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El microrrelato y la ciencia

10/04/2018 - Blog - Ginés Cutillas
No hay una realidad objetiva sino realidades que coexisten al mismo tiempo, al igual que no hay una verdad absoluta sino muchas verdades relativas que nos acercan al conocimiento. Está a punto de demostrarse con los nuevos colisionadores de partículas del CERN la existencia de multiversos, o lo que es lo mismo, de universos paralelos.
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Hoy en día se cree que no hubo un solo Big Bang  hace 13.800 millones de años, sino varios a la vez que dieron como resultado otros tantos nichos espacio-temporales independientes del nuestro que se rigen por leyes propias. José María Merino, escritor, ensayista, académico de la RAE y ferviente defensor de los multiversos —término que el diccionario no recoge todavía—, nos habla de ellos en el microrrelato Después del accidente, donde el mundo de los vivos y el de los muertos confluyen en una carretera, pero si de universos paralelos hablamos, de esa interferencia entre los planos de realidad y ficción jugando incesantemente a confundirlos, el maestro es Borges. Al contrario que Kafka, que anteponía el plano de ficción al de realidad, o Hemingway que hacía justo lo contrario, anteponiendo el plano de realidad al de ficción, ocultando la historia que realmente quería contar mediante el método del Iceberg que él mismo inventó, Borges pone al mismo nivel los dos planos, dando como verdad datos contrastados y datos inventados, libros y autores que existieron y otros tantos que sólo su cabeza pergeñó. Con esta clave podemos leer y comprender a Borges, con este juego metaliterario omnipresente en toda su obra. Los términos que acuñamos de kafkiano y borgiano no son más que esto, una localización del lector respecto al plano de realidad al que se enfrenta —curiosamente fue Merino quien propuso el término metaliterario para su inclusión en el DRAE junto a otro igual de interesante: distopía—.


Borges era consciente de que todo está relacionado, que hay un enlace holístico entre todo lo que ocurre en nuestro universo, y así lo dejó patente en El Aleph, esa pequeña esfera tornasolada que muestra todos los puntos del universo a la vez, ese punto del espacio que contiene todos los puntos. En sus textos se habla de matemáticas, filosofía, teología, literatura, antropología, ciencias naturales, geografía, arqueología…


Ciencia y literatura han ido siempre de la mano. Cualquier cosa que se pueda imaginar acabará convirtiéndose en realidad, de esta manera una mente literaria como la de Verne concibió antes de que existiera, el submarino eléctrico, el helicóptero, la videoconferencia, las pistolas Taser, los viajes espaciales, la guerra de drones, Internet, la silla eléctrica, los misiles teledirigidos, las velas solares, incluso el concepto de holograma en una obra menor publicada en 1892 con el título El castillo de los Cárpatos, que más tarde retomó en 1940 Bioy Casares en La invención de Morel, y aún más tarde, ya en 1977 y presentándolo como propio, George Lucas en La Guerra de las Galaxias, dándole forma visual a la idea. Por su parte H.G. Wells, autor británico coetáneo de Verne, imaginó viajes en el tiempo, la invisibilidad de la materia, la manipulación genética, los viajes interplanetarios…


Creo firmemente en el microrrelato como laboratorio de la escritura. En tan poco espacio se pueden probar paradigmas que de funcionar, se podrían extrapolar a extensiones más largas o a otros géneros prosísticos. De esta manera, no es difícil encontrar paradigmas matemáticos que arraiguen a la perfección en estos tipos de textos: la recursividad, los números complementarios, la reducción al absurdo, las clasificaciones de elementos, el concepto del infinito, la teoría del caos, la trigonometría, la teoría de conjuntos, la combinatoria, la teoría de juegos, las leyes de la óptica… Por no hablar de conceptos científicos como los viajes temporales, los anacronismos, el laberinto o los método de investigación. Los maestros ya transitaron todos estos paradigmas, Borges con su biblioteca de Babel, La casa de Asterión o El idioma analítico de John Wilkins, e incluso se atrevió con la Inteligencia Artificial en su cuento La máquina pensante de Raimundo Lulio, tema que Poe ya trató en 1835 en su relato El jugador de ajedrez de Maelzel y E.T.A. Hoffmann en 1814 en Los autómatas. La teoría del caos aparece representada en Alicia en el País de las Maravillas del escritor y matemático Lewis Carroll, Mary Shelley ataca la idea de científico loco y una suerte de inmortalidad en Frankenstein o el Moderno Prometeo basado en los experimentos de Luigi Galvani, quien consiguió contraer las patas de una rana muerta aplicando electricidad en su médula espinal, y tantos otros paradigmas científicos que han sido literaturizados.



Imagen: CC0 Dominio Público

Entre los cultivadores del microrrelato científico actual, deudores de todos estos maestros precursores de literatura científica, podemos encontrar, por decir algunos, a Miguel Ángel Zapata, Ángel Olgoso, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Carlos Almira, Manuel Moyano, Manu Espada, Federico Fuertes Guzmán o Rubén Abella. Todos estos autores tienen en común que el interés literario prevalece al científico, pero además los dos primeros son patafísicos, practicantes de una ciencia paródica que sirve para plantear juegos metaliterarios y dar soluciones imposibles a problemas inexistentes, también para inventar máquinas que crean literatura de forma automática, como La Increíble Máquina Aforística (www.laincreiblemaquinaaforistica.com) planteada por Georges Perec, miembro del OuLiPo, en su ensayo Pensar/Clasificar. Más escritores patafísicos serían Calvino, Eco, Ballard,  Prevert, Artaud, Ernst, Queneau, Vian, Arrabal…


Los elementos tecnológicos ya cotidianos pasan a formar parte de los microrrelatos para enfatizar el momento del conflicto que marcan este tipo de obras: Internet, los ordenadores, los móviles (aquí Juan José Millás es un experto en utilizarlos para crear situaciones absurdas, como en su articuento El infierno, donde en un entierro el difunto lleva el móvil encima y suena dentro del ataúd, también con textos como El móvil, Qué asco, o Cuidado), las redes sociales (Rubén Abella en Cita habla de la imagen que proyectamos en las redes que no suele coincidir con la realidad), los chats eróticos (Manu Espada en El chat retrata un matrimonio que está teniendo una relación sexual virtual sin saber que es con el otro), los SMS (Juan Gracia Armendáriz en Redes recibe un mensaje de su padre muerto pidiéndole ayuda), las app, los buscadores a modo de modernos oráculos, el hipertexto, los robots (Moyano titula Apostasía un texto que presenta un mundo donde sólo han sobrevivido unos robots que sospechan que sus creadores fueron entes orgánicos y que repiten los mismos errores que estos, Zapata por su parte mantiene vivo al androide de un abuelo a base de baterías de litio en Culparemos al Alzheimer), los hackers, la realidad virtual, el dinero electrónico, las videoconferencias o incluso el nuevo concepto de televisión (Juan Jacinto Muñoz Rengel habla en Next TV de un reality show donde el público muere de manera macabra para entretener a los espectadores del primer mundo).


Vivimos pues en el tiempo de la brevedad, donde las pantallas de ordenador y de móviles rigen los géneros que han de prevalecer en este siglo que superará aún más si cabe el ritmo inventor de su antecesor. Así la unidad visual que representa una pantalla de ordenador ha insuflado un auge hasta ahora nunca visto al género del microrrelato, del mismo modo que Twitter y sus ciento cuarenta caracteres lo han hecho con el del aforismo en las pantallas de los móviles.


Ya lo comentaba a mediados del siglo pasado Manuel del Cabral, autor dominicano que trató la metafísica en algunas de sus obras: “El futuro de la novela es el cuento, y el porvenir del cuento es la parábola, y si la evolución no se detiene —que lo dudo—, la síntesis de la novela, el cuento y la parábola es, inevitablemente, el aforismo. Porque el hombre de mañana —casi dentro de algunas horas—, será un hombre de mentalidad de telegrama; el suceso y las palabras terminaron su destino, sólo el olfato, el gesto y el aparente silencio serán los dueños del próximo esperanto”.


Este texto fue publicado como Tribuna en el Monográfico #2 de Agua Magazine que publicó los textos ganadores y finalistas de la IV edición del Concurso de Microrrelatos Científicos de Fundación Aquae.

 

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Sobre el autor

Ingeniero informático y licenciando en Documentación. Autor de La biblioteca de la vida (Fundación Drac, 2007), Un koala en el armario (Cuadernos del Vigía, 2010), La sociedad del duelo (Editorial Base, 2013), Los sempiternos (Editorial Base, 2015), Lo breve si bueno, etc. Decálogo práctico del microrrelato (Editorial Base, 2016) y Vosotros, los muertos (Cuadernos del Vigía, 2016). Su obra ha aparecido también en varías antologías, entre ellas Antología del microrrelato español (1906-2011): el cuarto género narrativo (Cátedra, 2012). Miembro del equipo de redacción de Quimera. Revista de Literatura, donde coordina la sección de microrrelato. Profesor de la Escuela de Escritores.

 

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