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¡Eureka!

¡Eureka!

“¡Eureka!”, gritó el sabio, viendo cómo su cuerpo sumergido desalojaba agua de la bañera. Y corrió desnudo por Siracusa proclamando su principio. Esto cuentan los libros. La realidad fue ligeramente distinta. Tras noches en blanco, tras infinitos cálculos, logré resolver el problema. Sí dije aquello; y me alegré; y estaba tan agotado que me regalé un baño relajante. Así fue. Ni “efecto eureka”, pues, ni paparruchas. Ni jamás me exhibiría en pelota, a lo Diógenes. Nuestros hallazgos son fruto de afanosos razonamientos y experimentos, casi nunca de súbitas casualidades. Pero la humanidad siempre prefirió una historia mágica de la ciencia.

Nick: Stubing

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