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Europa, la gran promesa. O la vida en Júpiter

20 de Abril de 2016
Cuando hablamos sobre la posible existencia de vida en otros mundos de nuestro sistema solar, en el primero en que pensamos es Marte, nuestro vecino en el espacio y, de lejos, el planeta conocido más similar a la Tierra.

Sin embargo, existe otro mundo, mucho más lejano e inaccesible a nuestras investigaciones, que quizá ofrezca incluso mayores posibilidades de albergar vida. Nos referimos a Europa, uno de los satélites galileanos de Júpiter.

Europa, observada por la sonda Galileo

Europa es un satélite de unos 3.120 km de diámetro (algo menor que nuestra Luna), que orbita a 670 900 km del planeta gigante. Si contemplamos Europa desde el espacio, la característica más destacada es, sin duda, la gran reflectividad de su superficie y la ausencia casi total de cráteres de impacto, lo que delata que estamos ante un astro geológicamente activo. Su densidad media es de 3 g/cm3, y ello nos indica que el satélite ha de ser básicamente rocoso, con una corteza formada por agua helada.

De por sí, este hecho no sería destacable, ya que muchos de los satélites de los planetas gigantes gaseosos comparten estas características. Pero en el caso de Europa, hay algo más… Debido a las resonancias orbitales con los satélites vecinos, su órbita alrededor de Júpiter es ligeramente excéntrica, y esta excentricidad provoca que las fuerzas de marea ejercidas por el planeta gigante varíen periódicamente. Estas fuerzas deforman el núcleo rocoso del satélite, y en este proceso de deformación se disipa calor.

Este calor podría provocar la fusión de la corteza de hielo más profunda —la que se halla en contacto directo con el globo rocoso—, y con ello se formaría un océano global de agua líquida que podría alcanzar una profundidad del orden de los 100 km. Sobre este océano flotaría la corteza exterior de hielo altamente reflectante que podemos observar desde el exterior. De hecho, los estudios realizados durante la década de 1990 por la sonda Galileo no han hecho más que confirmar estas suposiciones.

En Europa existe un océano subsuperficial de agua salada y rica en compuestos orgánicos, con un volumen total de líquido muy superior al que encontramos en la Tierra. Y si hay agua líquida en abundancia, ¡bien podría haber vida! De hecho, en Europa se dan todos los ingredientes esenciales para que pueda florecer una biología como la terrestre: agua líquida en abundancia, fuentes de energía de tipo hidrotermal, presencia de todos los compuestos químicos necesarios, una corteza exterior de hielo que sirve de escudo contra las radiaciones provenientes del exterior, y un medioambiente que ha permanecido estable durante miles de millones de años. En definitiva, un ambiente potencialmente ideal. Pero ¿cómo podemos averiguar si hay vida o no en este océano?

El océano de Europa se halla oculto tras una corteza de hielo cuyo grosor oscila entre 10 y 30 km. Así pues, si quisiéramos obtener muestras de él, deberíamos perforar esta corteza helada, y hoy por hoy no disponemos de los medios necesarios para llevar a cabo esta proeza tecnológica. Sin embargo, es posible que la misma Europa nos ofrezca alternativas. Si observamos de cerca la superficie, nos llamará la atención una red de grandes surcos de coloración parduzca, de decenas de kilómetros de amplitud y miles de kilómetros de longitud. Dichos surcos son, en realidad, fracturas tectónicas que se producen al moverse las placas de hielo superficial sobre el océano, de manera análoga a como lo hacen en la Tierra las placas continentales sobre el manto fluido de nuestro planeta.

Al parecer, por dichas fracturas asciende líquido procedente del interior, que se congela al alcanzar la superficie. La coloración parduzca se debe a la presencia de compuestos orgánicos en el material emergente. Si consiguiéramos aterrizar en estas regiones, o cerca de ellas, y pudiéramos analizar estos hielos, quizá podríamos detectar la presencia de seres vivos en el océano, sin tener que llegar directamente hasta él. Otra alternativa para para poder analizar el océano de Europa sin perforar la gruesa corteza de hielo la encontramos en un tipo de terreno llamado terreno caótico. Se trata de regiones donde las placas de hielo han basculado y se han resquebrajado porque se mueven sobre hielos mucho más plásticos, como si fueran icebergs gigantes. En estas zonas, la corteza parece ser más delgada, por lo que el material del interior podría alcanzar la superficie con mayor facilidad. Incluso podrían existir géiseres similares a los que hemos observado en Encélado, un satélite de Saturno al que dedicaremos nuestra atención próximamente en este mismo blog.

Terreno caótico en Conamara Chaos, Europa. Fotografía obtenida por la sonda Galileo en 1997

Por todo ello, no debemos extrañarnos de que la exploración de Europa sea una de las grandes prioridades del programa de exploración planetaria de la NASA. En estos momentos se halla en fase de estudio una misión cuyo lanzamiento podría llevarse a cabo hacia mediados de la década de 2020. Se trataría de una misión orbital que exploraría detalladamente Europa desde el espacio y que podría incorporar, también, un módulo de aterrizaje para realizar análisis directos de los hielos de las regiones más interesantes. Aterrizar en los surcos o en el terreno caótico resultará ciertamente arriesgado, pero, en caso de éxito, la recompensa puede ser jugosa…

Quizá no falte tanto para que los humanos sepamos con certeza si compartimos el cosmos con los “europanos”, tal y como imaginaba el gran Arthur C. Clarke en su novela 2010: Odisea dos

ACERCA DEL AUTOR

Jordi Aloy i Domènech
Físico y astrónomo con amplia experiencia en el mundo de la astronomía amateur. Miembro del Área de Ciencia, Investigación y Medio Ambiente de la Fundación "LaCaixa" y autor de numerosas publicaciones.
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