?

Las pymes, aquellas empresas que no sobrepasan los 250 empleados, crean 7 de cada 10 empleos en España, y no faltan entre ellas compañías de naturaleza cultural: productoras teatrales, de cine, sellos discográficos, galerías de arte… No viven, eso sí, tiempos fáciles: según la Fundación Alternativas, la asistencia de los españoles a cines, teatros, librerías y tiendas de discos cayó un 27,7% entre 2008 y 2014, y en ese periodo cerraron más de 4.000 empresas culturales. Aunque, según el Anuario de Estadísticas Culturales 2016, las cifras repuntaron algo en 2015, ese año nos gastamos por cabeza 260,4 euros en libros, cines, teatros o música. Algo más que el año anterior (que fueron 260,1 euros), pero lejos de los datos de 2009, cuando invertimos una media de 372 euros.

Las pymes culturales son compañías que comparten los obstáculos habituales de las pymes, entre los que figuran, según el Barómetro Europeo de la Empresa Familiar, dificultades fiscales o la excesiva burocracia administrativa. Y además, en terreno cultural se extrema la dificultad de encontrar financiación, pues el mercado es limitado, si bien es cierto que las nuevas tecnologías están ampliando los horizontes de este campo, abriendo posibilidades en el streaming de cine y música, o eliminando fronteras geográficas en la promoción y comunicación de proyectos culturales.

Precariedad laboral


En lo referente al empleo, en 2015 se emplearon en el sector cultural 515.000 personas (un 2,9% del trabajo total generado en España). Pero esta industria tiene, eso sí, un hándicap, y es que a la inestabilidad propia de los autónomos se añade lo intrínsecamente efímeros que suelen ser los trabajos de este sector: muchos se crean para un servicio, por ejemplo para poner en pie una obra de teatro, y duran lo que ésta dure en cartel… Y es difícil que eso sean más de dos años. También en el cine la cosa es precaria: actores a los que se da de alta en la Seguridad solo por uno o dos días (el tiempo que dure el rodaje del filme), labores técnicas en la misma situación (técnicos de iluminación, sonido, scripts, jefes de producción, directores de fotografía…). La cosa no mejora en la música: giras de conciertos de pocas semanas, grabaciones de discos que se resuelven en pocas semanas… Todo ello, claro, con consecuencias en bajas y permisos por enfermedad o maternidad, cómputo de meses cobrando el paro o la jubilación. Con frecuencia, además, han de crearse las obras autofinanciándose, sin garantías de venta de esas creaciones.

Por ilustrarlo en cifras, según el último informe sobre la situación sociolaboral de actores y bailarines en España emitido por AISGE (su principal sociedad de gestión de derechos), un 57% de este colectivo no tiene trabajo. Además, solo el 8% cobra más de 12.000 euros al año, y el 32% gana menos de 600 euros al mes. Y esta intermitencia imposibilita que se cumplan los años cotizados exigidos por las normas generales. Las trabajadoras de la cultura no tienen la posibilidad de garantizar una prestación por riesgo de embarazo con la legislación vigente. Esta intermitencia también imposibilita la Representatividad Sindical.

Para paliar esta realidad, se ha creado en el Congreso, tras décadas de reivindicaciones (en especial de la Unión de Actores), una subcomisión, dentro de la Comisión de Cultura, para elaborar un Estatuto del Artista como el que rige en países como Francia. Por delante, el grupo tiene todo un año de comparecencias de expertos, antes de redactar el texto estatutario.

Fuerte localización


Domina a los cultural además una fuerza centrípeta en Madrid y Barcelona, conformando un tejido empresarial muy localizado en las grandes ciudades. Por ejemplo, en FAETEDA (la Federación Estatal de Asociaciones de Empresas de Teatro y Danza), hay registradas casi 400 empresas, y las grandes se ubican, en general, en Barcelona y Madrid, y las pymes en provincias. Todo ello tiene unas exigencias económicas en traslados, dietas, competencia de programación...

También juegan en contra de la constitución y el mantenimiento de las pymes culturales las aportaciones públicas. En los Presupuestos Generales del Estado, éstas se han reducido un 0,7%, hasta 801 millones, aunque la cultura sigue suponiendo el 0,2% de la dotación presupuestaria total. El presupuesto contó con 1.050 millones en 2011, se fue precipitando hasta los 721,21 millones de 2013, y había vuelto a subir en 2015, con un aumento del 7,2%, hasta 803 millones. La misma línea restrictiva rige en autonomías y municipalidades. El recientemente rebajado IVA cultural, antes al 21% (y todavía en esta cifra en el cine), también ha dañado a las empresas culturales, de acuerdo con gran parte del sector.

Un desconfiado mercado del arte


En el mercado del arte, además, las pymes pagan los platos rotos de la macroecomonía, pues los intercambios se han hecho globales y se ha creado una desconfianza basada en la posible existencia de una burbuja de precios en las obras, y se ha acentuado la brecha entre los blue chips –valores seguros, estables, sin fluctuaciones de precios–, y los menos conocidos. Según datos de Artprice del año pasado, unos 50.000 artistas contemporáneos vendieron obras en subastas de todo el mundo, pero entre un centenar de ellos acapararon el 68% de las ventas. Y sólo tres, Jean-Michel Basquiat, Christopher Wool y Jeff Koons, se llevaron el 18% de los ingresos mundiales en arte contemporáneo.

La presencia española en el mercado mundial sigue siendo minúscula. Apenas un 1% del conjunto de ventas, pese a que hay artistas españoles muy solicitados, como Picasso a la cabeza, Miró, Dalí o Gris, aunque entre los nombres contemporáneos, apenas tres nombres (Juan Muñoz, Miquel Barceló y Lita Cabellut) figuran entre los 500 que más han vendido entre julio de 1914 y julio de 1915.

Competir con los grandes


Las pymes culturales han de competir, además, con grandes firmas, cosa particularmente agresiva en el sector editorial y en la música. Al arrancar el siglo XXI surgió en España una nueva hornada de editoriales independientes, como Libros del Asteroide, Sexto Piso, Alpha Decay, Periférica, Nórdica… Sin embargo, como en muchos países europeos, su volumen de venta es muy inferior al de los grandes sellos que operan en nuestro país e Iberoamérica. La industria editorial española mueve anualmente unos 4.000 millones de euros (el 0,7% del PIB), pero se concentra en un pequeño número de grandes editoriales (fundamentalmente, Penguin Random House y Grupo Planeta), que acumulan la mayor parte de la cifra de negocio y ofrece la mayoría de los títulos en las librerías.

En la industria musical, se han multiplicado los pequeños sellos que se encaran a las grandes discográficas, como alternativa a artistas que no encaja en ellas y no quieren recurrir a la autoedición. Según el informe de la Federación Internacional de la Industria Discográfica (IFPI), el mercado musical en España para 2015 estaba dominado por Universal, con el 33,68%; seguido por Warner con 26,73% y Sony, con 25,23%. Las otras discográficas con participación en el mercado son Discmedi; Concert Musica, Nuba Records, Pep’s Music, pero ninguna sobrepasa el 3%.