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Infografías

La nieve: información básica y datos curiosos

Compartimos datos básicos sobre cómo se forma la nieve, y también curiosidades sobre los copos y las nevadas más copiosas de la historia. La nieve se forma cuando la temperatura atmosférica -y no la que sentimos nosotros- es de cero grados Celsius (o centígrados) o por debajo, y hay cierto grado de humedad. El agua que cae de las nubes se transforma en finos cristales de hielo que caen a la tierra en forma de copos que llamamos nieve.

Recuerda que estas infografías son de uso libre.

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Como la luz prestada que es la luz de la luna, parece caer la nieve con más gracia sobre las cosas que no sirven para nada, la bicicleta rota, la ropa tendida y vieja, haciéndonos ver que sólo la pobreza tiene poesía.

Por un momento, por unos días, la nieve es la riqueza de las cosas que no son nada, una piedra, que al fin es blanda; una rama oscura, casi negra, que de pronto tiene por encima una línea blanca.

De la nieve, suelo recordar lo que me contó Domingo de Mur, el que fuera guarda mayor de la Reserva Nacional de los Circos, que sucede por la noche en la montaña, por encima de los dos mil metros de altitud, cuando las perdices nivales se juntan en parejas o en bandos para abrigarse al calor de la nieve, como quien sube hasta la cabeza el embozo de una sábana, bajo la noche constelada. Me dijo Domingo que, si sabes dónde campa la perdiz nival (Lagopus mutus) y pasas con cautela, puedes llegar a verla porque antes que apeonar, o levantar el vuelo, se queda inmóvil, quieta como una piedra, confiada en su blancura. Hasta en las patas lleva en invierno plumas blancas, aunque la cola, el pico, los ojos y las cejas sigan conservando algo de color, como para no desaparecer del todo entre la nieve.

Este detalle, da que pensar, porque recuerda al armiño con su librea blanca pero con el pincel final de la cola negro; de ahí que las capas de los reyes, orladas de piel de armiño, tuvieran esas pintas negras que, si pudiéramos contar, nos revelarían el número exacto de armiños que daban tanto abrigo cuando nevaba en los cuentos.

Lo que más me gusta de la nieve, además del silencio y de cómo suena todo de otra manera, como si rebotaran los ruidos en la pared de una cueva blanca, que se oye hasta el crujir de los cristales de hielo cuando pisas; lo que más me gusta, escribía, son las huellas que dejan los animales, que de pronto existen, aunque no los veamos directamente.

Precisamente por esto, hay fauna que se ve favorecida cuando nieva, como el zorro, tras los ratones; o el lobo, para localizar a sus presas.

Resulta curioso observar además, sobre la nieve nueva y blanda, la impresión de las plumas de las aves cuando despegan y que es como una mano abierta que pasara por el agua sin querer llevársela, dejando una huella muy ligera, a pares, un, dos, tres, hasta que despega el ave quitándose la nieve de encima. Cuando caen del cielo, dejan huellas muy distintas, porque suelen cerrar las alas antes de aterrizar, por lo que queda la impresión del cuerpo como si hubiera caído una piedra, y luego unos pasos como de persona que avanza, si el ave es grande; a saltos si es pequeña como el gorrión alpino.

Mis hijos siempre echaban monedas a una fuente para pedir que nevara. Cambiaba el día para ellos con la nieve.

Pasan los años, y sigue ahí dentro.

Ese rescoldo del niño que fuimos, y que el tiempo no ha congelado, está deseando que nieve.

 

Sobre el autor

Mónica Fernández-Aceytuno
Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” y columnista de ABC. Es fundadora y editora del portal de la Naturaleza Aceytuno.com.