Campus logo

Paula y los ríos voladores

4 de Agosto de 2015
Cuando era pequeña, Paula oía de lejos los pasos de su madre aproximándose, entonces la puerta del baño se abría, y una áspera voz preguntaba: ¿Cuántas veces tengo que decirte que cierres el grifo del agua mientras te cepillas los dientes? Paula miraba enojada, volvía a abrir el grifo y cerraba la puerta de nuevo. Le gustaba el ruido de la corriente, la sensación de ser llevada hacia un lugar desconocido y lejano.

En el baño, era lo mismo, la voz molesta de la madre exigiendo que se apresurara mientras experimentaba el placer del agua caliente sobre su cabeza, incluso en el verano. Nunca le había gustado el agua fría, excepto en la piscina hinchable que la empleada llenaba en la terraza del apartamento. Entre pulpos sonrientes, peces de colores y estrellas de mar, Paula y su hermana construían mundos imaginarios y hacían guerras de mangueras. A veces, se sentaban en el borde de la piscina redonda para vaciarla de agua y tener que llenarla de nuevo.

También los fines de semana le gustaba ir a la playa. En la primera mitad del camino, ella, su madre, la hermana y el padre jugaban a ir saltando para pisar sólo las piedras negras dibujadas en la calzada. La segunda mitad del camino sólo pisaban las blancas. En seguida, atravesaban la calle y el mar de Copacabana se extendía a lo lejos. Paula dejaba el cubo en la arena y salía corriendo hacia el agua tras el rastro de su hermana mayor, siempre más rápida. Playa, para ella, significaba coger el flotador, romper las olas y aguantar la respiración el mayor tiempo posible. Olvidaba la realidad fuera del agua e imaginaba que sucedía algo mágico, alguna sirena le cogía por las manos para llevarla a un universo colorido, lleno de anémonas y seres de las profundidades.

Los años iban pasando, pero a Paula le seguía gustando cepillarse los dientes con el grifo abierto, y seguía olvidándose de todo bajo la ducha o en el mar. Los padres se separaron, y ella pasó a vivir en dos casas – cerca de la playa – el padre enfermó, y después murió. Paula acababa de cambiar de escuela y leía “Vidas secas”, de Graciliano Ramos. En el libro, las personas morían de sed, el agua no caía del cielo ni brotaba de la tierra en una parte de Brasil que nada tenía que ver con su ciudad. Otra tierra, otro mundo, tan lejos de ella que no le parecía ser Brasil. Sin embargo era real el dolor que sentía cuando pensaba que nunca más volvería a ver a su padre.

El único alivio posible era caminar hasta la playa, a través de las piedras negras, después pisando las blancas, hundirse en el mar y esperar aquella mano que la llevaría hacia otro mundo. Lo repetía una, dos, tres, varias veces seguidas.

Con el tiempo, el dolor encontró un rincón para reposar, y la vida de Paula siguió adelante. Ya en la universidad, comenzó a trabajar y lo primero que hizo cuando reunió un poco de dinero fue comprar un coche. Pequeño, el más barato que había, pero seguía siendo un coche, su libertad garantizada. Pagaba al portero para que lo lavara tres veces por semana, ya que, como él mismo afirmaba, la diferencia de precio entre una, dos o tres veces era insignificante. Así que Paula llegaba a los lugares con el coche brillante, y eso le resultaba tan bueno como cuando escuchaba el sonido del agua al caer mientras se cepillaba los dientes.

Pocos años más tarde, se casó y fue a pasar la luna de miel en Fernando de Noronha, donde hizo su bautismo de buceo. Vio dos tiburones, una enorme tortuga marina, una raya, un montón de peces y corales de colores. Dos años más tarde, tuvo un hijo, un niño, pero se separó justo antes de que cumpliera un año. Hoy en día, Benjamin tiene seis años, y duerme a pierna suelta mientras Paula se entrega a la lectura del diario.

El titular principal explica la alarma sobre la crisis del agua en São Paulo. Hace mucho que no llueve. Falta agua en los barrios dos veces por semana. Si esto sigue así, el gobierno prevé un racionamiento de cinco días sin agua. Las posibilidades de que esto ocurra son muy altas en Río. Sin embargo, Paula había escuchado toda la vida que lo último que podría faltar en Brasil es agua. Tanta agua por todas partes, tantos bosques.

Continúa leyendo la noticia y descubre que la razón es la devastación de la Amazonía. Se estima que el 47% de la selva, en el lado brasileño, se ha deforestado o ha sufrido algún tipo de degradación. En los últimos 40 años, se han talado cerca de doscientos árboles por habitante, disminuyendo así la formación de ‘ríos voladores’, que representan gran parte de las lluvias en el sureste. Cada árbol produce al “sudar” un vapor de unos mil litros de agua que se desliza a lo largo del país. Si hay menos árboles, hay menos vapor, menos lluvia y menos agua en Río de Janeiro. La lógica es simple. Pero Paula no entendía.

Cuando Benjamin despierta, aún es temprano para ir al cole, y, de la mano, van juntos a la playa. Paula bucea, contiene la respiración y abraza a su hijo por la cintura, con fuerza, como si quisiera asegurarse de que permanece allí. Pensaba que nada de eso tenía sentido, la falta de agua, el fin del mundo. Todo va a ir bien, se dice un segundo antes de que una gran ola rompa justo encima de ellos y son arrastrados a la arena, jadeando. En cuanto recobró la respiración, Benjamin se echó a reír.

 


Paula e os rios voadores

Quando era pequena, Paula ouvia de longe os passos da mãe se aproximando, depois a porta do banheiro abrindo, a voz áspera ganhando forma: Quantas vezes vou ter que te dizer pra desligar a água enquanto escova os dentes? Paula olhava para ela enfurecida, girava a torneira e, ao fechar a porta de novo, voltava a ligar a água. Gostava do barulho de correnteza, da sensação de ser levada para um lugar desconhecido e distante.

No banho, era a mesma coisa, a voz chata da mãe exigindo que se apressasse contra o prazer da água quente sobre a cabeça, o corpo amolecendo mesmo no verão. Nunca gostou de banho frio, a não ser na piscina de plástico que a empregada enchia no terraço do apartamento. Entre polvos sorridentes, peixes coloridos e estrelas do mar, Paula e a irmã construíam mundos imaginários, faziam guerra de mangueira. Às vezes, sentavam-se na borda da piscina redonda só para a água escorrer e elas terem que encher tudo outra vez.

Mas nos fins de semana gostava mesmo de ir à praia. Na primeira metade do caminho, ela, a mãe, a irmã e o pai brincando de pisar apenas nas pedras pretas das curvas desenhadas na calçada portuguesa. Na segunda metade, apenas nas brancas. Em seguida, atravessavam a rua e o mar de Copacabana se estendia ao longe. Paula largava o balde na areia e saía correndo até a água pelo rastro da irmã mais velha, sempre mais rápida. Praia, para ela, era pegar jacaré, boiar, furar as ondas e prender a respiração o máximo de tempo possível. Esquecia a realidade fora da água e imaginava que aconteceria algum feitiço, seria levada pelas mãos de uma sereia para um universo colorido, repleto de anêmonas e seres das profundezas.

Os anos foram passando, muitas coisas acontecendo, mas Paula continuava a gostar de escovar os dentes com a torneira ligada, esquecer-se da vida debaixo do chuveiro ou dentro do mar. Os pais se separaram, ela passou a ter duas casas – perto da praia –, o pai ficou doente, depois muito doente, e depois morreu. Paula tinha acabado de mudar de escola e estava lendo Vidas Secas, de Graciliano Ramos. No livro, as pessoas morriam de sede, a água não descia do céu nem brotava da terra, num pedaço do Brasil que nada tinha a ver com a sua cidade. Outra terra, outro mundo, tão distante do dela que nem parecia ser Brasil. Mais real era a dor que apertava o peito quando pensava que nunca mais veria o pai. O nunca mais ocupando o quarto todo.

O único alívio possível era caminhar até a praia, pelas pedras pretas, depois pelas brancas, afundar no mar e esperar aquela mão que a levaria para outro mundo. Repetia uma, duas, três, várias vezes seguidas.

Com o tempo, a dor encontrou um canto para repousar, e a vida de Paula seguiu adiante. Ainda na faculdade, começou a trabalhar, e a primeira coisa que fez quando juntou algum dinheiro foi comprar um carro. Pequeno, o mais barato que havia, mas ainda assim um carro, a sua liberdade garantida. Pagava ao porteiro para que o lavasse três vezes por semana, pois, como ele mesmo afirmara, a diferença de preço de uma, duas ou três vezes era nada. Então, Paula chegava aos lugares com o carro brilhando, e isso era tão bom quanto ouvir o barulho da água caindo enquanto escovava os dentes.

Poucos anos depois, casou e foi passar a lua de mel em Fernando de Noronha, onde fez seu batismo de mergulho. Viu dois tubarões, uma enorme tartaruga marinha, uma arraia, muitos peixes e corais coloridos. Dois anos mais tarde, teve um filho, um menino, e se separou pouco antes do seu aniversário de um ano. Hoje, Benjamim tem seis, e dorme profundamente enquanto Paula puxa para dentro de casa o jornal entregue de madrugada, só a pontinha no chão da sala.

Na manchete principal, o alarme sobre a crise hídrica em São Paulo. Há muito que não chove. Falta água nos bairros duas vezes por semana. Se continuar assim, o governo prevê racionamento de cinco dias sem água. As chances de acontecer o mesmo no Rio são altíssimas. Se nada for feito a tempo, haverá rodízio. Mas a vida toda Paula ouviu que o último lugar a faltar água seria o Brasil. Tanta água por todos os lados, tanta mata. 

Continua a ler a matéria e descobre que a razão disso é a devastação da Amazônia. Estima-se que 47% da floresta, no lado brasileiro, foram desmatados ou sofreram algum tipo de degradação. Cerca de duzentas árvores por habitante foram decepadas na Amazônia nos últimos 40 anos, diminuindo a formação dos rios voadores, responsáveis por parte das chuvas no sudeste. Cada árvore, ao “transpirar”,  produz um vapor de cerca de mil litros d’água que desliza país abaixo. Se há menos árvores, há menos vapor, menos chuva e menos água no Rio de Janeiro. A lógica é simples. Mas Paula não entende.

Quando Benjamim acorda, ainda falta para o horário da escola, e, de mãos dadas, eles vão juntos até a praia. Paula mergulha, prende a respiração e abraça o filho pela cintura, com força, como se quisesse a certeza de que ele permaneceria ali. Pensa que nada disso faz sentido, a falta d’água, o fim do mundo. Vai dar tudo certo, ela se diz, um segundo antes de uma onda maior estourar em cima deles, que se embrulham até serem arrastados para a areia, ofegantes. Assim que retoma o ar, Benjamim cai na gargalhada.

ACERCA DEL AUTOR

Tatiana Salem Levy
Es escritora y columnista del diario brasileño Valor Economico. Su primer libro publicado en España se titula ‘La llave de Esmirna’ (ed. El Aleph).