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Un abismo «disruptivo» entre la tecnología y la humanidad

25 de Abril de 2016
«Una nación no puede sobrevivir ni económica ni moralmente cuando muy pocos poseen demasiado mientras que muchísimos tienen tan poco»,  Bernie Sanders «Lavarse las manos ante el conflicto entre poderosos y débiles es ponerse del lado de los poderosos, no significa ser neutral», Paulo Freire

Vi y disfruté de los dos capítulos emitidos hasta el momento (en #O Movistar) del nuevo programa de Iñaki Gabilondo, titulado Cuando ya no esté: el mundo dentro de 25 años. Se trata de un viaje apasionante en el cual el veterano periodista viaja por todo el planeta para entrevistar a algunas de las mentes más brillantes, dedicadas al diseño del futuro a medio plazo. Una ojeada a cómo será el mundo de aquí a 25 años, cuando, probablemente, Gabilondo ya no esté. En el primer capítulo mantuvo una interesante tertulia con un grupo selecto (el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, la bióloga y empresaria Cristina Garmendia y el escritor Javier Gomá) y, luego, una conversación con el físico Juan Ignacio Cirac, quien explicó la impresionante revolución que supondrá la computación cuántica, que, por lo que parece, está a la vuelta de la esquina. En el segundo capítulo, el único «prota» fue el venezolano José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University, ubicada en Silicon Valley, California, quien, a grandes rasgos, habló «del fin de la muerte», de la fusión «hombre-máquina» y de la comunicación vía telepática. En dos o tres décadas, dijo, la muerte será algo opcional. Seremos capaces de detener el proceso de envejecimiento e incluso podremos rejuvenecer y determinar nuestra edad biológica óptima, «la que se elija», aseveró. Así, al gusto. En ese momento, mi hijo de 14 años expresó en palabras claras mis más profundas reflexiones: «A este tío se le va la olla», sentenció. Pues sí, respondí, se le va la olla, pero no porque lo que cuenta sea una imposibilidad tecnológica (ojalá lo sea), si no porque, a mi modo de ver, esas y muchas otras elucubraciones que hacen hoy en día esas mentes tan súper disruptivas –una palabra imprescindible en estos ámbitos- demuestran una falta de empatía absoluta con el común de los mortales.

Hoy proliferan las instituciones y los eventos que muestran al mundo las ideas tan geniales que muchos humanos son capaces de desarrollar. Las TED Talk están llenas de ellas. También están eventos como Hello Tomorrow, Soon soon soon o, en nuestro país, el Ser Creativo, entre muchos otros, valiosas plataformas para democratizar el conocimiento mediante una colección inmensa de mentes brillantes: porque, de haberlas, haylas, no hay duda. A montones.

Pero mientras que la tecnología y el avance científico va por un lado, preconizando un futuro brillante, robótico y automatizado, el devenir del grueso de la humanidad va por otro camino, mucho más rústico, duro y fatigoso, ajeno a tanta brillantez ideo-tecnológica, completamente desconectada de tantísimas propuestas geniales y realmente factibles. De poder acceder a ellas, tendríamos todos, los más 7.300 millones de humanos que hoy por hoy poblamos la Tierra -se calculan 11.213 para 2100, si es que para entonces la gente se sigue muriendo-, una vida mucho más plena y llevadera. Una vida más humana.

Si descendemos de los altares donde se ubican los privilegiados laboratorios de ideas y nos acercamos a las tribunas de opinión, se percibe algo similar, un abismo entre los que opinan y los «sujetos opinados». La mayoría de «opinadores» y tertulianos de los medios de comunicación están muy lejos –vamos, más allá del hiperespacio- de la realidad sobre la que pontifican. Sobre la pobreza energética, sobre los conflictos bélicos, sobre las hambrunas, sobre la reforma laboral, sobre los refugiados. Sobre cómo llegar a fin de mes. ¿De verdad tiene nadie la capacidad para dilucidar acerca de tantísimos temas cuando no le tocan directamente, ni siquiera de refilón?  No es lo mismo contarlo que vivirlo. Hay un abismo.

(Veo abismos en todas partes, doctor. Entre los que hablan y los que oyen, entre ricos y pobres, entre políticos y ciudadanos, entre jueces y juzgados, entre padres e hijos, entre tecnología y ética, entre profesores y alumnos, entre religión y moral.)

He acudido a varios eventos donde realmente compruebo que  sí: el ser humano es capaz de tener grandes ideas e incluso de llevarlas a cabo, de eso no tengo dudas. Yo también, debido a mi trabajo, tengo la gran suerte de hablar frecuentemente con numerosísimas mentes brillantes. Seguro: somos inteligentes y hemos evolucionado mucho desde aquellos días cavernarios. Pero falta mucho más, porque la inteligencia es una herramienta, más que un don en sí mismo. Hoy parece que el progreso tecnológico, que avanza a 1.000 por hora, ha adelantado sin remisión a la evolución de la ética y la moral, de avance mucho más lento, en base a las cuales se toman decisiones y se adoptan ciertos comportamientos en las sociedades humanas. Un ejemplo increíble pero cierto de lo que a mi entender es el súmmum de la estupidez humana: el multimillonario ruso Dmitri Itskov, ideal para concursar en el certamen Egocéntrico del Milenio, pretende vivir para siempre mediante una copia robótica de sí mismo a la que trasplantarían su propia mente.

Claramente, necesitamos una vía súper disruptiva para acercar el conocimiento y sus aplicaciones a la ciudadanía, para implementar tantísimas soluciones ya encontradas a una infinidad de problemas acuciantes. Lo más importante: ¿cómo hacer que el bienestar común sea un interés general? ¿cómo entender que es algo que nos interesa a todos?, le preguntó alguien al organizador de un evento de la Singularity University que tuvo lugar el año pasado en Sevilla. Bueno… eso es algo que tiene que ver más con la condición humana que con la ciencia o la tecnología, dijeron, y nosotros no nos dedicamos a ello. Ah, vale, awesome, man. Chachi piruli, que diríamos por aquí. «Bullshit», concretó mi vecino de asiento, un joven periodista pakistaní. El chico parecía ofendido y, mientras se levantaba y se iba, lo miré, esperanzada.

ACERCA DEL AUTOR

Eva van den Berg
Redactora y editora de secciones para la edición española del National Geographic. Guionista y documentalista.
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