Aterramiento y colmatación en los embalses

Las presas tienen una función vital allá donde se ubican. Pero también se enfrentan a una serie de retos difíciles de gestionar. Además de embalsar agua para diversos propósitos, las presas acaban acumulando tierra, lo cual puede afectar gravemente la vida útil de estas obras hidráulicas.

Los embalses presentan numerosos beneficios para las comunidades cercanas. Entre ellos, los embalses permiten la gestión de recursos hídricos y la generación de energía hidroeléctrica. Sin embargo, estos proyectos de obra hidráulica se enfrentan a ciertos problemas que amenazan su vida útil. En este artículo hablaremos del aterramiento y la colmatación de embalses.

Qué es el aterramiento de embalses

El agua de los ríos transporta gran cantidad de materiales orgánicos e inorgánicos. Cuando el agua pierde velocidad, los más pesados van a parar al fondo del lecho de los ríos. Y a medida que el agua discurre más despacio, acaban precipitando los sólidos menos pesados. Es un proceso habitual en los fondos de los ríos y mares que se llama aterramiento. Los embalses también se enfrentan al aterramiento, puesto que el agua embalsada no tiene apenas corrientes, los materiales que transporta acaban sedimentando, incluso los más ligeros.

Qué es la colmatación de embalses

Algunos embalses de España están llenos, pero no de agua sino de barro. Es el caso de embalses como el de Cordobilla, cuya vida útil se encuentra minada por la gran cantidad de sedimentos que acumula. Lejos de ser los pantanos que fueron, los embalses que presentan problemas de colmatación no son más que meros lodazales.

Algunas presas construidas en los años 50 han acabado llenas de estos depósitos. Cuando eso ocurre la presa queda colmatada y por tanto no tiene espacio para almacenar agua, pierde la función original para que la que se construyó. La mayor parte de las veces es tan costoso devolver el embalse a su capacidad de proyecto que se prefiere abandonar el uso original, como ha pasado en casos excepcionales, en la presa de Pedro Marín o Doña Aldonza. Ambas en la cuenca del Guadalquivir, con menos de un 5% de su capacidad inicial y con una tasa muy alta de colmatación, de 5.9% al año y 6.4% al año, respectivamente y según datos de 2002.

Ya existen recursos técnicos al construir nuevas presas que facilitan una mejor gestión de estos depósitos, por ejemplo los diques de cola ayudan a segregar los depósitos de mayor granulometría, las gravas y gravillas, y una buena gestión de los desagües de fondo impide la sedimentación de arcillas y limos, sobre todo en la inmediaciones de la presa, que puede afectar tanto al propio paramento de la presa como a los mecanismos internos. Sólo en estos casos, cuando la colmatación puede afectar a partes importantes del embalse, es necesario el costoso vaciado de la presa.

Presa Hoover, una presa de tipo arco-gravedad / Licko, Wikipedia

La problemática del aterramiento y la colmatación

Los procesos de aterramiento y colmatación no ocurren en todos los embalses o presas. Ni con tanta intensidad, como en los ejemplos anteriores. Se estima una pérdida media de un 0.5% al año de la capacidad de los embalses en España, en un estudio de 50 años.

Otro estudio de 1994 a partir de datos recogidos en 30 embalses, da una disminución de la capacidad de almacenamiento media del 16,8% para presas de entre 30 y 50 años. Y del 27% para presas de más de 50 años. Por otra parte, el Libro Blanco del Agua en España, editado en el año 2000, da una pérdida anual media de la capacidad de embalse de un 0.16%, respecto del volumen inicial.

Depende de muchos factores y los más importantes pueden ser los externos a la superficie del embalse. Son los que se refieren a la naturaleza del terreno de la cuenca que aporta agua al embalse. No sólo la que vierte sus aguas directamente al embalse.

La erosión produce la mayor parte de  sedimentos, y este problema aumenta en la vertiente mediterránea y sobre todo en las Islas Canarias, ya que la erosionabilidad del suelo es mayor y la irregularidad de las precipitaciones que ayudan a una escorrentía natural muy alta.

Y finalmente, una mala gestión agraria y ambiental, en general, pueden agravar los procesos erosivos en la cuenca. Esto produce  la consecuente pérdida de potencial biológico de los suelos. Todo ello da cuenta de la importancia de una visión integradora en los procesos de gestión ambiental, que centre esfuerzos en la implantación de técnicas de conservación de suelos, mantenimiento y repoblaciones forestales, educación agroambiental, etc.