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Hacia una ética ambiental

4 de Junio de 2015
ética ambiental y movimiento socioecológico
Otro mundo es posible. Esta expresión convertida en lema por los grupos antiglobalización que agitaron nuestras adormecidas conciencias hace unas décadas, ha sido en verdad y desde antiguo uno de los aforismos más famosos del movimiento ecologista. Una corriente social cuyos orígenes muchos analistas sitúan con la publicación en 1960 del libro de Rachel L. Carson “Silent Spring” (Primavera Silenciosa) editado en España por Grijalbo.

Pero a pesar del innegable efecto fecundador del libro de Carson (un llanto en la naturaleza ante la materialización de un atentado socioecológico) son muchos los que reclaman el carácter ancestral de lo que hoy en día entendemos por ecologismo o gran movimiento de reencuentro con la naturaleza y el planeta. Un pensamiento basado en la ética ambiental que lejos de ser contemporáneo tiene sus antecedentes más evidentes en el taoísmo y el budismo, en Francisco de Asís o en los clásicos como Empédocles, Epicuro o Lucrecio. 

La historia de la ética ambiental

El ecologismo está presente en la cultura de los indios norteamericanos, los quechua o los mayas, los masai o los beduinos, en los yanomami de la Amazonia o los aborígenes australianos. Y en todos aquellos pueblos de la Tierra que a lo largo del tiempo y de la historia han rendido y siguen rindiendo máximo tributo de respeto y amor a la Tierra. Las tribus amerindias adoraban al árbol antes de cortarlo y los inuit, los antiguos pobladores del ártico, pedían perdón a la foca antes de cazarla. De hecho el budismo, con su primer mandamiento de respetar todas las formas de vida. Esto no deja de ser una de las máximas expresiones de lo que hoy en día entendemos por ecologismo.

Hay que recuperar pues esos principios humanistas que dieron origen al ecologismo antes de identificarlo como corriente social. Se trataría de buscar el máximo consenso en torno al carácter filantrópico y humanitario del ecologismo, desde una ética ambiental, fomentar una relación más fraternal entre los pueblos del mundo y de todos ellos con el planeta. Sólo el humanismo y la filantropía que propone esta corriente socioecológica lograrán detener el proceso de deterioro social y ambiental que amenaza nuestra propia existencia como especie.

Adoptar esta ética resulta indispensable

La adopción de una ética ambiental a la hora de relacionarnos con los demás y con el entorno nos debe llevar hacia un reequilibrio de las relaciones entre los pueblos para acceder a los recursos naturales, base de cualquier propuesta para detener los principales conflictos socioecológicos. Y tendremos que ser nosotros, los actuales ciudadanos del mundo, los que provoquemos este cambio social. De lo contrario es muy posible que las futuras generaciones no estén a tiempo de lograr el reequilibrio con el planeta. 

Habría que adoptar lo antes posible una posición personal y colectiva mucho más vinculada con el cuidado y la mejora del medio ambiente, es cierto. No obstante, antes debería producirse un acercamiento formal de la política internacional a las tesis socioecologistas y de la ética ambiental. Y no por una cuestión de ideología, sino de supervivencia.

Hay que mostrar los problemas ambientales desde otras perspectivas

Para provocar ese cambio hay que dar difusión a los problemas ambientales a través de una información clara y comprensible, es cierto, pero sin caer en el alarmismo. Es necesario alertar sobre los riesgos ambientales, por supuesto. Sin embargo no cuesta nada hacerlo en un tono divulgativo y ameno, que prevenga pero no que espante. Que abra la puerta a la esperanza y promueva la participación ciudadana en su resolución a través de esos pequeños cambios que son tan poderosos. No se trata tan solo de señalar los errores sino de ayudar a corregirlos. Y no se trata de ser incuestionables al exponerlos sino también de ser amables. La amabilidad es esencial para promover la ética ambiental, y eso es algo que muchos parecen olvidar.

Debemos mostrar a los ciudadanos el alto valor de avanzar hacia esa ética ambiental basada en el respeto mutuo y hacia el planeta. En propiciar el reencuentro con la naturaleza, un reencuentro que para muchos será en realidad descubrimiento y flechazo. Porque la naturaleza tiene el mayor arsenal de armas de seducción masiva, solo hay que propiciar el encuentro.  

La ética ambiental no se puede ordenar, solo proponer. Por muchos argumentos que tengamos y por muy rotundos que estos sean la estrategia no es la amenaza sino la seducción. Porque el medio ambiente debe ser un territorio común y no una frontera impuesta. 

ACERCA DEL AUTOR

José Luis Gallego
Divulgador ambiental, naturalista y escritor. Colaborador habitual de TVE, TV3, La Vanguardia y Onda Cero. http://www.ecogallego.com/