El verano de 2026 terminó dejando tras de sí numerosos episodios climáticos extremos por todo el planeta. Olas de calor prolongadas, sequías, incendios forestales y temperaturas excepcionalmente elevadas en los mares son algunas de las señales de un clima que está cambiando y plantea nuevos desafíos para las ciudades, los ecosistemas y la gestión de recursos esenciales como el agua.
Europa ha sido uno de los territorios especialmente afectados. El Observatorio Europeo de la Sequía señalaba a mediados de agosto que las condiciones de sequía seguían siendo críticas en buena parte del continente, con situaciones de alerta, aviso o vigilancia distribuidas desde la Península ibérica hasta Europa central, los Balcanes, Italia o Escandinavia. Además, gran parte del Mediterráneo y del centro y sur de Europa registró temperaturas por encima de la media.
El calor y la falta de humedad coincidieron también con una intensa temporada de incendios.
En España, los datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) muestran con especial claridad la excepcionalidad del verano 2026.
Los meses de junio, julio y agosto registraron una temperatura media de 24,5 ºC, es decir, 2,4 ºC por encima del promedio del periodo 1991-2020. De este modo, el verano de 2026 se convirtió en el más cálido de la serie histórica española, iniciada en 1961, superando en 0,3 ºC al anterior récord, registrado apenas un año antes, en 2025.
Pero uno de los datos más significativos ha sido la persistencia del calor extremo. AEMET contabilizó 61 días bajo condiciones de ola de calor en la Península y Baleares, frente a los 41 registrados en 2022, el máximo anterior. Esto significa que aproximadamente dos de cada tres días del verano estuvieron sometidos a este tipo de condiciones extremas.
Las altas temperaturas, además, desbordaron los límites del verano meteorológico (junio, julio y agosto). A finales de mayo ya se habían registrado temperaturas propias de julio en amplias zonas del país y, entre el 2 y el 7 de septiembre, una nueva ola de calor afectó a 16 provincias. La tendencia de fondo resulta igualmente significativa: los 10 veranos más cálidos registrados en España han ocurrido en el siglo XXI y siete de los ocho más cálidos se concentran desde 2015.
FOTO: Leolo212 via Pixabay
El calor no se ha limitado a la tierra. El Mediterráneo ha experimentado en verano de 2026 temperaturas superficiales extraordinariamente elevadas.
Según Mercator Ocean International, entidad responsable de la implementación del Servicio Marino de Copernicus, es decir el sistema de la Agencia Espacial Europea para la monitorización vía satélite de los océanos, agosto de 2026 fue el más cálido registrado en el Mediterráneo desde 1993.
La temperatura superficial media fue de 28,27 ºC. El 90% del mar presentó temperaturas por encima de la media y un 69% de su superficie superó en al menos 1 ºC los valores habituales.
Este calentamiento de los mares es otra dimensión fundamental del cambio climático. Los océanos absorben gran parte del exceso de calor acumulado en el sistema climático y alimentan precipitaciones extremas en las zonas litorales al final del estío y comienzo del otoño, como se ha comprobado en años anteriores y ya está ocurriendo en 2026.
Perspectiva del Himalaya con el Everest destacado. | FOTO: Jerry via Pixabay
Los extremos climáticos registrados durante 2026 muestran, además, que estamos ante un fenómeno de alcance global.
A finales de agosto, el colapso de un glaciar en la frontera entre Nepal y el Tíbet desencadenó una enorme avenida de agua, hielo, rocas y sedimentos que arrasó poblaciones e infraestructuras. Investigaciones posteriores han relacionado las condiciones que favorecieron el desastre con el aumento de las temperaturas, el adelgazamiento de los glaciares y la degradación del permafrost en el Himalaya.
El episodio pone de relieve otro de los grandes riesgos asociados al calentamiento global: la rápida transformación de las regiones de alta montaña. El retroceso de los glaciares modifica las reservas de agua, incrementa determinados riesgos naturales y puede afectar a millones de personas que dependen de los grandes sistemas fluviales alimentados por las montañas asiáticas. En Europa, se ha acrecentado en verano de 2026 el deterioro de glaciares en los Alpes, Pirineos y otras zonas de alta montaña del continente.
Inundaciones en Alemania causadas por la crecida del río Elba en verano de 2017. | FOTO: Px Here
Los acontecimientos del verano de 2026 recuerdan también que hacer frente al cambio climático no consiste únicamente en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Descarbonizar la producción de energía es esencial, pues permite actuar en la mitigación de las causas del cambio climático. Pero también es ya una necesidad imperiosa tomar medidas de adaptación a las consecuencias evidentes que estamos viviendo.
Prepararnos para temperaturas más elevadas, sequías prolongadas, incendios más difíciles de gestionar o fenómenos extremos exige reforzar la resiliencia de ciudades, territorios e infraestructuras. También obliga a mejorar la gestión de recursos esenciales como el agua y a proteger especialmente a los sectores de población y ecosistemas más vulnerables.
La adaptación requiere anticipación e innovación, pero también colaboración. Administraciones públicas, empresas, universidades, centros de investigación y sociedad deben trabajar de forma coordinada para comprender mejor los riesgos y desarrollar soluciones capaces de reducir sus impactos.