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Historias del cambio

Por una ciencia accesible

Cristina Balbás busca democratizar el acceso a la ciencia como innovadora, cofundadora y directora de un proyecto social. Desde Escuelab, Cristina trabaja cada día para que, de una manera práctica e interactiva, niños entre 4 y 14 años se interesen por esta rama del saber.

La misión fundacional de Escuelab es democratizar el acceso a una educación científica práctica e interactiva, desterrar mitos sobre los investigadores e incentivar el desarrollo de vocaciones científicas entre los escolares de entre 4 y 14 años. Para ello, hemos desarrollado una metodología propia basada en el concepto de “aprender haciendo”, que pone al niño en el centro de su propio aprendizaje al plantearle la resolución de retos científicos. Implementamos esta metodología en el ámbito de la educación no formal: talleres, clubes de ciencia extraescolares y campamentos científicos.

Nuestro trabajo se basa en cuatro valores clave: pasión por la educación, materiales de calidad, rigor científico, y accesibilidad de la ciencia. Además, nos centramos especialmente en niños en riesgo de exclusión social, ya sea por motivos socioeconómicos o por padecer algún tipo de discapacidad. Tenemos un programa de becas que permite a estos colectivos participar de manera gratuita en nuestras actividades.

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Cristina Balbás, fundadora de Escuelab

 Nuestra razón de ser

Este proyecto responde al marcado descenso en vocaciones científicas que está experimentando España en los últimos años. Los datos demuestran que la comprensión pública de la ciencia en España es de las más bajas de Europa (Fundación BBVA, 2012).

La población activa será incapaz de cubrir la demanda de profesionales en ámbitos científico-tecnológicos.

Pese a esto, las numerosas iniciativas para cambiar esta realidad comienzan a dar sus frutos. De hecho, los conocimientos concretos sobre temas científicos entre las personas con formación superior universitaria y los jóvenes de 15-24 años han aumentado un 20% desde 2006 (FECYT, 2015). Sin embargo, el mismo estudio de “Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2014” señala que más de la mitad de la población no sabe cómo se aplica el método científico para probar la eficiencia de los medicamentos. De ahí se deriva que un 25% de la población considera que prácticas como la homeopatía se encuadran dentro de las disciplinas científicas.

Esta realidad no sólo implica que muchos ciudadanos españoles se encuentran pobremente equipados para participar activamente en una sociedad cada vez más vinculada a los avances en ciencia y tecnología, sino también que, en un momento en el que España lucha por mejorar la competitividad de su sistema económico, la población activa será incapaz de cubrir el crecimiento de la demanda de profesionales en ámbitos científico-tecnológicos, que se estima cuadriplicará el resto de ámbitos en 2020 (European Commission, 2012).

De hecho, entre 2003 y 2012 el porcentaje de estudiantes de niveles universitarios que optó por cursar estudios de grado o postgrado en ámbitos relacionados con la ciencia y la tecnología disminuyó casi en 5 puntos porcentuales (Eurostat, 2013). Para comenzar a revertir esta tendencia, hay que examinar los motivos subyacentes.

Por qué no estudiamos ciencia en España

Las raíces de esta falta generalizada de cultura y vocaciones científicas se sitúan en los niveles educativos preuniversitarios.

El interés hacia la ciencia y la tecnología en edades tempranas marcará su enfoque profesional.

La escolarización obligatoria entre los 6 y los 16 años constituye el período mínimo de formación que reciben todos los estudiantes en España. Existen varios factores que determinan la elección de vocación profesional. Es indudable que el interés y la actitud hacia la ciencia y la tecnología que desarrollen los alumnos en edades tempranas marcará su enfoque profesional y vital. Está demostrado que la actitud de los estudiantes hacia el estudio de materias científico-tecnológicas se encuentra ya definida a la edad de 14 años (Archer et al. 2010). De hecho, los alumnos ya tienen una opinión concreta sobre si elegir una profesión científico-tecnológica es factible para ellos a los 9 años (Joyce y Farenga, 1999). Por esta razón, las intervenciones de Escuelab se centran en alumnos de 4-14 años.

Promoviendo vocaciones científicas

Nuestro enfoque atesora otros corolarios positivos que se concretan en ventajas añadidas derivadas de nuestras intervenciones. Para empezar, existen estudios que indican que las experiencias positivas de educación no formal e informal durante la educación primaria y secundaria contribuyen al fomento de vocaciones. Joyce y Farenga realizaron un estudio con 111 estudiantes de entre 9 y 13 años en el que descubrieron una relación directa y significativa entre el disfrute de experiencias relacionadas con la ciencia y las probabilidades de que los estudiantes continuaran optando por cursar asignaturas científico-tecnológicas (1999).

Por su parte, en un estudio con más de 1000 niños irlandeses a los 8 y 11 años, Murphy y Beggs descubrieron que el cambio negativo de actitud hacia la ciencia entre los primeros y últimos años de educación primaria se debe al carácter teórico y conceptual de la asignatura, que elimina el componente del disfrute de sus clases (2003). En ese estudio, los niños declararon que los factores que más les hacían disfrutar de sus clases de ciencias incluían la realización de experimentos.

Sin embargo, no debemos confundir el disfrute con el entretenimiento. De hecho, centrar las experiencias científicas únicamente en el entretenimiento puede resultar contraproducente y no incidir significativamente en el número de vocaciones científico-tecnológicas (Dewitt et al., 2013). Habida cuenta de esto, nuestro proyecto utiliza materiales pedagógicos diseñados específicamente para la edad objetivo que resultan visualmente atractivos sin descuidar el rigor científico de su contenido y procesos de aplicación e incluyendo un importante componente práctico y experimental.

Además del interés por las materias, existen otros factores que influyen en el desarrollo de vocaciones científico-técnicas, entre los que destacan la autoestima del alumno, el disfrute de actividades relacionadas y la influencia de los compañeros y amigos. La autoestima, entendida como la valoración que los estudiantes hacen de sí mismos y de sus capacidades, juega un papel fundamental en la elección de carrera profesional. Los estudiantes optan por carreras profesionales que creen que encajan con su forma de ser (Holland, 1985) de acuerdo a la imagen que tienen de las mismas.

Sin embargo, la visión que tienen los estudiantes sobre las profesiones relacionadas con la ciencia y la tecnología y las cualificaciones necesarias para desempeñar esos trabajos es muy limitada y restringe su capacidad de visionarse a sí mismos ejerciendo dichas profesiones (Cleaves, 2005; Dewitt et al., 2013). Por eso, en las actividades de Escuelab ponemos en contacto directo a jóvenes con formación superior científica con los niños, con el fin de establecer una relación de diálogo y confianza que permita a los alumnos identificarse con las carreras científico-tecnológicas.

También en relación con la autoestima, el concepto de autoeficacia – la confianza en la habilidad para superar situaciones específicas con éxito – se sitúa en el eje central del modelo cognitivo social del desarrollo de la carrera académico-profesional (Lent et al., 1994). Según este modelo, ampliamente apoyado por los estudios disponibles en el campo del desarrollo de vocaciones profesionales, los alumnos se interesan por aquellas actividades que consideran pueden realizar de manera competente y con resultados positivos.

De acuerdo con esto, los talleres de Escuelab tienen un carácter eminentemente práctico, permitiendo a los alumnos tomar las riendas de su aprendizaje, facilitando que superen retos e integrando los posibles errores cometidos durante las sesiones como experiencia didáctica, en claro paralelismo con el carácter progresivo y autocorrectivo del método científico. De esta manera, nuestras actividades contribuirán a la autoeficacia de los alumnos en el ámbito científico-tecnológico, eliminando prejuicios sobre sus propias aptitudes derivados de la escasez de oportunidades para conocerlas y ponerlas en práctica, como ya se ha demostrado para otras actividades educativas informales (Dorsen et al., 2006).

 


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