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El bosque que curó a Sebastião

26 de Agosto de 2016
El fotógrafo Sebastião Salgado nació en 1944 en una granja en Brasil. En ese lugar -más de un 50% bosque tropical- nadaba en ríos llenos de caimanes, vivían aves increíbles y unas 35 familias que consumían todo lo que producían. Solo una vez al año iban al mercado: un viaje de 45 días para llevar al matadero miles de cabezas de ganado.

A los 15 años se fue a estudiar. Brasil comenzaba a industrializarse. Sebastião descubrió la política, se hizo activista de izquierda, estudió Economía en la Universidad de São Paulo. Y conoció a su esposa Lélia. Juntos se exiliaron en Francia durante el régimen militar brasileño. Trabajó para la Organización Internacional del Café, para bancos de inversiones, y un día de 1973 lo dejó todo para convertirse en fotógrafo. Autodidacta absoluto, se dedicó a fotografiar lo que para él era importante: la vida de los vulnerables. Los retrató en esas imágenes en blanco y negro hoy reconocidas en todo el mundo. En Ruanda tocó fondo. Allí vio diariamente la muerte, la brutalidad extrema, y perdió la fe en la especie humana. A la vuelta, sus propias bacterias comenzaron a atacarle, comenzó a tener infecciones en todo el cuerpo:

– Cuando hacía el amor con mi esposa, no me salía esperma, me salía sangre.

El doctor le dijo: “Sebastião, no estás enfermo, tu próstata está perfecta. Lo que pasa es que has visto tantas muertes que ahora te estás muriendo. Debes parar. Parar. Debes parar, porque de lo contrario, estarás muerto». Y paró. Decidió volver al lugar donde había nacido. Sus padres, ya ancianos, le habían dejado esa tierra. Sin embargo, esa tierra no era la misma:

– Cuando la recibí, estaba tan muerta como yo.

La hacienda familiar estaba completamente deforestada, la tierra se había secado y las miles de cabezas de ganado se habían reducido a unos cientos. Para desarrollarse, Brasil había destruido mucho bosque. Lélia, entonces, tuvo una idea: “¿Por qué no volver al bosque tropical que había antes? Naciste en un paraíso. Construyámoslo de nuevo”, le dijo. Un amigo suyo, ingeniero forestal, les preparó un proyecto y comenzaron a plantar. El primer año perdieron muchos árboles, el segundo año perdieron menos, y poco a poco, la tierra muerta empezó a renacer. Plantaron miles de especies nativas para reconstruir el ecosistema perdido. Quince años después, el terreno recuperado se convirtió en parque nacional.

– Necesitamos respirar -dice Sebastião-. Y la única máquina capaz de capturar el carbono que producimos es el árbol. La única fábrica capaz de transformar CO2 en oxígeno es el bosque. Para el sistema hídrico, los árboles son esenciales.

En su charla The silent drama of photography lo explica con un ejemplo sencillo:

– A las personas que tienen mucho cabello, les lleva dos o tres horas secárselo si no usan secador. El mío, en un minuto, está seco -dice tocándose la calva-. Lo mismo pasa con los árboles.

Para Sebastião, los árboles son el cabello de nuestro planeta. Tal vez, deberíamos seguir su ejemplo para frenar la alopecia mundial, ¿no?

ACERCA DEL AUTOR

Martina Bastos
Escribe sobre realidades y le han premiado por ello. En 2012 recibió el premio Las Nuevas Plumas 2012 por su texto "La gran mudanza". Ha ganado el certamen Diez Años Viajando Juntos de la revista National Geographic, y en 2014 recibió el premio Don Quijote de Periodismo, en el marco de la XXXI edición de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España, que convocan anualmente la Agencia EFE y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), por su trabajo "La lluvia es una cosa que sucede en el pasado”.
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