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La mano del robot

Firme, inflexible, confiable. Pero también fría y sin vida.

Sin acostumbrarme todavía al apretón de su mano, trepo hasta sus ojos, que me miran inexpresivos.

“No tengas miedo de mí, humana. Estoy aquí para ayudarte”, me dice.

Sus palabras vienen cargadas de promesas, pero su aura, casi ausente, no me transmite nada.

Los asistentes sociales me aseguraron que podría ayudarme a subir las escaleras y a bañarme, pero…no termino de convencerme.

Belén Conde Durán