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Ártico y petróleo, ¿una historia con final feliz?

2 de Octubre de 2015
Buenas noticias: Shell ha abandonado su petromisión ártica tras invertir 7.000 millones de dólares en una exploración en busca de petróleo que ha culminado en un «lo dejamos estar por el momento», lo que significa algo así como, «miren, ¿saben qué? A unos 50$ el barril, el negocio no nos sale a cuenta». 

Y es que la planificación de estas misiones prospectivas se gestaron cuando el petróleo valía el doble en el mercado. Es decir, antes de que, por un lado, disminuyera la demanda debido a la crisis, y que, por otro, se organizara una timba de Risk a nivel planetario en la que, entre otras cosas que escapan a mi limitado entendimiento estratégico, el gobierno saudí asume una bajada de precios colosal e incrementa la producción para que las inversiones de países como Estados Unidos, que pretende ser energéticamente independiente, no salgan a cuenta. Y también porque ellos, potencia suní, quieren castigar a los chiítas iranís y, de paso, a los rusos, cuyo fornido presidente apoya a un colega enemigo de la petropatria, el sirio Assad. 

En fin. Hasta que todo este jaleo geopolítico se asiente, lo que según los analistas va para largo, el petróleo seguirá siendo barato, pero su extracción, lógicamente, continuará incrementando sus costes y riesgos, pues las reservas están, cada vez más, confinadas en lugares inaccesibles. Pero sin duda, la decisión de la empresa holandesa Shell también ha estado influenciada por la descomunal protesta ciudadana que suscitó el intento de perforar uno de los últimos reductos prístinos del planeta, donde se atesora una ingente cantidad de agua dulce y una rica biodiversidad.

Shell comenzó a finales de julio las perforaciones después de recibir el OK de un Obama con un pie aquí y otro allá, lo que desató un movimiento sin precedentes para salvar el Ártico. No es una exageración: unos 7 millones de personas han firmado en las distintas campañas lanzadas por las organizaciones conservacionistas, como Greenpeace, cuyos activistas se plantaron a bordo de un montón de kayaks en el puerto de Seattle para bloquear la salida del buque de prospección Polar Pioneer hacia a Alaska, con lo que consiguieron ser el foco de los medios internacionales. 

Pero también muchos accionistas de Shell cuestionaron en la junta que tuvo lugar el pasado mes de mayo en La Haya por qué debía su empresa seguir con un peligroso programa de perforación que puede causar un monumental desastre medioambiental. El 98,9 de ellos votaron a favor de que la empresa se comprometa firmemente a compatibilizar sus actividades con el compromiso de no sobrepasar el límite del calentamiento global más allá de los 2ºC.  Y eso sí que es esperanzador. Que los accionistas del mundo se movilicen en pro de una manera de mover el capital que sea acorde con los nuevos tiempos, como está pasando ya en varios lugares del planeta y que se autoproclamen inversores responsables. 

Y es que hay cosas que ya no cuelan, de verdad. Como cuando el director de finanzas de Shell dijo en esa misma junta que, «hoy por hoy, la vida moderna no sería posible sin el petróleo o el gas». Mire, míster, este estilo de vida que aun arrastramos, forzados por las circunstancias, de moderna no tiene absolutamente nada. De hecho, es lo más extemporáneo y demodé que hay. 

Muchos quisiéramos vivir de otra forma, pero los poderes fácticos se resisten, empeñados en prolongar su acumulo desatado de dineral. Pero, miren, los Rockefeller han abandonado el negocio petrolero para pasarse a las renovables y eso no es porque sean very green, claro, sino porque también la vida verdaderamente moderna puede generar un buen peculio. Así que, un poquito de por favor. «Transicionemos» de una vez e inauguraremos ese futuro en el que podríamos caber todos. Estrenemos la verdadera «vida moderna».

ACERCA DEL AUTOR

Eva van den Berg
Redactora y editora de secciones para la edición española del National Geographic. Guionista y documentalista.
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