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La casa domótica

Con su habitual ternura acaba de recordarme que esta mañana tengo cita con la doctora. Si no comienzo ya a vestirme, en cinco minutos me lo repetirá, ya en tono más imperioso. Desde que enviudé no me apetece salir a la calle, ni quedar con los pocos amigos aún vivos. Aunque parezca absurdo, confieso que me eleva el ánimo seguir escuchando a diario la voz de mi Edelmira. Hasta tal punto que si cierro los ojos durante unos segundos, casi consigo olvidar que se trata de una máquina.

Joaquín Valls Arnau