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El milagro húmedo de Botswana

17 de Julio de 2015

Okavango (Botsuana) El delta del Okavango, uno de los deltas interiores más grandes del mundo, es una joya de la naturaleza y corazón del gran proyecto de conservación africano.

El hermano mayor, de unos once años, estabiliza el mokoro, una canoa alargada de madera, y el pequeño, de unos tres, se escurre entre sus piernas y sumerge una botella en el agua cristalina. Espera paciente a que se llene y luego hace lo mismo con una garrafa. A su alrededor, se abre un mar de juncos y canales estrechos, huele a hierba mojada y se oye el trinar de mil pájaros. Cuando los recipientes están llenos, los dos chavales saltan de la embarcación y se dirigen a su aldea. No sin quejas: el menor protesta porque a él le toque cargar la garrafa más pesada y la tira, rebelde, al suelo. Su hermano se ríe, le da una colleja cariñosa y acepta el cambio de botellas. 

Fotos: Júlia Badenes.

El Okavango, uno de los deltas interiores más grandes del mundo, es un milagro de la naturaleza porque nace de un amor imposible: el de un río que se enamoró del desierto. Tras nacer en las tierras altas de Angola, el Okavango recorre mil kilómetros hacia el sur y, en lugar de morir en el mar como hacen la mayoría, se retuerce hacia el interior de la tierra en busca del desierto del Kalahari. Justo cuando arena y agua van a encontrarse, el río se desparrama para formar un abanico fluvial del tamaño del País Vasco y Cantabria juntos y crear un vergel plano, —apenas hay dos metros de variación en toda su área— que quita el aliento. La zona, declarada una de las siete maravillas naturales de África y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es el hogar de 200.000 grandes mamíferos como elefantes, hipopótamos, leones, jirafas, búfalos o leopardos, más de 600 tipos de aves y miles de especies de flora.

Fotos: Júlia Badenes.

El Okavango también es el corazón del mayor proyecto de conservación multinacional de África. En 2011, Botsuana, Zimbabue, Zambia, Angola y Namibia unieron fuerzas para crear el área de conservación transfronteriza  Kavango-Zambezi (KAZA), que abarca un área del tamaño de Suecia, con 37 parques naturales en su interior. Se trata de una superficie 27 veces mayor a la del Serengueti con joyas naturales como, además del citado Okavango, las cataratas Victoria o la reserva de Chobe. 

La defensa del ecosistema, el desarrollo de un turismo responsable en una zona donde viven 2’5 millones de personas —la mayoría de economía humilde— y la lucha contra la caza furtiva están detrás del proyecto, que nació con un presupuesto inicial de 20 millones de euros pero busca atraer inversiones privadas y donaciones. El combate a los furtivos no es un tema menor en una región, el Okavango y sus alrededores, donde viven más de 250.000 elefantes, el 44% de la población total en África. La explosión de la demanda del marfil en la cada vez más rica China es asfixiante y, cada día, las mafias matan a 137 elefantes en el continente africano, más de 50.000 ejemplares al año.

Para Konua, esa amenaza es algo personal. Nacido en la aldea Buffalo Gate, los paquidermos son parte de su vida. En la zona, es habitual encontrarse con manadas de más de veinte ejemplares pastando tranquilamente en una explanada o toparse con dos o tres caminando en fila por un camino. La proximidad de la vida salvaje y el ser humano también provoca dolores de cabeza, porque los elefantes a menudo destrozan los cultivos de los locales. Además, enfrentarse a un paquidermo de siete metros de altura y seis toneladas no es una broma. Pero a Konua no le dan miedo porque su padre le enseñó a leer los gestos y movimientos de un elefante enfadado. “Si ladea la cabeza y abre las orejas, mejor que te salgas rápido de su camino”, dice.  Aunque trabaja de taxista, Konua de vez en cuando realiza rutas a pie de varios días por las islas del delta para observarlos de cerca. Ha estado mil veces frente a ellos. “Los más impredecibles son los machos solitarios y las madres con crías, es importante no confiarse y mantener la distancia, pero son unos animales maravillosos, son nuestros hermanos”, asegura.

Como todos en el Okavango, Konua es también un maestro del mokoro. Pese a que son canoas estrechas y sin apenas fondo, lo que las hace ideales para moverse entre humedales pero las convierte en trampas inestables para los inexpertos, Konua mantiene el equilibrio con maestría mientras impulsa la embarcación con una larga pértiga de caña. “El delta es un laberinto de agua y vegetación, así que es necesario conocer muy bien el lugar para no perderse”, explica sin dejar de remar. Entre los meses de junio y agosto, cuando el agua inunda prácticamente todo y el delta multiplica por tres su tamaño permanente, los mokoros son imprescindibles para la vida diaria.

Konua tiene un truco para no perderse en el laberinto de canales que descubre la enorme conexión con la naturaleza de las gentes del Okavango. “El secreto es seguir el trazo que dejan los elefantes al avanzar entre los juncos y con el agua hasta la barriga. El espacio es más que suficiente para dejar paso al mokoro y siempre van a algún lugar. 

¿Has visto alguna vez a un elefante perdido?”. 

ACERCA DEL AUTOR

Xavier Aldekoa
Africa Correspondent. La Vanguardia. Miembro de Muzungu, productora social e independiente. Autor de Océano África (Editorial Península). xavieraldekoa.net @xavieraldekoa.
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