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La naturaleza impasible de las Galápagos

15/07/2016 - Blog - Natalia Zelman
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Al llegar sorprende el contraste entre la aridez de la tierra volcánica y la placidez de algunas playas. Como dijo mi compañera de viaje, mi amiga Silbi, cuando los primeros exploradores hablaron de las Galápagos debieron decir algo así como: “esto es un maldito erial”.


La escasez de agua está presente en casi todos los entornos. La tierra, cuando no es temporada de lluvias, puede llegar a ser polvillo rojo o amarillo, según la composición del suelo, que se mete absolutamente por todos los resquicios. Caminar por una tierra joven, un punto caliente de la actividad volcánica planetaria, que surgió hace cinco millones de años y que sigue creciendo sin parar: una de las últimas erupciones tuvo lugar en 2009. Por otro lado, hay islas viejas, como La Española, que se están hundiendo paulatinamente en el mar.

La aventura de la especiación

En cuanto a la fauna, no me extraña que diera que pensar, tanto a Darwin como a otros, sobre la especiación. Una misma especie se acaba separando en el tiempo en varias, de manera que, como pasa con las iguanas terrestres y las marinas, aunque se crucen, sus descendientes no serán fértiles (lo mismo pasa con los mulos, cruce entre los burros y las yeguas).

Eso es, sin duda, lo que nos muestran las Galápagos: la aventura de la especiación en todo su esplendor. Las islas, separadas, muestran microcosmos de vidas similares pero, al mismo tiempo, diferentes.

La naturaleza impasible

Hay otra cosa que llama muchísimo la atención: la naturaleza impasible. Asistimos como observadores a un mundo que no muestra absolutamente ningún interés por nosotros los humanos. La mayor parte de las islas no está habitada (solo hay cuatro islas de trece con núcleos de población limitados). Así, en Islas Plaza Norte, los piqueros de patas azules anidan en mitad del sendero destinado a que los turistas puedan recorrer la pequeña isla. Una norma impone un espacio de dos metros para respetar a los animales (aunque, en el caso de los lobos marinos, es muy difícil, ocupan las playas y a veces hay que sortearlos). Los animales nos observan. Formamos parte de su paisaje cotidiano.

Los pinzones, desvergonzados, piden de comer. Está totalmente prohibido alimentar a los animales, pues eso cambia sus hábitos. Pero se ve que ya lo han hecho predecesores irresponsables y eso convierte a estos pajarillos en diminutos sinvergüenzas que lo picotean todo. Hasta tus pies, si te despistas.

Una costa con vistas

Pasar un rato en la costa te ofrece magníficas oportunidades: sin moverte, puedes contemplar a los lobos marinos jugando o descansando en la arena.



Foto de Natalia Ruiz Zelmanovitch

Te sobrevuelan los pelícanos con sus enormes alas. Los pinzones establecen sus reinados, cambiantes, según les intereses o no. De repente, en la rama de un manglar, un sinsonte o cucuve te dedica su canto, mirándote.

Contemplas cómo los piqueros de patas azules se lanzan al mar, recogiendo sus alas para ser más aerodinámicos y llegar a mayor profundidad.



Foto de Natalia Ruiz Zelmanovitch

Más allá, una iguana marina “escupe” la sal sobrante (beben agua del mar y tienen una “desalinizadora” incorporada, de manera que expulsan la sal que no necesitan).



Foto de Natalia Ruiz Zelmanovitch

Las zayapas reposan sobre la roca, al borde del agua. Te regocijas cuando, al atardecer, los cangrejos fantasma (¿qué serán esos agujeros perfectos en la arena?) salen de sus escondites, caminando de lado. Igual que los ermitaños: de golpe, parece que todas las piedras de la playa cobraran vida.

Al atardecer, de regreso, con sobredosis de belleza, unas lagartijas de lava se despiden de ti.

 

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Sobre el autor

Divulgadora científica

 

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