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Tecnología para preservar la tradición nómada

29 de Agosto de 2016
La estepa mongola tiene algo tan atractivo como aterrador: el silencio. Es posible sentarse sobre la hierba y oír únicamente el soplido sereno del viento mientras la vista se pierde en el infinito.

“¡Gooooooooool!”.

El repentino grito resulta desconcertante. Llega del único ‘ger’ -la yurta tradicional de Mongolia- existente en varios kilómetros a la redonda. Es una gota blanca en un océano verde, el hogar móvil de la familia de Choijames. Como hacen millón y medio de mongoles, este hombre ha decidido vivir sin raíces, buscando en cada estación del año el mejor pasto para sus ovejas. Es la convivencia total con la naturaleza, y una existencia que el desarrollo económico ha llevado al borde de la extinción.

Pero ni Choijames ni su mujer, que trabajó durante años en Europa, han querido preservar la tradición a costa de desconectar del mundo. Saben que el nomadismo sólo sobrevivirá si resulta atractivo para las nuevas generaciones, así que han echado mano de la tecnología para que a sus hijos no les falten las ventajas que ofrece la globalización. Entre ellas la retransmisión de los partidos del Mundial de Fútbol de Brasil, que llegan hasta esta inhóspita parte del mundo gracias a una antena parabólica conectada a un televisor que, como todos los aparatos eléctricos del ger, se alimenta con la electricidad que producen dos paneles solares. Un tercero sirve para crear algo insólito en la estepa: una ducha con agua caliente.

Dentro del ger la temperatura es ideal. La tradicional vivienda nómada, forrada de alfombras y de telares y provista de una estufa central cuyo humo escapa por la apertura cenital, resulta extremadamente agradable. Y más amplia de lo que uno se imagina desde fuera. Tanto que incluso han creado dos particiones que resuelven -de forma precaria, eso sí- uno de los principales problemas de la población itinerante: la privacidad. “El mundo exterior no es mejor que el nuestro. Hemos sabido adoptar los elementos positivos del desarrollo y combinarlos con esta forma de vida, que es la conjunción perfecta con la naturaleza. Nosotros moriremos con el ger a cuestas, aunque posiblemente la próxima generación lo cambie por una vivienda de ladrillo”, explica la mujer, Oyunbileg.

En la capital, Ulán Bator, queda en evidencia que ese cambio ya se está dando. Miles de ger se amontonan en las laderas de los suburbios, donde los nómadas que quieren dejar de serlo acampan e introducen un elemento que les era totalmente ajeno: el cercado. Llegan con la esperanza de una vida de éxito sobre el asfalto, aspiran a encontrar un trabajo en el ‘boom’ de la minería, pero encuentran miseria y desesperación. Pierden la libertad, y un entusiasmo que ahora es inversamente proporcional al vodka que queda en la botella.

Curiosamente, muchos de estos ger no cuentan con las comodidades de las que disfruta la familia de Choijames, a la que conocí por primera vez en 2006. Entonces, la pequeña Nitchko sumaba apenas seis primaveras. Ahora estudia en Ulán Bator porque sus padres saben que la educación es algo que no le pueden negar, y que sólo puede recibir asentándose durante un tiempo. Pero, a pesar de que en la ciudad ha hecho grandes amistades, la cercanía de las vacaciones de verano, que pasará en la estepa con su familia, le sigue provocando gran regocijo. “Y seguiré conectada con mis amigos por el whatsapp siempre que pueda”, asegura. Es más, sus dos mejores amigas puede que consigan el permiso de sus padres para ir con ella al ger y terminar de ver la cita futbolística. “Igual hasta se aficionan a vivir yendo de un lado a otro”, se ríe la adolescente.

ACERCA DEL AUTOR

Zigor Aldama
Corresponsal en Extremo Oriente con base en Shanghái. Publica numerosos artículos y reportajes en diferentes medios como El País, grupo Vocento y Ballena Blanca.
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