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El reto de la capa de ozono

15 de Septiembre de 2015
Hoy es el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono. Nos queda mucho por entender, investigar y bla, bla, bla…mi pregunta es simple ¿Por qué en Montreal conseguimos llegar a un consenso bastante rápido y con el cambio global somos incapaces de entender hacia dónde vamos con todas las evidencias que están en nuestras manos? Bueno, eso es un tema para otro post…o para varios.

El reto de la capa de ozono… o aquel momento en el que nos pusimos de acuerdo en algo a nivel global.

En 1987 estaba yo de camarero en el restaurante “La Mancha” en Montreal. Una pareja de señores mayores, ambos vestidos con mucha clase, combinado con una simpatía y “savoir faire” envidiables, venían a comer de forma asidua el menú que ofertaba el cocinero, un intento de emular la gastronomía española solo coartado por la carencia de productos adecuados. Un día vinieron algo alborotados, había una reunión en la ONU sobre algo llamado ozono que requería de una respuesta inmediata por parte de la comunidad internacional. Como yo no entendía nada, me pasaron un dossier para que me empapara del problema. Lo leí, y hasta yo (que apenas había acabado el COU) entendí que aquello podía ser muy grave.

Ozono. Esta molécula compuesta por tres átomos de oxígeno es inestable, pero gracias a ella la vida tal y como la entendemos en este planeta existe. 

El ozono se encuentra a lo largo de toda la atmósfera, pero es en la estratosfera donde se halla más concentrado. Lo encontramos entre los diez y cuarenta kilómetros de altura, estando más concentrado hacia los quince-veinte. Gracias a esas moléculas, una parte de la radiación viene absorbida y se transforma en calor. Me sorprendo al leer que nuestra vida depende de una fina capa de moléculas que, juntas, no ocuparían más de tres milímetros de espesor. El problema es que durante las últimas décadas parece que nos hemos ensañado con este compuesto, reduciendo en el mal llamado agujero de ozono esa capa de la que hablábamos de tres a un solo milímetro.

Digo mal llamado porque, afortunadamente, ni en los momentos más críticos (que los ha habido) se ha creado jamás un auténtico agujero. 

Lo que se crea es una zona donde la concentración de moléculas baja, y puede hacerlo de forma drástica. Me acuerdo de un libro de ciencia ficción en el que los protagonistas tiran gatos a zonas donde hay agujeros de ozono por diversión, viendo cómo se queman por la radiación ultravioleta. Una tontería.  Lo que no es una tontería es que, en efecto,  hay una disminución de su densidad y nos está perjudicando. En 1970 el British Antarctic Survey detectó que, en la Antártida, los datos del ozono eran preocupantes.

Científicos estadounidenses habían hecho una serie de cálculos erróneos, sobreestimando las concentraciones de este gas debido a un software defectuoso que daba “error” en caso de que se bajase de determinadas concentraciones. El problema, se insistía, era de instrumentación. Pero el BAS insistía a su vez que la concentración de la molécula en el continente blanco estaba disminuyendo de manera alarmante y que sus globos atmosféricos estaban bien calibrados. 

Del trópico a la Antártida

En los trópicos, la concentración de ozono es dee unos 250 DU (Dobson Units, del doctor Gordon Dobson que fue de los primeros en calcular gases traza en la atmósfera con métodos muy precisos), pero en la Antártida antes del declive del ozono la concentración era bastante mayor, de unos 350 DU (cada DU es unas 10μm, o sea que 350 serían unos 3.5 mm). En los peores momentos, en las primaveras australes de 1995 o 2006 llegó a ser de 100 DU. 

Saltaron las alarmas, y en 1987, tras entender que parte del problema eran los clorofluorocarbonos (moléculas de halógenos muy reactivas capaces de destruir miles de moléculas de ozono), se hizo esa cumbre que mencionaba en Montreal. 

Cumbre en Montreal

Allí se pusieron sobre la mesa datos, experimentos y conclusiones. Y se llegó a un consenso: había que eliminar el uso de determinado tipo de compuestos químicos, de lo contrario la capa de ozono iría disminuyendo y disminuyendo hasta ser un peligro global, y no sólo para los cuatro pingüinos y unas cuantas gambas de krill en la Antártida. 

Su depauperamiento influiría en la radiación UV que llegaba al planeta, pero también en el enfriamiento de las capas más altas de la atmósfera porque, como he dicho antes, el ozono calienta al ser impactado el aire. Se empezó a comprender la dinámica de la capa de ozono gracias a las imágenes por satélite y la instalación de decenas de puntos que seguían sus concentraciones gracias a globos atmosféricos, y se entendió que tiene una marcada estacionalidad, siendo sus horas más bajas las de la primavera austral. 

El fenómeno no se daba con la misma intensidad en el polo norte. Todavía no se comprende muy bien por qué, pero posiblemente sea por el mayor aislamiento de las corrientes de aire en el continente blanco, que quedan atrapadas y les es más difícil relacionarse con otras capas atmosféricas. 

Los halógenos

La cuestión es que todos los estudios indicaban (e indican) que los halógenos tenían la capacidad de oxidar el ozono en la troposfera y reaccionar con otros compuestos químicos (como el dimetil sulfuro o el mercurio volátil) de forma muy agresiva. Los halógenos se activan en parte por la radiación solar, y debido a que influyen en la estabilidad del dimetil sulfuro (DMS), responsable en parte de la formación de nubes, crean un efecto de retroalimentación positiva: más halógenos activados, menos DMS, menos nubes, más halógenos activados todavía, etc. En primavera, la cobertura de las nubes puede llegar a estar presente un 65-70% del tiempo. Cuando más falta hace su cobertura, más activos están los halógenos interfiriendo en la compleja dinámica química. Y las nubes son otro obstáculo real para la radiación ultravioleta (UV) que penetra si hay menos ozono en la atmósfera. 

Las radiaciones mas peligrosas

Esta radiación UV es de varios tipos, según su longitud de onda (corta). El espectro que abarca es de 280 a 320 nanómetros (nm). Las más peligrosas para los seres vivos son las radiaciones UVB. Si la capa de ozono es demasiado dispersa, no es capaz de captar estas radiaciones que llegan, impactan y transforman procesos metabólicos, fisiológicos, celulares y reproductores (como veremos en el siguiente apartado). Por eso hay un constante seguimiento de la capa de ozono.

En el año 2008, el “agujero de ozono” cubrió una superficie de  unos 37 millones de kilómetros cuadrados, pero en 2006 había llegado a los 39 millones de kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a Canadá, Estados Unidos y México juntos. Julian Meyer-Arnel del German Aerospace Center, uno de los mayores expertos en este tipo de fenómeno en las últimas décadas, no sabe cómo influirá el cambio climático en la ecuación. “Por el momento parece que podemos empezar a ver resultados de la restricción de clorofluorocarbonos: desde el año 2000 parece que la superficie en la que el ozono tiene menor concentración está bajando”. Se ha pasado de unos 49 millones de kilómetros cuadrados a menos de 25 y parece que el “agujero” se sigue cerrando. 

ACERCA DEL AUTOR

Sergio Rossi
Científico, publica libros para niños, ecothrillers, ensayos críticos y numerosos artículos científicos en revistas especializadas y de divulgación en diarios y revistas como El País, Público, Quercus, Muy Interesante y Jot Down.
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